Destellos milenarios

Aurora Luque reúne más de diez siglos de poesía griega antigua en una luminosa recopilación que rastrea la estrecha, dilatada y fecunda relación de los helenos con el mar.

La poeta y traductora Aurora Luque (Almería, 1962), responsable de esta estupenda antología. / Javier Albiñana
La poeta y traductora Aurora Luque (Almería, 1962), responsable de esta estupenda antología. / Javier Albiñana
Ignacio F. Garmendia

07 de junio 2015 - 05:00

Aquel vivir del mar. Aurora Luque. Acantilado. Barcelona, 2015. 280 páginas. 20 euros.

Dicen los estudiosos que los antiguos griegos aprendieron la palabra mar -thalassa o thalatta, de raíz no indoeuropea- en el viejo solar que les dio acogida, de la mano de los habitantes originarios o de pobladores que habían llegado antes y mostraron, a los nómadas procedentes de las estepas, un término y una realidad hasta entonces desconocidos, dado que las otras denominaciones griegas -ponto (camino) o pélagos (llanura)- eran más alusivas que específicas y presumiblemente posteriores. Hay que imaginar el asombro de los primitivos hablantes de la lengua helena cuando descubrieran la inabarcable extensión de agua, pero la escena, de ser histórica, correspondería a una edad muy remota, pues una vez asentados los griegos se hicieron expertos marinos, recorrieron las numerosas islas del Egeo y colonizaron las riberas del Mar de entre Tierras -nuestro Mediterráneo, como lo llamaron los latinos- desde las lejanas Columnas de Hércules hasta la más próxima costa de Anatolia, el Asia Menor donde nacerían la filosofía o la épica. La cultura griega es inseparable del mar, cuya presencia atraviesa todos los géneros literarios empezando por la poesía que muestra desde el inicio, en las formidables epopeyas de Homero, a un pueblo de curtidos expedicionarios y navegantes.

En ese punto, como no podía ser de otra manera, arranca el rastreo que la poeta, traductora y helenista Aurora Luque propone en Aquel vivir del mar, una espléndida antología donde recoge más de un milenio de poesía griega desde los hexámetros inaugurales del aedo jonio, que con Hesíodo y los llamados Himnos homéricos cubren la épica arcaica, hasta el tardío Quinto de Esmirna, osado continuador, ya en época romana, de las gestas de la Ilíada. Entre ambos hitos, relacionados entre sí como los dos extremos de una composición en anillo, desfilan los poetas agrupados en un orden cronológico que con algunas excepciones refleja la modalidad más característica de cada momento: la lírica arcaica, el drama o la comedia, la poesía helenística -en la que se incluyen las Argonáuticas de Apolonio, recreación de la otra gran navegación mítica, junto a la narrada en la Odisea, omnipresente en el imaginario de los griegos- y el maravilloso compendio epigramático de la Antología palatina que constituye, como bien dice la editora, un mundo aparte. "Si amputáramos la presencia del mar -sostiene Luque, en su incitadora Invitación al viaje-, la poesía griega quedaría descolorida y casi muda", una afirmación que puede parecer contundente pero dista de ser exagerada.

Los "ritmos y rumores" del mar, en efecto, resuenan en los versos de todos los poetas cuya obra se ha conservado, con mil matices distintos o reiterados que hablan de su importancia no sólo cultural en la vida de los griegos. La geografía física de la península, su relieve accidentado y la relativa pobreza de su suelo, así como la red de relaciones con y entre las islas o las colonias, hacían del mar -el ponto- la principal vía de comunicación, fundamental para el comercio o el intercambio de todo tipo de bienes. Como sugiere el título de la antología, tomado de un verso de Arquíloco, el mar no sólo era el escenario, el espectáculo incesante, sino también el medio de vida. Este valor económico o instrumental, sin embargo, no se oponía a una visión condicionada por todo un repertorio de historias o leyendas -"memoria entrecruzada de barcos, de hombres y de dioses"- en buena medida oral, que cuando los griegos redescubrieron la escritura, olvidada durante los llamados siglos oscuros, vio la luz en versos imperecederos que alternaban el presente con el pasado y podemos hoy leer como parte -fundadora, auroral- del legado mayor de la tradición mediterránea.

Un porcentaje no pequeño de toda esa imaginería del mar, dice Luque, ha pervivido en forma de motivos -las sirenas- o símbolos -Ítaca como destino- muchas veces reinterpretados, y sumado al placer de la lectura el valor de la antología radica en que nos acerca a las fuentes originales y permite observar la evolución de los temas y de las maneras. Muchos siglos separan los modos formularios de Homero y sus continuadores -o de la tradición anterior no escrita- de la levedad alejandrina, y se agradece el esfuerzo de la traductora, que no en vano es poeta -se nota también en el acierto con que titula los poemas o fragmentos- y conoce además como pocos de sus compañeros de oficio la literatura clásica que impregna, renovada o actualizada, buena parte de su obra propia, por evitar el rigor arqueológico de las versiones literales para reproducir y diferenciar hasta donde es posible los tonos o los "alientos", adaptando la métrica cuantitativa de la poesía griega a los ritmos castellanos e incluso dialogando en ocasiones -en un arriesgado ejercicio del que sale airosa- con ecos posteriores de la lírica española tradicional que le permiten hablar, por ejemplo, de una jarcha de Anacreonte: "Qué bien me haría / que me llevaras, madre, / a la mar amarga...".

El rapto de Europa, el nacimiento de Afrodita, las metamorfosis de Proteo, incontables son los mitos griegos asociados al mar, pero los episodios protagonizados por dioses o héroes conviven con otros históricos -la ocasión de Salamina, famosamente celebrada por Esquilo- o sentimentales, como la dulce nostalgia de Safo cuando piensa en su amada ausente: "Sin comprenderlo, inmenso / resuena el mar por medio". Islas y archipiélagos, puertos y playas, singladuras, escalas y travesías, pero el mar de los poetas no es sólo el que veían los ojos, surcado por las "cóncavas naves" de los aqueos, las orgullosas trirremes -base del Imperio ateniense- o las humildes barcas de los pescadores. Es también un espacio prodigioso y lleno de peligros, a veces bien reales como los provocados por las tempestades o las incursiones piráticas. Es un espejo de los deseos y los miedos, un venero inagotable de imágenes, la madre o transmisora de todas las historias. Al contrario que las artes plásticas donde, como recuerda la editora, los griegos evitaron la representación directa, la poesía muestra todos los destellos de un mar, varias veces milenario pero eternamente joven, que sigue siendo el nuestro -de ahí venimos, a él volvemos siempre- en el más hondo de los sentidos.

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