Literatura La voz de los hombres nuevos

  • Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla rememoran en la antología 'Tierra negra con alas' la pasión con la que los autores latinoamericanos abrazaron la rebelión de las vanguardias

Juan Bonilla y Juan Manuel Bonet, la pasada semana en Madrid. Juan Bonilla y Juan Manuel Bonet, la pasada semana en Madrid.

Juan Bonilla y Juan Manuel Bonet, la pasada semana en Madrid. / Ricardo Martín

"El doctor-poeta / para que no esté tan pálida la rosa / le aplica una inyección de cafeína", escribió el arequipeño Alberto Hidalgo, uno de los principales apóstoles de la vanguardia, el creador que inventó el simplismo y que en Canto a la guerra proclamaba que "los hombres nuevos despreciamos lo antiguo / porque conscientemente queremos dominar / sobre las artes viejas retóricas i vanas, / cantando los misterios de la Electricidad". Una consigna que parecía estar en el aire y que compartían el brasileño Menotti Del Picchia cuando afirmaba "queremos luz, ventiladores, aeroplanos, reivindicaciones obreras, idealismos, motores" o el chileno Juan Florit cuando celebraba en un poema que su sidecar se echaba "a reír con todos sus músculos de acero".

La revolución que vivió la literatura a partir del futurismo encontró una aventurada y fascinante prolongación en los escritores latinoamericanos, aunque las crónicas suelen olvidarse de un territorio donde calaron con fuerza el afán por entrar en un tiempo nuevo, la admiración por la tecnología y la velocidad, el deseo de matar al padre. "¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol griego", sentenció el nicaragüense José Coronel Urtecho sobre su paisano en una reveladora Oda a Rubén Darío.

Tierra negra con alas, la ambiciosa antología que se publica ahora en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, un proyecto al que se han consagrado con tesón Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla, alumbra a través de la selección de 190 autores y 825 poemas la "nueva era" a la que cantó Huidobro y que conocieron las letras del continente americano. El estridentismo mexicano, el runrunismo chileno o el ultraísmo argentino participan en una suerte de explosión colectiva donde Josephine Baker se erige musa inesperada –el uruguayo Ildefonso Pereda, el chileno Raúl Lara y los argentinos Marcos Fingerit y Alberto Franco le dedican poemas– y el jazz y el ruido del automóvil reemplazan a la rosa y al cisne. "Las épocas tienen voz, y la vanguardia no es un movimiento, es una época", sostiene Bonilla sobre la "gran constelación" que se despliega en el cielo americano. "Hay grandes capitanes, como Borges, Huidobro, Vallejo, Mário de Andrade, pero por debajo de ellos había muchas voces que merecían ser rescatadas y oídas", prosigue el escritor, que dedicó su novela Totalidad sexual del cosmos a la figura de Nahui Olin, una autora que forma parte de la antología.

Bonilla y Bonet. Bonilla y Bonet.

Bonilla y Bonet. / Ricardo Martín

Bonilla muestra aún su asombro por la pujanza con que se propagó la noticia de la vanguardia, de forma simultánea, en un país y en otro. "Pienso en Alberto Hidalgo, ese chaval de 17 años que intuye que algo se está moviendo y le escribe a los poetas principales del continente para que le manden sus libros a Arequipa, donde no llegan; pienso también en Hugo Mayo, que en Ecuador monta la revista Motocicleta. Es curioso cómo unos y otros son hilos que conforman una red, como un internet de la época por el que un poeta chileno que nunca había escrito en clave vanguardista se anime a hacerlo, y envíe esos versos a una publicación de otro país", valora el jerezano, que ha escrito para este volumen una extensa y completa introducción, La caravana americana.

Una caravana que en su mayor parte pasó por Europa, más concretamente por París, un destino al que viajaron muchos de los autores para tomar allí, paradójicamente, plena conciencia de su americanidad. "Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos, / de Buenos Aires que es tres veces más grande que París / y tres veces más pequeña", apuntaba el argentino Raúl González Tuñón en Escrito sobre una mesa de Montparnasse, un poema "que podría haber escrito cualquier otro", asegura Bonet. Ilustrativo de estas "idas y venidas" es que "el libro que inaugura en términos absolutos la vanguardia en español, Horizon carré, de Vicente Huidobro, esté escrito en francés, una lengua que también atraviesa en parte la obra que abre la poesía visual en nuestro idioma, Li-Po y otros poemas, del mexicano José Juan Tablada", comenta el especialista.

Y, sin embargo, Europa aviva en los autores latinoamericanos cierta "emancipación cultural", una "dialéctica entre lo cosmopolita y lo particular" donde aflora el orgullo por las raíces, continúa Bonet, ex director de instituciones como el Reina Sofía o el Cervantes y autor del imprescindible Diccionario de las vanguardias y de una antología sobre el ultraísmo, Las cosas se han roto. "En estas obras asoman tres ciudades principales, que son Buenos Aires, Sao Paulo y Ciudad de México, pero la Pampa, el Amazonas, los Andes son paisajes que inspiran también a estos poetas", explica Bonet.

Un poema visual de José Juan Tablada. Un poema visual de José Juan Tablada.

Un poema visual de José Juan Tablada.

El investigador traza, "en modo diccionario, pero jugando a lo novelesco, porque esta vez se prestaba", las semblanzas de los autores seleccionados, cuyas biografías aventuradas y nómadas llegan a eclipsar en algunos casos sus propias obras. "El ecuatoriano Alfredo Gangotena tenía una tarjeta de visita en la que se leía: chasseur de tigres [cazador de tigres]", cuenta Bonet sobre uno de tantos personajes imprevisibles que habitan estas páginas. Blanca Luz Brum tuvo en su biografía su creación más singular. "Empezó siendo la mujer uruguaya de un poeta peruano que muere tuberculoso, es exiliada en diversos países, es amante de Siqueiros en México, de periodistas y poetas en Argentina, después de Perón... Acaba siendo chilena, y quien le da la nacionalidad es Pinochet", relata Bonet, que no oculta tampoco su fascinación por la peripecia del chileno Juan Marín, del que cuenta en su retrato que fue, aparte de poeta y narrador, "orientalista, político –fue uno de los fundadores del Partido Socialista– y diplomático, y además médico de la Escuadra Nacional y como tal capitán de fragata, y profesor de la Historia de la Medicina, y sexólogo y divulgador de Freud, y para más inri boxeador, y aviador, es decir, casi aeropoeta: Juan Marín o el don de la ubicuidad (...), una figura que nunca terminamos de asir porque está siempre en otra parte".

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