Vasta ciudad invisible

Fumaroli hace notar la importancia de revivir los valores de la República de las Letras justo cuando el ocio ha dejado de existir para casi todo el mundo

Marc Fumaroli (Marsella, 1932) es catedrático de la Sorbona y del Collège de France.
Marc Fumaroli (Marsella, 1932) es catedrático de la Sorbona y del Collège de France.
Alfonso Crespo

12 de enero 2014 - 05:00

La república de las letras. Marc Fumaroli. Editorial Acantilado. Barcelona, 2013. 408 páginas. 33 euros

Se trata aquí de atizar las brasas de un fuego legendario que la razón creería extinto. Así, a la erudición radical y sublime con la que Fumaroli traza la cartografía de aquellos estudiosos que desde el Renacimiento hasta los albores de la Revolución Francesa encarnaron los ideales humanistas de la República de las Letras, el ensayista marsellés le añade una pátina alegórica con la que reintroducir la aleación de metáfora y mito en nuestra mirada a la realidad. Es decir, no se ofrece sólo el despliegue de una sabiduría como de otra época -pues podría caerse con facilidad en la pedantería, uno de los principales enemigos del verdadero ocio ilustrado-, sino que esta reunión de artículos y conferencias aspira a aprovechar las debilidades de estatuto (jurídico y político) que los siglos de positivismo y nacionalismo echaron en cara a esta gran aventura e iniciativa del espíritu humano para cambiarlas de signo y trocarlas en virtudes transhistóricas que expliquen su evolución y nos ayuden a buscarle otros perfiles a nuestro mundo globalizado e hiperconectado. No es de extrañar entonces que en estas páginas Fumaroli deje caer en varias ocasiones el nombre de Aby Warburg, coleccionista de trazos y rastreador de supervivencias, una de las grandes inspiraciones del pensador a la hora de concebir un proyecto audaz y, sobre todo, a contracorriente: "Hacer la historia de esta institución singular y metamórfica es no sólo afrontar Europa bajo una luz desacostumbrada, ni económica, ni militar, sino convencerse también de que una instancia transnacional semejante es aún más deseable en el siglo deFacebookde lo que lo fue en el siglo de la invención del libro".

A la transmisión de este suplemento simbólico más allá de toda cronología ayuda, y mucho, la naturaleza de compilación presentada por el libro, que al reagrupar diversos textos sobre el mismo asunto expone una evolución del concepto al mismo tiempo que multiplica los puntos de vista sobre él, encabalgando temas y autores, subrayando ideas, ampliando apuntes y regresando, como una sinfonía serena y calculada, a los principales leit-motivs de esta historia. Y ésta es la de la solidaridad entre sabios que, desde el humanismo petrarquista al salón letrado francés del XVIII, caracterizó los tres últimos siglos del Antiguo Régimen: una asociación sin fronteras que reunía a eruditos vinculados por un mismo uso estudioso del ocio, más allá de doctrinas, diferencias religiosas y nacionales, a la vez lejos y cerca de la Universidad y la Iglesia; un grupo humano establecido a partir de la conversación, la correspondencia y los viajes al que mantenía unido la persecución del bien común para la Europa del espíritu. La Respublica litterarum del renacimiento italiano, como explica Fumaroli, desembocaría, no sin mutaciones, debates y mudanzas geográficas, en esa "Europa literaria" pre-ilustrada en cuya "literatura" tenían cabida las principales disciplinas artísticas, eruditas y científicas del momento. Es este civismo ético, desinteresado y vertebrador el que el ensayista pretende desentrañar como quien lo hace con un mito, repasando con delectación las implicaciones del universo imaginario que lo consolidó y ejecutando una hermosa y apabullante exégesis del tejido conceptual que sostuvo la mecánica de los intercambios entre estos contemporáneos anhelantes de una restitución de los valores de la Antigüedad: diálogo con las auctoritates; el ocio literario como puerta al ocio estudioso; la reunión de los afines bajo el manto polisémico de la Academia, ciceroniana por un lado (la villa en la que las soledades estudiosas se ponen al corriente), platónica en el sentido de escuela donde los maestros inician en las distintas materias por medio del diálogo (la conversación, junto al intercambio epistolar, establecen los primeros y más firmes lazos afectivos y sociales entre los iniciados); o las bibliotecas privadas como redes paralelas del saber que relacionan a los eruditos a espaldas del saber institucionalizado.

Para mantener vivo este fuego, para que recordemos esta historia orillada que tanto contribuyó a la construcción de la Europa moderna y así poder entresacar de ella sus lecciones intemporales, Fumaroli -él mismo la prueba viva de lo que pretende transmitir: una elegante encarnación del sabio espléndido, apacible y en profunda comunión con los vivos a su alrededor y los muertos que le precedieron- repasa precisamente los momentos estelares de esta República de las Letras, aclarando la penumbra de su estatuto histórico y deletreando su más determinante transformación, lo que califica como el paulatino advenimiento de un "nuevo paisaje del saber": la parisización de esta república literaria a lo largo del siglo XVII. Llegaba así la querella entre antiguos y modernos, el relajamiento de la erudición filológica, la marginación del latín en favor del francés y la paulatina pérdida de contacto con los maestros antiguos. Son esos cambios y evoluciones por los que pasa el ocio letrado desde la Italia renacentista hasta la Francia prerrevolucionaria, y de ahí, ya como resistencia de unos pocos, hasta el siglo XX, los que Fumaroli expone con meticulosidad y brillantez mientras sigue la vida de sus particulares hombres notables: Petrarca, Boccaccio, Manuzio, Peiresc, Fortin de la Hoguette, Fontenelle, el Conde de Caylus, Seroux d'Agincourt o Dupront. Sin caer en nostalgias paralizantes o en fáciles discursos pesimistas, Fumaroli, en su generosa transmisión de conocimiento, nos hace notar la importancia de revivir y revitalizar los valores (e incluso las polémicas e intrigas) de la República de las Letras justo cuando el ocio ha dejado de existir para casi todo el mundo y las revoluciones tecnológicas y comunicativas se empeñan en que la gente se dedique casi exclusivamente a expresar con compulsión sus trastornos subjetivos.

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