Cultura

Una cuestión ilustrada

  • 'La muerte feliz'. Albert Camus. Trad. María Teresa Gallego. Alianza. Madrid, 2014. 176 páginas. 9,80 euros.

Felizmente, la obra de Camus vuelve a recuperarse, ensombrecida quizá por una dilatada primacía de Sartre. No obstante lo cual, Albert Camus es un escritor de formidable talla. Y lo es más por cuanto se ocupa, de un modo muy concreto, de las pasiones abstractas que tiranizan y sacuden la existencia del hombre. Así, y pesar de su título paradójico, La muerte feliz, es una novela sobre la felicidad; vale decir, es una novela sobre uno de los grandes asuntos que interesó al XVIII erudito y empelucado: la felicidad humana y la prosecución de la dicha.

El XVIII, como sabemos, hizo de la felicidad una extensión de la Enciclopedia. El XIX, sin embargo, encontró la dicha en la lejanía, en el sfumatto, en la propicia oscuridad del bosque. Digamos que el XIX encontró la felicidad en la postergación de la misma. Y es este modo de conceptuar la felicidad -equiparada o confundida con la Naturaleza- el que se expresa en la mayor parte de esta novela, donde lo climático, donde la fisiología, son una extensión natural del carácter y la sentimentalidad humanas. Sólo a última hora, Mersault, el protagonista, encontrará la felicidad en la desnuda asunción de la propia existencia. De ahí vendrá La muerte feliz que reza en el título, por cuanto la muerte no es más que el fin último, la estribación que otorga sentido y valor a nuestros actos. No debemos olvidar, por otra parte, que este Mersault de La muerte feliz prefigura, sin acotarlo, al Mersault que protagoniza El extranjero. Hay aquí, no obstante, en esta novela inaugural, una adecuación del hombre al mundo, a su luz, al mar, al círculo de las estaciones, que quizá en El extranjero se muestre ya como condicionante adverso. Mersault, el protagonista reflexivo y errante de estas páginas, buscará la dicha en la cultura, en el viaje, en la rubia desnudez de las mujeres, para encontrarla finalmente en el mutismo asombrado con que se manifiestan las cosas. Entre esas cosas está el propio Mersault, reintegrado, por último, al flujo de la existencia. Las páginas finales de La muerte feliz son de una hermosura angustiada, de una limpieza escueta, de una claridad punzante y definitiva.

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