Muere Sánchez Ferlosio Perdido en su jardín

Lo normal cuando muere alguien de la trayectoria de Rafael Sánchez Ferlosio es leer páginas y páginas de elogios ditirámbicos. La muerte tiende a volvernos indulgentes, y quizá esté bien que así sea, pues con ella se cierra el último capítulo de todas las vidas, y si los libros de Ferlosio inician ahora esa especie de purgatorio que sigue al fallecimiento de casi todos los escritores, mejor que las alabanzas postreras atraigan a algún despistado o nuevo lector a que lo alejen. Pero también es momento propicio para preguntarse si ha sido tan gran escritor como el canon asegura, sobre todo el que se ha impuesto en los últimos veinte años, tiempo en el que se han recopilado sus trabajos, se le ha premiado y homenajeado y quienes cotizan en la bolsa de la llamada intelectualidad lo han colocado en el parnaso español.

Dice ese canon que Ferlosio, junto a Benet, ha sido el mejor prosista español de la segunda mitad del siglo XX, curiosamente no por sus dos libros más conocidos, el Alfanhuí y El Jarama, sino por sus artículos, ensayos y retamas, pecios o aforismos, que desde Las semanas del jardín vino dando en cuentagotas y luego con más profusión. Ferlosio ha sido maestro en la subordinación, en el párrafo de largo aliento, en esa figura retórica que los filólogos denominan hipotaxis, y cuando se le coge el aire no deja de tener hasta su gracia, como con su obsesiva fijación por Ortega, a quien califica de prosista refitolero y a cuyo propósito creó el impagable término “ortegajo” (por cierto, es digna de estudio la necesidad de buena parte de la generación de Ferlosio, desde Martín Santos hasta los Goytisolo, de tirar por tierra al filósofo madrileño).

Aunque al leerlo con algo de continuidad se empieza a notar que quizá puede que en su prosa haya mucho de pirueta hueca, levanta un edificio que impresiona o apabulla pero que, cuando se abre su puerta, resulta que no nos introduce en un palacio deslumbrante sino en una modesta casita pareada donde hay cuatro o cinco ideas de andar por casa, un pensamiento en zapatillas de fieltro, como las que usaba y con las que solía salir en los retratos que de tarde en tarde publicaban los medios.

Quizá Ferlosio haya sido uno de los escritores cuyas portentosas dotes narrativas más desaprovechadas hayan quedado. Bien porque se cansó, bien porque no le interesaba, el lector que se adentra en su obra tiene la impresión de que si Benet sí llegó a desarrollar ese don (algunas veces hasta la exageración, pero uno es hijo de su tiempo y el tiempo suyo no es el nuestro), su coetáneo Ferlosio se perdió en su jardín de excursos filológicos e ideas de mesa camilla y no dio de sí en el ámbito de la narrativa cuanto pudo, no llegó a la altura de sí mismo, que muy probablemente era la de gigantes como García Márquez o el citado Benet.

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