La naturaleza como totalidad | Crítica El poeta y el científico

  • Goethe fue mucho más que el 'padre' del joven Werther: un hermoso libro de Henri Bortoft indaga en la compleja labor de investigación de la naturaleza que llevó a cabo el escritor

Johann Wolfgang von Goethe, según el retrato de Joseph K. Stieler (1820). Johann Wolfgang von Goethe, según el retrato de Joseph K. Stieler (1820).

Johann Wolfgang von Goethe, según el retrato de Joseph K. Stieler (1820).

En general, es sabido que Johann Wolfgang von Goethe, ese señor un tanto mineral que mira con rostro de inmortalidad desde las ilustraciones de los manuales de literatura fue, aparte de poeta, científico, y lo que hoy llamaríamos gestor cultural. Sobre su obra literaria confieso que no poseo competencia para opinar con solidez: mi defectuoso conocimiento del alemán, aparte de otras lagunas, seguramente me impide apreciar una poesía que encuentro insípida, por fría y solemne, y un teatro que trata de imitar el alabastro de los clásicos y muchas veces se queda en recio mármol de Antofagasta. Sobre su labor científica podía opinar incluso menos, o no podía hacerlo en absoluto, hasta que tuve la fortuna de que este hermoso libro de Henri Bortoft cayera en mis manos: así me di cuenta de que Goethe se merece de mi parte una segunda consideración, y que sus méritos no terminan en Las penalidades del joven Werther, librito delicioso del que él abominó y que de todo lo suyo es lo que prefiero con diferencia.

El genio de Weimar llevó a cabo una prolija labor de investigación de la naturaleza que abarcó campos tan dispares como la geología y la óptica, la botánica y la anatomía comparada, y al final de sus días, anciano y monumental, llegó a afirmar que era esa tarea científica, y no sus versos, a la que atribuía verdadero valor de cuanto llevaba su firma. Al respecto, cabe mencionar su famoso análisis de la metamorfosis de las plantas, sobre el que abundamos más abajo, su desafortunada defensa del Neptunismo (que afirma que las rocas se formaron en el vientre de los océanos, y no en ese subsuelo incendiario de la corteza desde el que podrían alimentar los volcanes, como defiende el Plutonismo), y, también y sobre todo, sus revelaciones sobre la composición de la luz, que cristalizarían en el clásico de 1810 Teoría de los colores.

Es este último título al que el Goethe científico debe su popularidad y su oprobio: en oposición frontal al esquema de corpúsculos de Newton, Goethe arguyó que los colores eran matices o grados de una misma escala que viaja de la oscuridad de la noche al fulgor del mediodía, y que procesos como la formación del verde o del violeta en realidad representan "el drama íntimo de la luz". Esta interpretación teatral del crepúsculo le valió la anatema de las academias y ha hecho que, hasta hoy, su nombre aparezca ligado a los nada obsequiosos de diletante o embaucador.

El libro de Bortoft trata de rescatar al maestro del barro, y no mediante evasivas o condicionales: desde un pleno derecho científico. Se considera a Goethe un aficionado sin sesera, dice Bortoft, pero eso sucede sólo porque el concepto de ciencia que se emplea al hacerlo no es el correcto. En realidad, Goethe vio mucho más allá que los positivistas, que los mostrencos defensores de la experiencia objetiva que le responderían desde las cátedras: él abogó por una ciencia holística. Para que comprendamos mejor a qué se refiere, Bortoft nos propone el ejemplo del holograma, cada una de cuyas partes (a diferencia de lo que sucede con una simple fotografía), a pesar de que se rompa en mil, conserva la imagen completa de su modelo, con leves variantes de nitidez. Es decir: que si troceo un holograma, la casa, la cabeza, el árbol, la mano que haya retratado seguirá íntegro (quizá más borroso) en cada uno de sus fragmentos, y no extraviado entre una puerta, una nariz, una rama y un meñique, que es lo que ocurriría con la foto tradicional. La ciencia de Goethe aspira a encontrar la totalidad en cada parcialidad, igual que el paisaje entero en la esquina del holograma: el reino vegetal en la flor del escaramujo, el gamo completo en el asta, el reino mamífero en el gamo, la vida en el mamífero. Ello exige modificar la mirada, adoptar un nuevo punto de vista más basado en la intuición y menos en el intelecto, que sea capaz de detectar no el rasgo común a la especie, sino aquel rasgo específico de la especie que identifica a cada uno de sus miembros. Eso sería lo que más o menos llama él Urphänomen o fenómeno originario, prototipo.

Un Goethe ya anciano le daba más valor a su tarea científica que a su obra literaria

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Consideraciones como estas fueron las que le llevaron a concebir su botánica particular, según la cual todas las plantas de la Tierra son variaciones de cierta Urplanfze o planta primitiva, o (le cito a él) "toda la planta es hoja". Consciente de lo llamativo, y herético, que este modo de entender la naturaleza puede resultar a la ciencia oficial y sus valedores (materialistas de todo jaez que se consideran en última posesión de la verdad), Bortoft se detiene sobre todo en criticar las carencias y desatinos de una visión excesivamente científica del mundo, entendiendo por esta última una que se basa sólo en presuntas pruebas empíricas y modelos matemáticos. El principal punto de ataque (sustentado en la muy gráfica metáfora del reloj de Einstein) corre así: la ciencia no estudia la naturaleza, sino un esquema o modelo suyo; antes que enfrentarse a los hechos, atiende a su simplificación geométrica, mecánica, química, dejando de lado los matices cualitativos; considera que la realidad es algo oculto que queda detrás de las apariencias, y así desatiende lo visible, lo evidente, lo intuitivo, que es la única fuente de certeza natural. No es de extrañar que para hacer palanca sobre todos estos puntos, el autor se detenga profusamente en las opiniones de Heidegger y algunos de sus seguidores.

Para concluir, este ensayo sobre uno de los callejones cegados de la ciencia natural constituye algo más, mucho más, que una simple curiosidad arqueológica. El caso de Goethe tiene mucho que decir en un mundo en que el conocimiento del universo, con el pretexto de ser objetivo, considera imprescindibles la parcialidad, la incomprensión, el simplismo, la antipatía, y en el que debería, para alcanzar un concepto más satisfactorio de la realidad y del puesto que el hombre ocupa en ella, ampliar sus miras y abarcar otro tipo de horizontes. A este Goethe, debo confesar, lo leo con mucho mayor interés y benevolencia que al otro.

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