La ruta de Eminé | Crítica

La tradición secreta

  • Algaida publica 'La ruta de Eminé', novela fantástica de José Antonio Ramírez Lozano, que acude a las grandes tradiciones europeas y orientales, con especial atención al orientalismo ilustrado que inauguran 'Las mil y una noches' traducidas por Galland

José Antonio Ramírez Lozano. Nogales, Badajoz, 1950. JUAN CARLOS VÁZQUEZ

José Antonio Ramírez Lozano. Nogales, Badajoz, 1950. JUAN CARLOS VÁZQUEZ

Esta novela de Ramírez Lozano enlaza con facilidad con el vasto orbe de la imaginación oriental que abre la traducción de Galland, apenas comenzado el XVIII, de la Las mil y una noches, y al que las Cartas persas de Montesquieu añadirían un deje satírico y erudito. Sin embargo, ceñirla a un tardío y feliz orientalismo sería del todo inexacto. En la novela de Ramírez Lozano afluyen otras tantas tradiciones, de no menor importancia: desde la literatura viajera que comienza en Heródoto y llega a Ibn Battuta, a Marco Polo y Rustichello de Pisa, a Pero Tafur y Ruy González de Clavijo; desde la novela bizantina que tiene su germen en Apuleyo y se amoneda felizmente en Lázaro de Tormes; hasta las tradiciones judeo-cristiana, islámica, pagana e hiperbórea, con las que amalgama y se cierra la casi totalidad de la imaginación humana. No en vano, La ruta de Eminé va dedicada a la memoria de dos grandes imaginativos del siglo XX europeo: Álvaro Cunqueiro y Joan Perucho, escritores a cuya sombra se acoge con naturalidad esta obra, escrita con un cuidado lenguaje, a un tiempo preciso y volandero.

Lo anómalo de este tipo de literatura es el impulso dichoso del que brotan sus imaginaciones

Hemos de decir, en cualquier caso, que La ruta de Eminé pertenece a una tradición anómala, de profundas raíces, como ya se ha dicho más arriba, pero cuyo caudal, cuya verdadera naturaleza, tratándose de literatura imaginativa, no es de carácter aciago y terrorífico, como ha sido común en la literatura anglosajona, sino su contrario. La gran anomalía de este tipo de fantasías, tratándose del XX (y que Borges, anglófilo, solo recogerá en su vertiente aterradora y funesta), es el impulso dichoso, la facultad humorística, de los que brotan sus felices imaginaciones. En tal sentido, Ramírez Lozano se halla más cerca de la fantasía acogedora y fértil de Perucho, que de la imaginación, fuertemente humorada, de Álvaro Cunqueiro. Lo cual no quita para que La ruta de Eminé nos traiga a la memoria tres obras suyas: Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, Vida y fugas de Fanto Fantini y Las crónicas del sochantre, en la que se enlazan historias peregrinas, a la manera de Las mil y una noches o de Chaucer, pero con la luz fría, espectral, de la Bretaña caminera.

Digamos, en fin, que en La ruta de Eminé, tejedora émula de Penélope, es el mito del Paraíso, del Eden, de su felicidad sin tasa, aquello que se visita de modo novedoso.

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