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Álvaro Carmona: “La cara es el espejo de la enfermedad”

El investigador y divulgador Álvaro Carmona posa con el libro recién publicado. / Juan Carlos Muñoz
Miguel Lasida

28 de febrero 2026 - 12:43

Álvaro Carmona Pestaña (Las Palmas de Gran Canaria, 1990) es profesor en el grado de Enfermería y de Ingeniería Biomédica de la Universidad de Loyola (Sevilla). Añadida a su labor investigadora en neurociencia y en patología molecular del cáncer, difunde el conocimiento científico en la radio, televisión, prensa y redes sociales (@sdesiensia), además de en libros como el recientemente publicado en la editorial Crítica: Le seré sincero, no pinta bien, obra en la que analiza las enfermedades desde una perspectiva histórica a través de una serie de cuadros emblemáticos.

Pregunta.–¿Son las pandemias como una sacudida para la herencia genética?

Respuesta.–Hay estudios que han analizado cómo la pandemia de la peste moduló la genética de la población, seleccionando a los individuos que sobrevivieron por tener variantes específicas en los genes. Esos mismos genes parecen estar relacionados con la aparición de la artritis reumatoide. Nos hicimos más resistentes a la peste y más susceptibles a padecer enfermedades autoinmunes.

P.–¿La proliferación de enfermedades autoinmunes puede deberse entonces a ese tipo de fenómenos?

R.–Es una conspiración de elementos diversos: no es sólo que tengamos herramientas para diagnosticar y que hayamos puesto nombre a las enfermedades, pues la celiaquía existía pero pasaba inadvertida. La exposición a tóxicos, el estrés y los malos hábitos pueden descompensar el sistema inmunitario, haciéndolo más reactivo y que aparezcan patologías como ésas.

P.–Antes de los diagnósticos y de los nombres, la acción de cualquier microorganismo daría lugar a pensar en una intervención divina o demoníaca, ¿es así?

R.–El origen de la tradición del Corpus Christi, por ejemplo, está unido a una bacteria. Hay estudios que asocian la aparición de panes sangrantes, la aparición de manchas rojas que rezuman los panes, a la infestación de la bacteria Serratia marcesens. Aquello se interpretó como un milagro. Era el cuerpo de Cristo el que sangraba. La historia se vende sola.

P.–Los pintores flamencos reflejaron la práctica médica de su época. ¿Le llama la atención algo de esas obras?

R.–La ligereza con la que se abrían los cráneos para extraer la piedra de la locura. Cualquier patología mental se explicaba con la aparición de un cálculo en el cerebro. En el siglo XVI era algo lógico: si en el riñón y en el hígado hay cálculos, era lógico que el cerebro, que también tiene ventrículos y líquidos, generara esos cálculos. El barbero hacía como que abría el cráneo, prácticamente una lobotomía, y sacaba la supuesta piedra. Era una farsa y está registrada en la pintura flamenca.

P.–¿Son la enfermedad y la minusvalía menos sufrientes cuando se ven en un cuadro?

R.–En el caso de Velázquez sí. La humanidad que plasma en cada una de sus obras no la he visto en otro pintor de su tiempo. Hubiera sido fácil ridiculizar al Niño de Vallecas o a Mari Bárbola, retratada en Las Meninas. Pero lo que Velázquez recogió intencionadamente fueron miradas penetrantes, llenas de vida, de alma y de humanidad.

P.–¿Alguna enfermedad relacionada con la última pintura de Goya?

R.–El síndrome de Susac. Es el síndrome de una enfermedad autoinmune que ataca principalmente al nervio óptico, al canal auditivo y que puede afectar al cerebro, provocando alucinaciones e irascibilidad. Además está el saturnismo: sabemos que Goya usaba pigmentos tóxicos como el blanco de plomo. Si pintas con los dedos o sostienes los pinceles con la boca, ese plomo pasa al cerebro, matando poco a poco las neuronas. De ahí la sordera, los momentos de ira y la pérdida de control. También les pasó a Fortuny y a Caravaggio.

P.–¿Y el Greco, tuvo alguna deficiencia?

R.–Es un gran dilema. Se ha hablado que tenía astigmatismo, por esa realidad distorsionada y estirada que representa en los cuadros. Pero si uno se fija en El caballero de la mano en el pecho, por ejemplo, no cuadra con lo que representa en otras pinturas. Yo apuesto a que era su estilo.

P.–¿Es la cara el espejo de la salud?

R.–No al nivel de Théodore Géricault, que categorizó las enfermedades con las pinturas de las monomanías, pero sí, la cara es un espejo de la salud y de la enfermedad.

P.–Gente como usted irá en el autobús adivinando los males de cada pasajero.

R.–A veces sí, se te va haciendo el ojo. De hecho, me he llevado a los alumnos al Museo del Prado para darles clases frente a las obras para que aprendan a identificar ciertos patrones. Incluso el modo de hacer las camas, cómo se plegaban las sábanas, al contrario de cómo se pliegan ahora. Vieron que de ese modo se impedía una lesión en los dedos de los pacientes por la falta de riego.

P.–¿Cómo se ve una enfermedad desde muy cerca?

R.–Es viva, dinámica. La enfermedad es como una nota discordante en la partitura de la vida que se lleva por delante el resto de la composición.

P.–¿No son las bacterias, los virus y el cáncer entidades vivas que sólo pretenden alimentarse y reproducirse como las demás?

R.–Claro, el concepto de maldad o bondad es una construcción humana. Una célula cancerosa no deja de ser una célula que ha mutado, que es más eficiente que las demás y que crece y crece, sólo que las consecuencias son letales.

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