Juan Soto Ivars: "El feminismo hegemónico es como un nacionalismo"
Periodista
EXISTIR O NO EXISTIR. ¿Existen o no existen? He ahí la cuestión. Juan Soto Ivars (Águilas, Murcia, 1985) ha levantado ampollas en el feminismo hegemónico y bendiciones entre hombres, y sus familias, que han recibido denuncias falsas por acoso o agresión sexual. Desgrana su investigación en 'Esto no existe' (Debate), donde visibiliza un problema desde otro ángulo sin negar nunca el maltrato a las mujeres. "Lo detesto", zanja.
Pregunta.–Esta entrevista me va a costar dormir tres noches en el sofá y me ha salido un orzuelo...
Respuesta.–Mi mujer es feminista y ha entendido el problema que hay. Quizás a su pareja le tiene que contar de qué va el libro. Mujeres y hombres estamos en el mismo barco.
P.–No sé si charlo con Goebbels o con Josu Ternera. Pero está usted en el foco nacional.
R.–El libro está tenido una acogida brutal. Lo que veo en las presentaciones, donde hay hombres y mujeres, es muy distinto a lo que quiere el feminismo institucional que pensemos. Esto ha afectado a tanta gente... Es un falso dilema y tenemos que salir de él.
P.–Por dejarlo claro. ¿Niega la violencia de género?
R.–No niego la violencia de género, la detesto.
P.–Pero quienes critican su libro sí niegan las denuncias falsas.
R.–Me llaman negacionista los que niegan que esta ley de violencia de género tenga efectos secundarios adversos graves y que exista un número muy alto de denuncias instrumentales.
P.–Le parece abominable cualquier violencia.
R.–En general a las personas nos abomina el abuso del fuerte sobre el débil, como es la violencia de género. Pero meter a un inocente en el cuartelillo, someterlo a un proceso kafkiano, separarlo de sus hijos... es abuso del fuerte sobre el débil también, aunque la denuncia la haya puesto una mujer que dice ser maltratada y que no lo es.
P.–¿Para qué sirve el libro?
R.–Para que empecemos a informarnos de los efectos secundarios de un fármaco que usamos para curar esa enfermedad social. Y son bastantes graves.
P.–Hay muchos matices incluso en un tema tan sensible, ¿no?
R.–Las medidas sociales tienen un coste y si nos lo ocultan durante 20 años, alguien tiene que venir a explicar cuál es. Si no se regula bien, hay decenas de miles de inocentes criminalizados.
P.–Le intentan tumbar su argumento porque sus datos no son objetivos, sino estimaciones.
R.–Y si en los 50 hubieran querido saber el número de maltratadas, se habrían encontrado lo mismo: sin datos oficiales. Según la lógica que me aplican a mí, en el franquismo había 0,001% de maltratadas. Lo mismo que dicen hoy de las denuncias falsas.
P.–Ha dicho: "Hay gente que vive de decir que está salvando a las mujeres sin hacerlo". Me comenta una amiga que cambie mujeres por hombres en el titular.
R.– Mucha gente se dedica a salvar a los demás sin hacerlo pero tenemos partidas para luchar contra el machismo que se desperdician en propaganda, en vividores y a veces en medidas contraproducentes para lo que persiguen. Hay que auditar que ésos que se dicen tan humanitarios estén ayudando o viviendo del cuento.
P.–Otra apunta que el coste de la ley de género causa muchas vidas rotas entre los hombres, hijos, abuelas, mujeres de sus entornos... ¡Mejórese pues!
R.–Mejórese porque en 20 años no se ha hecho ninguna auditoría oficial del impacto de denuncias falsas. El dato de la Fiscalía es ridículo. Pese a que los jueces de instrucción lo advierten, el Estado no ha dicho que vaya a intentar arreglar este problema.
P.–El hombre y la mujer somos iguales ante la ley.
R.–En España no. Quizás soy un carca por decir que tiene que haber igualdad. Somos el único país de Europa con esta discriminación penal por razón de sexo. ¿En Francia o en Alemania se preocupan menos y la mujer está peor? No. Aquí dijeron “vamos a ser pioneros” y fuimos solos a un sitio muy raro.
P.–En 2024 fue destituida la directora del Instituto de la Mujer por facturar la empresa que compartía con su pareja 250.000 euros para la gestión de puntos violeta.
R.–Los puntos violeta son un ejemplo arquetípico de lo que funciona mal en el feminismo institucional: se infla un problema con una campaña de pánico, como los pinchazos de sumisión química en las discotecas; se hace una alerta; y se inventa una solución que ni siquiera está claro que exista. ¿Cómo termina esto? Con reparto de dinero público. ¿Quién se extraña de que luego aparezca corrupción?
P.–Lo que no sabe es cuánto dinero se pierde por el sumidero, ¿no?
R.–Es que España invierte tantísimo dinero en evitar que maten a las mujeres que tendríamos que empezar a hacer preguntas al Estado de dónde está el dinero, para qué sirve. El pacto de Estado y los fondos europeos dan mucho dinero, pero cuando una maltratada grave quiere recursos, no se los dan. Eso es muy heavy. No es por falta de dinero, es por reparto malicioso.
P.–¿En España no se registran a los niños asesinados por sus madres?
R.–Exacto. ¿Sabe cuántos hombres mueren al año asesinados por sus parejas?
P.–Ni idea.
R.–¿Sabe por qué dicen que han sido asesinadas 1.340 mujeres desde que se tiene registro? Desde que se tiene registro qué quiere decir. Pues hay cosas de las que no se tienen registros, como de los niños asesinados por sus madres, y son más que los asesinados por sus padres.
P.–¿Se le ocurren soluciones para la ley de violencia de género?
R.–Con este libro se ha roto un tabú, la espiral del silencio, por una cuestión de magnitud. En 20 años ha habido decenas de miles de víctimas de la denuncia instrumental y ya esto no se puede mantener callado por más tiempo, se acabó. Afecta a hombres de izquierdas, de derechas, maridos de nuevas parejas de feministas, a hijos de feministas igual que a hijos de señoras del Opus...
P.–¿Cree que les regalarán 'Esto no existe' por Reyes a Íñigo Errejón, a Paco Salazar...?
R.–Ésa es una posible explicación al 0,001% de denuncias falsas, son exactamente los hombres de Podemos y del PSOE a los que les pasa, no hay más.
P.–"No hay denuncias falsas, hay una derecha fanática cuyo trabajo es criminalizar a las mujeres". Esto dijo Errejón cuatro años antes de acusar a Elisa Mouliaá de denuncia falsa. Puede invitarlo a promocionar su libro.
R.–A Errejón sólo le puedo decir: “Bienvenido a la ultraderecha, querido, aquí hay sitio para todo el mundo”. Acaba de entrar Elisa Beni y hay otro sitio al fondo para Íñigo.
P.–¿Qué es más difícil para usted: discutir con un independentista, con un sanchista o con una feminista?
R.–Se parecen mucho. Hay muchos feminismos pero lo que no me gusta del hegemónico es que funciona exactamente igual que un nacionalismo. Considera a la mujer una nación oprimida y al hombre una nación opresora y no estoy de acuerdo con eso.
P.–¿Qué planes tiene para el 8-M?
R.–No está muy lejos el momento en el que en un 8-M se pida mejorar esta ley en el sentido que propongo. Hay muchas mujeres implicadas en la protección del débil y no me extrañaría que en el 8-M eso tuviera su hueco.
P.–Tras entrevistar a Del Val y a usted, sólo me queda otro Juan controvertido: el Rey emérito.
R.–Han sacado libro a la vez y los he superado a ambos en Amazon, así que 'bye bye'. Juan Carlos I es un segundón.
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