Rufián revoluciona la izquierda

Las claves

El portavoz de ERC en el Congreso se mantiene firme en su idea de buscar la unidad para hacer frente a PP y Vox

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián.
El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián. / Javier Lizón (Efe)

HACE unas semanas, Gabriel Rufián propuso a ERC, Bildu y BNG, los partidos independentistas y nacionalistas de izquierda con representación parlamentaria, que crearan un frente común contra la derecha. No tuvo mucho éxito, el primero en desmarcarse fue su propio partido, ERC, del que es portavoz en el Congreso.

Abrió un debate del que no salió bien parado, pues se le acusó de afán de protagonismo y de que intentaba que ERC confiara nuevamente en él para incluirle en la lista al Congreso en las próximas elecciones –su partido lleva tiempo empujándole para que regrese a Cataluña– pero ha provocado una revolución en la izquierda, donde llevaba cierto tiempo gestándose una reflexión profunda sobre el futuro. Fundamentalmente porque no se están cumpliendo sus expectativas, y el futuro electoral –y el presente, con las autonómicas de Extremadura y Aragón– no es muy halagüeño. El PP sigue ganando elecciones aunque ha perdido fuelle, pero de momento mantiene el liderazgo de la oposición. Crece con fuerza Vox, lo que lleva inexorablemente, si las cosas siguen así, a que se produzcan alianzas entre los dos partidos aunque ambos se resisten. El PP porque se siente muy lejos de algunas cuestiones extremistas de las que Vox hace bandera, y Vox porque le va muy bien marcando distancias con el PP y presentándolo como un partido que vota con frecuencia iniciativas del PSOE.

Rufián, a pesar del escaso éxito inicial de su idea de frente nacionalista-independentista de izquierdas, se mantiene firme en el intento. Entre otras razones, porque ha surgido en los últimos días una nueva operación para unificar a toda la izquierda contra PP y Vox. Y esa operación está protagonizando el espacio político.

Rufián es un político que ha demostrado que sabe moverse, tiene discurso y la acidez necesaria para convertirse en un parlamentario al que se escucha. Así como hay diputados que cuando suben a la tribuna de oradores deben esperar unos segundos a que salgan todos los que aprovechan para ir a sus despachos, al baño o al bar, demostrando así su aburrimiento o falto de interés por el discurso que se va a producir, Gabriel Rufián mantiene a la mayoría de la Cámara quieta en sus asientos.

En pocos años se ha convertido en uno de los parlamentarios más conocidos del Congreso, aunque es de dominio público que no satisface a toda la cúpula de ERC, que hizo todo lo imposible para que regresara a Cataluña como alcalde de Santa Coloma, donde nació.

El ciudadano de Algeciras

Obediente, se presentó a las elecciones municipales, logró su acta de concejal que compatibilizó con la de diputado, pero dimitió de la concejalía un año y medio después para dedicarse plenamente al Congreso. No se equivocó; es uno de los diputados más activos y conocidos de la Cámara Baja. Por su actividad parlamentaria y por su actitud personal.

No renuncia a su identidad independentista, pero a diferencia de otros miembros de ERC no tiene complejo para declarar públicamente que no comparte algunas discriminaciones que se dan en Cataluña, como las que sufren quienes se expresan en castellano, la negativa a cumplir la ley en los centros educativos sobre las horas lectivas en castellano o la obligación del uso del catalán para acceder a determinados puestos de trabajo. No oculta su respeto a la españolidad, lo que le permite desplazarse por toda España sin que sea rechazado. Con alguna excepción, se ve tratado con respeto e incluso recibe enhorabuenas de personas desconocidas.

Está casado con la responsable de comunicación del PNV en el Congreso, a la que conoció precisamente por su trabajo parlamentario, tienen un hijo y actualmente vive más tiempo en Madrid que en Cataluña. Todo eso le convierte en un “tipo raro” en ERC, el partido independentista catalán con más votos y escaños, que actualmente apoya al Gobierno socialista de Salvador Illa. Rufián dedica sus frases más hirientes a Vox y al PP, pero también lanza andanadas al PSOE y a Pedro Sánchez. Escribe sus discursos, no utiliza analistas, asesores y colaboradores como otros políticos. Y suele dar en la diana en sus intervenciones. No deja indiferente a nadie.

Esta semana ha realizado varias declaraciones en las que defiende su propuesta y advierte que no intenta con ello convertirse en líder de nada. Pero advierte también que no la promueve dentro del ámbito catalán, sino que por su experiencia la ve posible en el resto de España. “Representar a alguien de Algeciras no me hace menos catalán ni menos independentista”, y “quizás tengo el 0% de apoyos políticos, pero quiero creer que tengo un apoyo popular mucho más alto”, ha dicho. Es la razón de que no renuncie a la unidad de los partidos nacionalistas e independentistas de izquierda.

Yolanda sí, Yolanda no

Desde que hay democracia no es nuevo que la izquierda española haya buscado la unidad para plantar cara a centro y derecha. El intento último más conocido es el de Sumar, actualmente fallido, aunque en honor de la verdad habría que decir que nació fallido. O casi. De la veintena de partidos de toda España que englobaban aquellas siglas apenas queda media docena. Pero, ante los últimos movimientos de Rufián –sin éxito hasta ahora, repetimos–, se ha vuelto a poner en marcha la maquinaria de quienes vuelven a buscar la unidad.

La primera mirada se ha puesto en Sumar, pero los problemas salieron a la luz desde el primer momento, como se suponía. Podemos y Compromís, dos miembros importantes del grupo, hace tiempo que tienen vida propia y no contemplan la posibilidad de reintegrarse, aunque quienes más interesados están en la operación creen que si Yolanda Díaz dejara de ser la líder sería posible la reunificación.

Izquierda Unida es hoy la formación que más trabajo pone en la unidad, y además se mueve con la mayor solvencia en esa tarea, como sucede siempre en los partidos comunistas, que cuentan con una formación y una trayectoria de la que carecen otras formaciones nacidas con un claro tinte oportunista y se disolvieron como el azúcar cuando no alcanzaron aquello que buscaban, generalmente un puesto político en alguna institución, desde una concejalía hasta un ministerio. La historia reciente está plagada de ejemplos en ese sentido.

No sorprende por tanto que se esté poniendo tanta dedicación en buscar un sustituto a Yolanda Díaz, quemada hace tiempo en la política española. Ella misma ha debido captar que cuenta con escasas posibilidades de ser la figura más representativa de lo que pueda salir de esa buscada unidad de la izquierda, y se mantiene prudentemente en silencio, aunque con toda seguridad sigue de cerca toda la información que se está produciendo en torno al proyecto de unificación.

Debe saber por tanto que se tantean a figuras de la izquierda para ver si alguna de ellas tiene el gancho suficiente para que la operación no sea un fracaso, se revisen las razones de que Sumar no haya alcanzado sus aspiraciones –que haya fracasado, para decirlo abiertamente– y puedan adherirse dos de los partidos importantes que se marcharon, Podemos y Compromís. Ha trascendido que se ha “tocado” a Mónica García, dirigente de Más Madrid y ministra de Sanidad, pero que no quiere liderar esa unión de partidos que se presenta tan complicada.

Lo que está claro es que esa unidad pivota sobre Izquierda Unida, no sólo como heredera del PCE y de su larga historia, sino también –o sobre todo– porque es el único partido o formación de izquierdas con presencia y sedes en todo el territorio nacional.

Antonio Maíllo, coordinador de IU, político con sobrada experiencia, ha dicho estos días que Yolanda Díaz debería dar un paso al lado, pero le ha respondido de inmediato la portavoz de Sumar en el Congreso: Yolanda Díaz es la mejor candidata.

No parece que la izquierda española busque desesperadamente la unidad. O no lo parece en este momento. Habrá que esperar a que se convoquen elecciones generales.

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