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Cultura

La segunda vida de las imágenes

El extraño caso de Angélica. Director: Manoel de Oliveira. T.O.: 'O estranho caso de Angelica'. País: Portugal, España, Francia y Brasil. Año: 2010. Duración: 97 min. Actores: Ricardo Trêpa, Pilar López de Ayala, Luis Miguel Cintra, Leonor Silveira.

Manoel de Oliveira comprendió hace muchos años un puñado de verdades esenciales en torno al cine y a la vida que otros muchos que se dedican, dicen, a su mismo oficio están a años luz de ni tan siquiera llegar a intuir. El extraño caso de Angélica, por el momento su última obra maestra, viene a testimoniar el valor de la imagen (fija o a 24 fotogramas por segundo) como fijador de espectros, como impregnación sensible y visible de lo invisible y desconocido, como recordatorio de la transitoriedad de este mundo mudable y de nuestro efímero paso por él.

A poco que echemos la vista atrás recordaremos varios de los afluentes que nutren la historia sobre la que se sustenta su último filme. Por un lado, una anécdota vivida por el propio Oliveira en su juventud y que relata en el impagable episodio de Cinéma, de notre temps dedicado a su persona; por otro, esa delicada miniatura titulada Porto, da minha infância, en la que el maestro hace acopio de viejas instantáneas para llevarnos de la mano por la ciudad de su infancia, sin sombra alguna de nostalgia quejumbrosa o amargo resentimiento por un mundo hoy desaparecido.

De parecida forma, queriendo inmortalizar lo que desaparece, la vida misma que se nos escapa entre los dedos, el protagonista de El extraño caso de Angélica (de nuevo su nieto, Ricardo Trêpa, de unos años a esta parte su mejor álter ego) es un fotógrafo que igual se dedica a retratar los rostros de unos agricultores que plantan vides a la manera tradicional, que a inmortalizar el cuerpo de una joven muerta, aún bella, aún plácidamente durmiente (es imposible no pensar en Ordet), antes de que la corrupción lo devore. Lo que probablemente Oliveira no sabía entonces, cuando fue protagonista del acontecimiento que sembró el germen de esta cinta, es que a veces las imágenes tienen vida propia y pueden llegar a vampirizar a su autor; y así, este insólito y apasionante viaje en el cual podrían convivir Antonioni y Zulueta es hoy, en manos del autor de El valle de Abraham, de una osadía conceptual y al mismo tiempo de tal sencillez cinematográfica que sus habituales planos fijos son capaces de albergar en su interior una vida entera, incluso planetas y constelaciones (hermoso homenaje a Méliès en los primitivos trucajes para el vuelo de los enamorados), justo antes de que su luz deje de ser visible.

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