Festival de Jerez

La Bulería supera la crisis de los 40

  • La fase de atonía y crepúsculo de la Bulería, que el pasado sábado cumplió 41 años, parece, tras distintos devaneos y ediciones aciagas, felizmente superada.

Una conjunción planetaria tan infrecuente como imprevisible debió propiciar una noche mágica. La fase de atonía y crepúsculo de la Bulería, que el pasado sábado cumplió 41 años, parece, tras distintos devaneos y ediciones aciagas, felizmente superada. Llegaron los pesos pesados, los grandes nombres propios, para rescatarla de su caída libre y la Fiesta bien que lo agradeció. Sin los errores organizativos de antaño y con una puesta en escena ágil y sin más dilaciones que las estrictamente necesarias, la respuesta de público respondió a las expectativas de un cartel zurcido con la garantía de las grandes figuras coetáneas del Olimpo flamenco jerezano. Figuras que, al margen de esquemas previsibles y repertorios algo monótonos -que parece ser, en última instancia, lo que pide la gran mayoría-, cumplieron sobradamente las expectativas generadas.

El albero y los tendidos del coso de la calle Circo reventaron de un público -hoy se conocerá la cifra total de asistentes- que, ataviado en muchos casos con neveras de playa, como antiguamente, decidió insuflar oxígeno al evento jondo por excelencia de la ciudad, haciéndolo suyo y propiciando momentos de comunión total de la plaza con los artistas. Cinco horas y media de espectáculo sin receso, cuya duración, sirva para futuras ediciones, todavía puede ser objeto de nuevos recortes y condimentos prescindibles. Sería un alivio.

Gran responsabilidad en este renacimiento de la Bulería la tuvieron dos cantaores únicos, inflamables, capaces de reavivar la llama de un fuego extinguido y que fueron recibidos como si de dos deidades se tratase. Se esperaba tanto de ellos que uno siempre teme lo peor. Pero no fallaron. Juan Moneo El Torta, trajeado de mirlo blanco, y Miguel Flores Capullo de Jerez, la salsa de todas las Bulerías, se comieron todo lo demás, que también lo hubo. Y bueno.

Me calaron los tangos trianeros Al Titi de una Esperanza Fernández emocionada por la impresionante acogida que le brindó el gran público jerezano, que aunque no lo crean sabe paladear con objetividad otros caldos ajenos al Marco; me sedujeron las salinas cantiñas en la efigie de un Antonio El Pipa opulento, soberbio, garboso; y me conmovieron los cárdenos tangos de Elu con evocaciones a Pastora Pavón y que ya Carmen Linares rescató en su indispensable antología que dedica a La mujer en el cante.

Por descontado, hubo espacio para la bulería. Casi una hora de forma ininterrumpida en las voces del cuadro Jerez Joven por Bulerías, que ofreció una ronda interminable, reiterativa y cuajada de letras que incluso llegaron a oírse en varias ocasiones. Un relleno prescindible -al menos, se pudo haber reducido a la mitad- que dilató innecesariamente la madrugada y que, para colmo, no hizo justicia en ningún caso a la categoría de muchos cantaores de ese grupo de figuras en ciernes que subió al escenario.

Pero vayamos al meollo de la velada. Bien temperado, con una serenidad y anchura sorprendentes, El Torta lidió rápido con su toro. Fue el tercero en salir a escena y eso, a diferencia de sus clásicas apariciones postreras en la Bulería, se dejó notar. Coherente en su repertorio y bien sostenido por la guitarra de su sobrino Juan Manuel Moneo, el enfant terrible de la Plazuela echó mano de Momentos, su último trabajo discográfico, y levantó al tendido con las alegrías del Yeli yeli; en la soleá (Tiempo de quererte); en las seguiriyas (Dolores, dolorosa mía); y, de forma especial, con Un viaje al cielo, los tangos en los que Luis de la Pica, incomprensiblemente defenestrado por una sociedad desmemoriada, cobra vida en cuerpo y alma del bohemio plazuelero. La noche se vistió al fin de corinto. Como fin de fiesta, entregado y con un reposado aire melancólico, con estampa a lo Manuel Molina pero sin sonanta en mano, repasó las bulerías Momentos solo y las fundió con su ya mítico Abrázame. El delirio.

Horas antes, El Pipa y Elu de Jerez alzaron el telón de una Bulería que abandona, parece que definitivamente, la dubitativa crisis de los 40 para divisar el horizonte con optimismo y energías renovadas. Primero fue el baile. Paisajes de Santiago y poderío racial en las voces de Rosario Soto y Enrique el Extremeño. Pinceladas de Christian de los Reyes, el pequeño portuense que es alter ego en miniatura de El Pipa: mismas poses, misma planta, mismos brazos… El mejor ejemplo de que la escuela jerezana también existe en el baile. Esta selección de piezas de De tablao, probablemente la obra cumbre del bailaor de Santiago, no dejó indiferente a nadie y el fulgor de El Pipa brilló con especial relieve en alegrías y soleá, ataviado con un traje rojo que se mezcló con el cuerpo de baile en un número contenido y atinado.

Después apareció el cante. Desde Cerro Fuerte llegó Eloísa Jiménez, Elu de Jerez. Bien respaldada, la cantaora ha alcanzado un grado de madurez artística que le permite dar lo mejor de sí misma sin aspavientos ni sobresfuerzos. Alegrías, tangos, bulerías por soleá, fandangos y más fiesta compusieron el preciso lienzo que pintó Elu partiendo de una rica paleta de colores que cobra forma corpórea en una garganta absolutamente privilegiada.

La recta final contó con la trianera, aunque de hondas raíces lebrijanas, Esperanza Fernández y con la ya tradicional clausura en la voz de Capullo. Ambos fueron de lo mejor de la noche, aunque por distintos motivos. Si lo de Capullo fue pura anarquía y expresión flamenca reconvertida al cubata, la masa y las ganas de pasarlo bien, lo de Esperanza Fernández fue sobrecogimiento y memoria, por ejemplo, en las seguiriyas en las que mece sus recuerdos lebrijanos y rinde honores al Chache Lagaña. Pero Esperanza también se acordó en las cantiñas del Muelle de la Sal de su barrio, de su Esperanza marinera… Y de Mairena, Pepe de la Matrona, y demás gigantes en las bulerías con las que cerró su primera, esperemos que no última, intervención en la magna Fiesta jerezana.

Y la Bulería echó el telón devolviendo al público a la implacable realidad. Por eso Capullo gusta finiquitar sus actuaciones cantándole a la rutina. Más que como una reflexión, el público entiende la rumba como una explosión de júbilo, y canta el popular Apágame la luz de forma tan inconsciente como diariamente realiza ese acto cotidiano. Y la filosofía que impregna la letra de Capullo viene en parte a decir eso: carpe diem. Y el público se apresuró a vivir el momento y a bailar y tocar las palmas al son que marcó el de La Asunción. Todo un ritual que se viene repitiendo en los últimos siete años de forma consecutiva. Y es que Miguel Flores no se anduvo en la madrugada de ayer con rodeos. Fue directo al epicentro de la fiesta con un ligero merodeo por la soleá tras empezar cantando al golpe. Ya en el habitual éxtasis capulliano hubo espacio nuevamente para el mix de tangos-rumbas que el singular artista suele desbrozar en sus directos y ahí tocó sus hits, como La culpa, Son de lunares o Perdón.

En las bulerías de cierre, echó mano del recurrente Dicen de mí y repitió a compás la granaína de Chacón, Engarzá en oro y marfil, que Capullo revisa alterando la letra por un 'enganchao' en oro y marfil. Genio, figura y alma mater de una Fiesta infinita e inmortal.

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