Festival de Jerez

Dios guarde a Poveda

  • El abrazo entre cantaor y público fue tan sincero, tan de verdad, que le gritaron:“Poveda, eres de Jerez”

Dios salve a Poveda. Porque arriesga, porque crea y porque emociona. Porque conmociona y hace desentrañar el misterio mismo del cante. Porque el talento y la honestidad merecen ser atendidos sin prejuicios y sin mirar al pasado con melancolías inútiles. Que lo mantenga quien quiera que sea en la Gloria de quienes trascienden, pero que mucho antes escuchan y aprenden. Dios salve a Poveda de la mediocridad y superficialidad que reina en las Artes. Que lo libre de caer en el flamenco pastiche, en los cuadros de medio pelo y en los repertorios de alharaca que únicamente persiguen lo inocuo y epidérmico.

Que me paren el tiempo y el sonido, que queden en suspenso sus singulares glosolalias, su modo de enunciar el cante y punzar desde los primeros ayes. Miguel Poveda, un artista de Badalona, de padre murciano y madre manchega, ha superado todos los escollos que se le han ido presentando en su camino hasta aprehender el cante, hasta mutarse y hacerse flamenco. Hay a quien no le entra en la sesera que no sólo basta con nacer, con los cromosomas, sino que también es necesario formarse, madurar, aguzar el oído… Y Poveda tiene un oído que cambia de piel y viaja en función del territorio hasta el que llegue su cante. Camaleónico pero sin sucedáneos, sin trazo grueso e intentos ridículos de ser quien no es. Cómo cosquillea la barriga desde que arranca con el pregón del uvero. Cómo alegra el alma por cantiñas y bulerías de Cái. Qué fuerza al revolverse en su silla atravesada por el rayo divino del duende, de la Razón Incorpórea, que diría Mairena, cuando ejecuta la seguiriya con la cabal mairenera.

Dios salve a Poveda por su sencillez y su refinado gusto a la hora de arroparse. Porque el sustento creativo de Juan Gómez Chicuelo va más allá del mero acompañamiento. Ambos actúan en simbiosis pero también dibujan sobre las tablas dos espacios perceptibles y personales sin interferencias ni estridencias. El músico catalán aborda falsetas tan ricas e imaginativas, tan flamencas a la par, que uno rabia por no poder aplaudir cuando teje y borda cada pieza, cuando sublima los trémolos y arpegios en su bajañí. Idéntica comunión con Poveda tienen las palmas de Cantarote y Grilo, y la percusión exquisita de Paquito González. Músicos habituales que, "sin ellos, esto sería otra cosa, no lo que a mí me gusta", como admitió el autor de Tierra de calma.

Y lo que le gusta a Poveda es rebuscarse en las soleares de Charamusco (soleá apolá); y recorrer la Bahía de la mano del Pinini, Pericón, La Perla, Manolo Vargas… Inhalar el olor a sal del paraíso de la alegría cuando se adentra subido al Vapor camino de Santa María. Lo que le gusta a Miguel es percutir hasta la médula con el taranto (aquel Sal al guisao de su imprescindible disco Zaguán) más levantico que nunca; y entrar con malagueñas y salir con un par de fandangos abandolaos.

Teníamos fresco en la memoria el recital que ofreció hace apenas un mes en Alcalá y prácticamente calcó el repertorio. Eso no desmejoró la noche ni la hizo más previsible. Ni mucho menos. Con una precisa idea del clasicismo y una cierta concepción de la modernidad, este flamenco catalán, hijo predilecto de Jerez, tiene una capacidad desbordante de sorpresa y, cada vez, transmite sentimientos y emociones muy diferentes. Lo mismo tributa el legado de los grandes de la copla (León, Quiroga, Solano, Valerio…) con un popurrí de coplerías que ha dado en llamar La radio de mi madre, que se sirve de compositores coetáneos para entonar Alfileres de colores, el poema taurino de Pedro Rivera, con música de Diego Carrasco, que le ha terminado de convertir en cantaor popular. Y la gente volcada, de pie, ovacionándole. Y los que aún seguían fuera, buscando salvoconductos para entrar en un Alcázar en el que no cabía ni un alfiler.

El clímax, en los tientos-tangos y en las bulerías… de Jerez y Utrera. ¿Quién se atreve? Primero, La Niña de los Peines y La Paquera. Después, Manuel Torre, Terremoto, Caracol, Concha Piquer… Poveda, en un arrecife de coral, hallando gemas preciosas por fiesta. En el compás ternario, Miguel no tiene obviamente el metal de El Zambo cuando canta ¡Qué borrachera!, pero tiene un paladar y una jondura que no desmerecen al más genuino soniquete santiaguero. En los tientos y en los tangos, rescata más aires del triángulo: Sevilla, Cádiz y Jerez. Manuel Torre, El Mellizo, tangos de La Niña, del Titi… Y además recuerda los versos de unos tangos extremeños popularizados por Camarón. Pero siempre, siempre con referencias y alusiones en las letras a Jerez, su tierra prometida. Como cuando cambia el Qué bonito está Triana por un Qué bonito está Jerez cuando le ponen al puente banderitas de papel. Qué arte, Miguel.

En esta atmósfera, en esa noche en la que prometió pasarlo "de puta madre", es fácil adivinar que no olvidará nunca su gran prueba de fuego en Jerez, el pasado sábado. No venía esta vez convidado por los Cantarote, ni a una fiesta en Los Juncales o El Colmao, donde probablemente ya tenga hasta una litera. Tampoco venía al Festival de Jerez, donde la mayor parte del público es de fuera. Poveda acudió al Alcázar para cantar por derecho ante un patio de San Fernando atestado de espectadores que no habían pagado un euro por su entrada, circunstancia que algunos entienden como pasaporte para faltar al respeto al artista. Pero no. El abrazo entre cantaor y público fue tan sincero, tan de verdad, que incluso alguno le vociferó: "Poveda, eres de Jerez". Y a él no se le olvidará que ese rincón sureño del cante al que tanto quiere y admira, le ha hecho suyo y le ha dado su sitio para que en un futuro pueda escribir su nombre junto al de los más grandes. Dios salve a Poveda. Porque se atreve, porque quiere y porque sabe.

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