Festival de Jerez

Elementos antagónicos

El mero hecho de verla desfilar por el escenario certifica lo que puede llegar a ser. Garbo, elegancia, hechuras, donosura, templanza... Carmen Herrera atesora virtudes para dar y tomar, y aunque aún debe pulir muchos de sus detalles, su baile denota un futuro prometedor. Ayer, en su puesta de largo en la Sala Compañía fue de menos a más, todo hay que decirlo, pero convenció a todos los que presenciaron el espectáculo. No se complicó la vida en exceso, fue a lo que sabe hacer y acertó.

Parte de su éxito corresponde, no obstante, al maravilloso atrás con el que contó. Tener el respaldo guitarrístico de Santiago Lara es un punto a su favor, como también lo es contar con el arrope cantaor de voces tan exclusivas como las de José 'El Mijita', Miguel Lavi y El Londro.

Por seguiriyas, con lo que abrió su aparición, pronto testimonió que su baile es puro fuego. Además, en su deambular por las tablas aportó detalles muy propios de Mercedes Ruiz, como ese blanceo de cintura mientras palillea, y de su máximo pilar artístico, Ana María López. Y es que la manera de agarrar la bata, por ejemplo, puso muy a las claras que es una bailaora convencional pero a su vez contemporánea. No ha perdido ese regusto clásico que tanto se agradece por aquí.

De cualquier forma, aunque su compromiso en la seguiriya fue reseñable, su mejor patente de corso la realizó con la bulería por soleá. A ello contribuyó el cante de Lavi, El Londro y José Mijita, cuyos torrentes calaron hondo entre el respetable.

Carmen fue creciéndose con el paso de los minutos, fue gustándose y afianzándose hasta asestar el golpe definitivo a su actuación. Bailando en el sitio, con juegos continuos de muñecas, la jerezana fue tejiendo un repertorio de lo más visceral por unos momentos y de lo más sugerente por otros.

La cadencia en las caderas y en los hombros y sobre todo ese bracear tradicional, manteniendo el sitio y echando el cuerpo hacia atrás, hizo reventar la sala. "Olé el arte", se oyó entre el público.

El último coletazo fue a modo de bis. A cappella, Mijita, el Londro y Miguel Lavi (éste con pataíta incluida) echaron el resto por bulerías, letras que remató Carmen Herrera con otro arranque gracil.

Antes, fue María Canea quien rompió el hielo. Si su compañera de escenario, fue de menos a más, la onubense hizo todo lo contrario, de más a menos. Los tarantos con los que inició su repertorio fueron muy expresivos. La joven bailaora es puro nervio y así se reivindicó en el remate por tangos que cerraron este palo.

Sólo la escasa iluminación y el hecho de dejar las cortinas a medio echar deslucieron un tanto este primer pasaje. De golpe y porrazo, el intento pasó de ser un efecto a un inconveniente para el público, que por momentos perdían visibilidad. Tal fue el grado de oscuridad que alguno de sus músicos tuvo que pedir a viva voz que encendieran algunas bombillas.

Tras una incursión por los cantes abandolaos, que terminó con el de Frasquito Yerbabuena, María volvió a escena. Vestida de negro y blanco y con pañuelo rojo al cuello, fue perdiendo frescura. Esta vez su baile fue más frío, no por su manera de ejecutarlo ni por falta de amor propio, sino por su escasa transmisión. Apuntó detalles en algunos pasos y evidenció buen dominio de la técnica, pero sólo eso no basta. Ni siquiera el público del Festival, casi siempre tan generoso, conectó con ella. Una lástima.

Baile: Carmen Herrera. Guitarra: Santiago Lara. Cante: José Carpio 'El Mijita'. Miguel Peña 'El Londro' y Miguel Lavi. Lugar: Sala Compañía. Aforo: Lleno.

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