Desde el teatro

El Evangelio de un creador

  • El inclasificable Andrés Marín estrenó anoche en el Teatro Villamarta ‘La pasión según se mire’, un atlas de emociones y pulsiones desaforadas que quizás constituya su pieza maestra

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Más que una obra autobiográfica abierta, se trataría más bien de una batalla entre apocalípticos e integrados. Un pulso que el anverso y el reverso de Andrés Marín, los dos rostros del mismo creador, resuelven de manera pacífica. Bajo un pacto de no agresión. Al final, el bailaor, tras volar libre como una paloma cuando y como quiere, se lleva el yunque bajo sus brazos, como símbolo de su amor eterno por el flamenco. Cada ribera del ingente caudal de este artista inclasificable se expresa de una manera. En una margen está la evolución, aunque implique merodear el riesgo de la autodestrucción; en la otra, la tradición y la pureza natural de lo genuino. De lo que necesita pocos envoltorios ni remiendos para sobrecoger. En medio de todo, en el cauce, el sevillano emerge para unificar ambos extremos bajo su Evangelio bailaor. Su verdad absoluta, irrefutable. Con una personalidad fuera de los límites de lo común. Lo mismo hace que la danza anárquica, tribal y auténtica de Concha Vargas aparezca como lo más vanguardista del planeta, que propicia que un baile descalzo con cuatro martillos suene a una vieja fragua encendida en Jerez o Triana mientras José de la Tomasa enfila la toná grande, la hondura a palo seco.

Antes que bailaor, Andrés Marín es creador. Y crea para zarandear, para conmover, para agitar al espectador acomodaticio. Por eso, su pasión es la de Pasolini narrando El Evangelio según San Mateo, obra fiel y respetuosa pero dirigida por un autor ateo. Comoquiera que Marín es uno de los artistas capitales de la factoría sevillana del baile, lo más estimulante liberado después de gente como él hubiera sido estrictamente imposible sin sus rupturas, sin sus nuevos itinerarios.

¿Si todos transitan por el mismo camino, cómo sabremos que hay senderos y atajos diferentes? Es la cuestión esencial que subyace en el discurso artístico de Andrés, en cuya obra, que estrenó anoche ante un Villamarta levantado para ovacionarle, es capaz de bailar en renglones derechos, y atacar, en paralelo, a las convenciones, luchar contra los represivos totalitarismos que imponen los cánones del flamenco.

Como demuestra una vez más, en una obra que quizás le sirva de tesis, de pieza cumbre en su ya madurada trayectoria, Marín es un faro en la espesa negrura de un amplísimo espectro de representaciones planas, sin carga intelectual ni emocional. Sin pellizco. Producciones perfectas, puede, en la vertiente técnica, aunque insustanciales e incompletas en el metalenguaje. Vacías de alma y espíritu. En el discurso de este bailaor voraz hay, por el contrario, desafíos permanentes para sí mismo y retos constantes para el espectador, retos que no necesariamente tienen que romper la barrera de la transgresión.

Si los tangos de La Niña en la eficiente voz de Pepe de Pura se bailan en un escenario iluminado -excelente trabajo de Ada Bonadei- como una suerte de coso taurino tras el ritmo de pasodoble de la tuba de José Miguel Sanz, luego Marín entra en el controvertido territorio de la Pasión cofrade como nazareno, costalero y capataz, al son de Amargura de Font de Anta. Con apenas elementos, el candelero del palio sobre el puesto de chucherías se mece al ritmo que marca el cuerpo ondulante, diagonal y abstracto del artista hispalense. ¿Provocación o genialidad? Andrés abre la puerta para que cada cual saque sus propias conclusiones. Gracias.

Su baile por cantiñas, tras sonar la bocina del vaporcito por arte de la tuba, fue demoledor. Clásico y sencillamente magistral. Una contestación, según se mire, para aquellos que alberguen aún dudas sobre su técnica y su manera de sentir y abandonarse al flamenco. Con un José Valencia pletórico, como es habitual en él, cantándole al Pinini, Marín serpenteó junto a Concha Vargas, que explotó de júbilo y lanzó sus tacones al aire para bailar descalza con Andrés un paso a dos por bulerías inolvidable. Un cuerpo a cuerpo en el que el sevillano es lo apolíneo y la lebrijana es lo dionisíaco. Dos formas de entender una misma pasión flamenca.

Marín es un minero que pica en las paredes del conformismos hasta hallar piedras preciosas que, aunque no todos llegan a aprehender su enigmática belleza, tienen un enorme valor inherente. Su Arcadia se aleja del tópico y el estereotipo para centrarse en la exploración. En las preguntas más que en las respuestas. Cuando uno transita ese camino, los hallazgos son tan increíbles como los que él plasma sobre el escenario. Ayer volvimos a disfrutar con la que probablemente sea su obra cumbre. Sus formas de baile abstracto, conceptual, expresionista, de torso estilizado, como sacado de un cuadro de Munch o del Nosferatu de Murnau, son magnéticas, hipnóticas e inquietantes. Como cuando se pasea tras el tool como una fantasmagoría. En La pasión... hay, en todo caso, una simbiosis muy suya a partir de lo objetivo, el cante mineral De la Tomasa y la voz espiritual y mestiza de una Lole grandiosa, por ejemplo; y de lo subjetivo, su regusto por bucear en otra gama de musicalidades aplicada a los ritos del hecho teatral-flamenco. La marimba sonó como voz de alarma en la conciencia de Marín, y el clarinete dio pasó al número más poético y onírico de la propuesta, donde el bailaor-creador sueña con ser libre como una paloma. Tan capaz de dejar a De la Tomasa volar solo en la soleá, como de que Lole cante en árabe ante un artista en posición fetal, como dispuesto a nacer de nuevo dentro de una nueva criatura escénica.

Como el Cristo de Pasolini hablaba con gran pasión y certidumbre del gran mal mundial, un mensaje de sacrificio ante la mediocre pereza de ideas y pensamiento, Andrés Marín aplica ese relato a su baile, a sus formas de concebir y parir lo que representa un verdadero es-pec-tá-cu-lo. Sensorial, evocador y alentador ante el mundanal ruido.

Baile: Andrés Marín. Artistas invitados: Lole Montoya, José el de la Tomasa, Concha Vargas. Cante: José Valencia, Pepe de Pura. Guitarra: Salvador Gutiérrez, David Marín. Laúd árabe: Yorgos Karalis. Clarinete: Javier Delgado. Marimba y percusión: Daniel Medina. Percusión flamenca: Antonio Coronel. Tuba: José Miguel Sanz. Coreografía: Andrés Marín. Iluminación: Ada Bonadei. Sonido: Rafael Pipió. Sonido monitores: Manu Meñaca. Regiduría: Balbi Parra. Dibujos: Sergio Pavón. Sastrería: Teresa Baena. Dirección técnica: Ada Bonadei. Dirección musical: Andrés Marín, Salvador Gutiérrez. Dirección artística: Andrés Marín, Pilar Albarracín. Producción ejecutiva: Emilia Gallo, Daniela Lazary. Día: 3 de marzo. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno.

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