XXV Festival de Jerez La identidad del género

Una imagen del espectáculo 'El salto'.

Una imagen del espectáculo 'El salto'. / Manuel Aranda

Desde que lo vimos por primera vez en Sala Compañía con ‘Cuna Negra & Blanca’ (en 2013), Jesús Carmona no ha hecho sino demostrar en cada paso por el Teatro Villamarta, que estamos ante un bailaor-bailarín de lo más completo. Su virtuosismo, dominio corporal y su técnica se perciben a primera vista, igual que su buena mano en el aspecto coreográfico, algo que ya ha demostrado en espectáculos como ‘Impetu’s’ o ‘Amator’, no en vano ha bebido de fuentes tan fundamentales como el Ballet Nacional.

Ahora, en esta nueva propuesta, titulada ‘El salto’, Carmona mantiene su buena sintonía con el flamenco, pero también, como ya hiciera con el clásico español en su última propuesta, se adentra en otras disciplinas, en esta ocasión con la danza contemporánea. Pero eso no importanta demasiado. Lo mires por donde lo mires, el barcelonés es un artista poliédrico y es igual que contestatario cuando baila unas alegrías (por cierto, de lo mejor de la noche aunque haya que esperar hasta el final) que cuando coreografía colectivamente una de las diferentes escenas que conforman este espectáculo.Tiene hechuras, y sólo verle moverse por el escenario denota seguridad y plena confianza en todo lo que hace, dos cualidades que transmite al resto del elenco dancístico hasta convertir algunos pasajes en pura energía.

En ‘El salto’, Carmona se plantea su masculinidad, y lo hace apoyándose en un elenco plenamente masculino y en el que destaca el cuerpo de baile, con seis bailarines. Con ellos, con el cante de José Valencia y la siempre melodiosa guitarra de Juan Requena, la obra transcurre por distintos estados de ánimo, desde la euforia al dolor, del pensamiento a lo irracional, de la tristeza al humor, que también lo hay en una original parodia de la masculinidad en el fútbol aplicada a la danza.

Todo fluye bajo una interesante escenografía pero sobre todo mediante transiciones rápidas y conseguidas que nos permiten cambiar de escenario sin darnos cuenta, a veces a través de los propios protagonistas y otras gracias a un acertado concepto musical.

En este apartado debemos detenernos en una figura primordial. Si en anteriores propuestas, Carmona había confiado el repertorio cantaor a Juan José Amador, en esta ocasión lo hace en José Valencia, que se convierte en pieza angular de este montaje. El lebrijano se muestra intratable en todo lo que interpreta pero no sólo eso, sino que, por momentos, se inserta en el cuerpo de baile y en otros exhibe sus dotes teatrales. Es, de alguna forma, el otro yo de Carmona dentro de la obra, y esto, si lo analizamos desde su experiencia, sirve para sumar enteros.

El único pero de este ‘El Salto’ radica en la superficialidad de algunas escenas, que aportan bien poco y no hacen sino caer en el letargo al público, que sólo despierta con las citadas alegrías que bordan Valencia y Carmona.

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