XXV Festival de Jerez De lo terrenal a lo divino

Eduardo Guerrero, bailando por tanquillos.

Eduardo Guerrero, bailando por tanquillos. / Manuel Aranda

El mundo que nos representa Eduardo Guerrero en ‘Debajo de los pies’ está abierto a todo. En él encontramos múltiples capas, situaciones y estados de ánimo, pero lo principal y más importante es que no aburre (o muy poco) y mantiene un climax de tensión de principio a fin. Quizás por eso, la hora y media de desarrollo se pasa con celeridad, síntoma de que todo fluye como debe. Ahora bien, no estaría mal una revisión de la estructura pues el último tramo se hace un tanto cansino y todo ese ritmo vivaz que se mantiene durante el espectáculo, llegando a puntos de éxtasis para el público, se rompe bruscamente. Sólo la última soleá del bailaor gaditano evita la tragedia, porque si hay alguien hoy día capaz de levantar un montaje de este calibre en una situación incómoda, ese es Eduardo Guerrero.

Utilizando su característico lenguaje, un concepto personal e identificable en la escena, el bailaor propone nuevas posibilidades, como el trabajo coreográfico colectivo donde le acompañan Sara Jiménez y Alberto Sellés. Movimientos simétricos y coordinados se intercalan en una primera parte del espectáculo y que van dejando paso a las individualidades conforme avanza el mismo. Lo vemos en el paso a dos entre Eduardo y Sara Jiménez (con mucha sensibilidad) que ilustra la elegantísima milonga de Ismael de la Rosa, perfecto durante toda la noche, y las apariciones en solitario de Alberto Sellés, con un zapateado, y Sara Jiménez, en la petenera.

No obstante, cuando Eduardo asume el mando, es difícil pararle, pues su baile parece no tener límites, sorprendiéndonos una y otra vez a base de su braceo y manejo infinito del cuerpo. El mejor ejemplo fueron los tanguillos en los que, con un guiño al carnaval de Cádiz (utiliza el clásico pito) levantó al público (con enorme presencia de artistas y mucho paisano) de sus asientos.

Pero en este ‘Debajo de los pies’ hay también varios elementos a tener en cuenta, y por consiguiente fundamentales. De una parte, el papel escenográfico y el audiovisual, que conectan a las mil maravillas con el mensaje que se quiere transmitir, que no es otro que el acercamiento a la obra de El Bosco, ‘El jardín de las delicias’. A través de ella, Eduardo Guerrero recurre a la creación, al orden, al desorden, al dolor, a la alegría, al deseo y hasta a la locura con la que finaliza el mismo.

De otra, el aspecto iluminativo, que va creando espacios, consiguiendo darle un colorido determinado a cada estado de ánimo. Y por último, la aportación de Manuel Reina y su batería, y de José Alcedo, cuyo trabajo musical es extraordinario. Ambos marcan las pautas de este universo por el que nos hace discurrir el bailaor, un universo en el que también hay espacio para los silencios, muy presentes por momentos. Hasta Alberto Sellés se atreve a formar parte del aporte musical con pinceladas de cante, que en mi opinión sobran, pues ya se sabe, ‘zapatero a tus zapatos’.

El público despidió por todo lo alto a Eduardo Guerrero, que como ya hiciera con ‘Guerrero’ hace unos años plantó en la cima de Villamarta la bandera del arte.

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