Hablando en Plata

Los palos del baile flamencoEl martinete

El martinete fue una creación personal del maestro Antonio Ruiz Soler y lo bailó, por vez primera, en la película de Edgar Neville, Duende y misterio del flamenco, a parte de cuyo rodaje pudimos nosotros tener la suerte de poder asistir, allá a mediados del pasado siglo. El escenario fue realmente espectacular, grandioso, pues Antonio hizo su primer martinete bailado, delante de los altísimos y majestuosos puentes del tajo de Ronda, acompañado por la voz bailaora del querido y recordado gran cantaor gaditano Chano Lobato. Sólo por ese baile tan dramático, ejecutado en ese sitio tan insólito, ya Antonio merecía haber pasado a la historia del flamenco. Donde se encuentra, desde luego, desde hace muchísimos años, por méritos propios, acumulados unos tras otros, en su largo historial artístico, a través de toda su vida de bailaor y bailarín -cosas distintas que muchos confunden-, en que con más categoría que nadie paseó nuestros bailes por todos los mejores y más importantes coliseos del mundo.

El martinete, que es un cante de fragua, más que de brazos es un baile de pies y Antonio supo darle toda la gallardía necesaria, casi como si de un zapateado se tratara, solo que adornado con los metales y la dramaturgia propios del cante que le sirve de base y de sustento. Nada más. Porque el martinete no necesita de floreos, ni de más adornos que su propia tragedia, ya que se trata de una monótona toná de viejos herreros gitanos, y el zapateado es, por su semejanza con el sonido de los martillos, golpeando acompasados en la bigornia, o yunque, lo más apropiado para este baile que hoy muy pocos practican, salvo algún que otro heredero de las esencias artísticas del maestro.

Pero ya digo que el martinete es un baile prácticamente en desuso, aunque hoy el baile, en términos generales, sea más de pies que de otra cosa, del que usan y abusan la mayoría de los bailaores y las bailaoras, zapateando a diestro y siniestro, venga o no a cuento de la historia que, como artistas, anden contando.

Mientras hay tanto zapateado, se ignora la grandiosa, austera y sobria elegancia del martinete, que se puede bailar en solitario, como lo hacía Antonio, sin más reclamo que la voz del cantaor, los martillos golpeando, por todo acompañamiento, y los tacones del bailaor como latidos del corazón de una fragua viva, ardiendo con sonidos mágicos y telúricos. Voz, martillos y tacón, hechos sentimientos jondos.

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