Ciudad

El Altillo, un sendero incierto

  • A la espera de que llegue el futuro con alguno de los proyectos ideados para este espacio como un museo o un centro para discapacitados, los guardas que custodian la casa hablan del pasado

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La valla de la finca 'El Altillo' indicaba el comienzo del fin de la ciudad. Eso fue hace mucho tiempo, cuando no había aceras hacia centros comerciales, sólo una cuneta de malas hierbas. Pasear por sus bordes era salirse de los límites. A pesar de que hoy, el asfalto y los ladrillos rodean babeantes este espacio, entrar en este 'recreo' es dejar atrás otra vez el casco urbano.

Mientras, en el Ayuntamiento -propietario ahora del inmueble-, en la Fundación González Byass, y en las oficinas de la Fundación Universo Accesible, entre otras entidades, se amontonan los proyectos de futuro para este lugar, que Manuel María González Gordon, fundador de la firma vinatera mencionada, adquirió hace más de dos siglos para disfrutar de su vejez. Paraíso que luego ocuparon Margara González Gordon y su marido, Cristóbal de la Quintana, junto a sus siete niñas, Margara, Blanca, Casilda, Josefa, María, Livia y Mercedes. Allí se sentían tan a gusto que hicieron de su casa, su fortaleza. "El objetivo es preservar el espíritu del Altillo, por ello estamos pensando en hacer una casa-museo que contemple la historia del Jerez de aquella época. Estamos en conversaciones con el Consistorio, pero no hay nada cerrado. Lo que no queremos es que se pierda este espacio que guarda tanto en su interior", cuenta el presidente de la Fundación González Byass, Miguel Rebuelta.

Por su parte, desde el Ayuntamiento, el portavoz municipal y primer teniente de alcalde, Antonio Saldaña (única fuente municipal que ha querido hablar), comenta que el Consistorio , "está en proceso de retomar la propiedad como tal. Hay algunas propuestas en el aire, como adaptar las instalaciones para equipamiento público".

Suma y sigue. Desde la Fundación Universo Accesible, con socios de primer nivel como el psiquiatra Salvador Carulla o Rotary Club, entre otros, plantean para este espacio un centro "muy novedoso" para personas con discapacidad. Un proyecto que está también en conversaciones con el Ayuntamiento.

Entre tanto, Manuel Reyes, guarda de la finca desde hace 38 años, abre la puerta al pasado. La verja que lleva a otra época. El reloj hace décadas que se paró allí, aunque las horas pasan rápidas para Manuel y su mujer, Paqui Castellano. Ella está con las manos en la masa de un puchero, al que huele la casa, cuyas paredes están todavía impregnadas del aroma a leña que calienta los inviernos. La cocina conserva aún un fogón de hierro de finales del XIX. Cerca está el comedor de servicio. Junto a la mesa, un torno hacía de pasaje de platos al otro lado. Hay una puerta que ningún hombre debía cruzar, salvo excepciones. Al otro lado vivían las siete niñas. La última de ellas, Blanca, falleció el pasado agosto a los 98 años.

En plena adolescencia, Manuel comenzó sus trabajitos para las 'señoritas', porque una de ellas, María, preparó con catequesis a la madre de aquél para hacer la Primera Comunión. Había referencias. "Cuando yo entré vivían todas. Mis primeras tareas fueron de jardinero. Cuando me saqué el carnet de conducir ya me pedían que las llevara a misa a diario, de compras... Ya hacía de todo. El contacto con ellas era directo. Era la persona de confianza. Ellas para mí eran casi como mis madres". Tanto es así que Casilda, la mayor de todas, le dijo a Manolo (así le llamaban), "tú nos tienes que llevar al cementerio una a una". Desgraciadamente las acompañó, una a una.

Buenos y malos momentos. "El peor de todos fue la expropiación por parte de Pedro Pacheco (que recogía el PGOU de 1995). Lo sentí tanto como ellas. No sé cómo se puede engañar a las personas de esta manera. Me ha marcado de por vida". ¿Y los buenos? "Aquí se vivía muy humildemente, es decir, a penas se festejaba nada, ni Navidades, ni nada. Desde que fallecieron sus padres... Aunque el nivel económico fuera bueno, eran sencillas".

Y allí, en ese paraje viven de forma permanente estos guardas del pasado. Se adentran en un pasillo de 26 metros al que asoman numerosas puertas que dan a los dormitorios, baños, cuartos de juegos, salones y la capilla. Allí se oficia misa todos los domingos, a las 10, de entrada libre. Manuel hace también de sacristán. Y mientras, pasa la vida para ellos, a la espera de que llegue algún proyecto para la casa. "Hombre, a nosotros nos gustaría que se mantuviera la finca. Sería una pena que se perdiera. El mayor miedo de ellas era perder la casa, pero como las engañaron".

¿Cuál es su futuro? "¿Nuestro futuro? Bufff. Incierto. A mí me gustaría quedarme, no quiero jubilarme. Si de lo que vayan a poner aquí me puedo quedar trabajando..., me respetan..., pues..., me encantaría. Me quedaría de lo que sea. Soy muy activo", suspira Manuel.

La casa y el jardín están necesitados de una importante reforma, ya que se mantienen hasta donde Manuel y Paqui pueden llegar. El exterior es otro misterio. Una amplio jardín, algo deteriorado, acoge estampas de antaño. Una pista de tenis que aún conserva la red y los hierros que la sujetan, un lago seco de matorrales con una cascada en el centro que alguna vez llevó agua, la cueva en la que anidaban las aves acuáticas de la ría, los destartalados establos, oxidados toneles rojos de aceite (cuando antes era todo a granel), huertos estériles... El sol aprieta y deja volar la imaginación de una niñas tímidas, jugando en el jardín, en una especie de mundo aparte del mundo. El padre se lo advirtió una vez a sus hijas. "El Altillo será vuestra perdición, estáis tan a gusto que no deseáis ir a ningún lado. Y eso no puede ser".

Una sensación recorre toda la casa. Parece que todas ellas siguen allí, vigilantes, junto a sus padres, observando cómo el paraíso está en manos de nadie y de todos, menos en las de ellas. Un Altillo que generó en su día mucho ruido administrativo, envidias, engaños, intereses urbanísticos, especulaciones por parte de ciertos desalmados... Ahora sólo hay silencio burocrático y proyectos de recuperación en el aire. Una extraña quietud maneja ahora los hilos en 'El Altillo'. Es una dulce maldición, todo el que entra no quiere dejar aquel paraíso, que también fue una vez el infierno.

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