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Axiología en tiempos de incertidumbre

Axiología en tiempos de incertidumbre Axiología en tiempos de incertidumbre

Axiología en tiempos de incertidumbre

La axiología es la rama de la filosofía que se encarga de elaborar una reflexión racional sobre los valores. Nuestras acciones vienen condicionadas por todo aquello que consideramos digno y bueno. Los valores forman un conjunto ordenado, dinámico y abierto. Los hay más importantes que otros. Y la lista muta a lo largo del tiempo, tanto en contenido como en orden. Cuando todo va sobre ruedas, no solemos detenernos para revisar esa jerarquía. Pero con los problemas y la incertidumbre, surge de forma apremiante la necesidad de esa reflexión axiológica. No es raro encontrarnos estos días con la expresión “ahora valoro todo de otra forma”.

Si se pregunta a cualquier persona qué es lo importante en su vida, nos ofrecerá una retahíla heterogénea: el amor, la salud, la amistad, sexo, el dinero, la verdad, la familia, la comida, la belleza, la libertad… Aparecen varios ámbitos: material, biológico, económico, cultural y moral… En estas enumeraciones y clasificaciones suelen cruzarse diferentes categorías. No sabemos si hablamos de necesidades, apreciaciones, intereses, deseos, objetos concretos, entes abstractos, o de todo a la vez. Nos preguntamos si los valores son objetivos o subjetivos, individuales o colectivos, inmutables o cambiantes, solo humanos o también pertenecientes a los demás seres vivos y las máquinas, si los captamos con la razón o con la sensibilidad, y qué tipo de racionalidad interviene a la hora de elegir y ordenar.

Para algunos filósofos, los valores son captados, no inventados. Scheler decía que son objetivos y que los conocemos a través de una aprehensión emocional-intuitiva directa. Hartmann fue más allá y completó este objetivismo con su idea de un reino de los valores, una dimensión ontológica independiente. Elegimos un valor porque ya es superior en sí mismo. No se convierte en superior porque lo hayamos elegido… Los valores, por lo tanto, existen por sí mismos y forman una estructura ordenada. En las cosas bellas, por ejemplo, se encarna el valor de la belleza. Pero lo belleza no depende de las cosas bellas ni de la persona que emite el juicio. Los valores no cambian con el tiempo, pertenecen a otra dimensión, ideal. Lo único que varía es nuestra forma de conocerlos y acceder a ellos. El conjunto en sí no se transforma.

El subjetivismo y el relativismo dicen lo contrario. Los valores solo son actos de un sujeto. Algo es bueno porque me agrada o satisface una necesidad. Solo existen las valoraciones concretas de las personas. Y no existe una esfera independiente de los valores. Por eso cambian con el tiempo y las circunstancias. Como mucho, poseen una objetividad social, generada por los actos de valorar en un momento histórico concreto. Según esta perspectiva, aunque poseen una base material, los valores son construcciones sociales, y solo adquieren sentido dentro de un contexto histórico. No son eternos, así que pueden variar o desaparecer. Incluso es posible crear otros nuevos. Desde un enfoque biológico y evolutivo, son fruto de los mecanismos de selección natural en la lucha por la supervivencia.

Las circunstancias, seamos objetivistas o subjetivistas, universalistas o relativistas, nos obligan a revisar el orden de los valores. Ya sea porque han cambiado o porque nuestro acceso a ellos se ha modificado, no nos queda más remedio que reestructurarlos, consciente o inconscientemente. Normas y valores son dos caras de una misma moneda: la conciencia moral. Detrás de toda norma hay un valor.

Acordamos normas para proteger valores. O al revés, los valores generan normas. Lo que debemos hacer en cada momento viene delimitado por lo que consideramos bueno. Y los dilemas aparecen cuando una elección basada en un valor nos lleva a negar algo que consideramos igual de importante.

Libertad frente a seguridad, intervención estatal frente al laissez faire, altruismo frente a egoísmo, transparencia frente a confidencialidad… Las situaciones difíciles desembocan en un reordenamiento axiológico. Además de necesitar un enfoque interdisciplinar, para semejante tarea los ciudadanos debemos hacer frente a la opinión pública que circula por los medios, ya que condiciona nuestra percepción del riesgo y nuestra forma de reconocer y elegir lo importante. Son momentos idóneos para analizar el sistema tecnocientífico, junto con el político, y crear nuevos valores, si es que hemos aprendido algo. Sería muy conveniente aclarar qué política científica y tecnológica deseamos para las próximas décadas y en qué sectores es necesario invertir más esfuerzos. Para ello hay que saber qué bienes son prioritarios a largo plazo y qué modelo de sociedad anhelamos.

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