Jerez

Bodegas Fundador renace (también) desde su museo

  • La compañía dispone de una muestra guiada para recordar el patrimonio de sus tres grandes marcas, pues reúne asimismo la historia de Harveys y Terry

El museo de Fundador esconde reminiscencias de los años más bellos de la historia del jerez. En el enorme complejo que se despliega ente la puerta de Rota y el antiguo convento del Espíritu Santo nació, como muchos saben, el brandy, el licor auspiciado entre sherrys. Concretamente, en las bodegas de la Luz, una de las varias estancias en las que se divide aquella parcela donde Domecq levantó años atrás su imperio, se encuentra el museo inaugurado a finales de 2013. No es una simple visita turística, es un sumergimiento en el recorrido de cuanto supone el caldo para esta tierra al Sur del Sur de la Península, que revela desde los conocimientos más básicos hasta anécdotas sobre el verdadero alma del sector bodegueros.

La muestra, que se puede contemplar durante todo el año, se desplaza desde un homenaje a El Majuelo, en el pago de Macharnudo, hasta las implicaciones que tuvo en el desarrollo de Jerez la revolución industrial. Las marcas Fundador, Terry y Harveys ponen en común en este espacio sus trayectorias. La más importante, por supuesto, la primera.

No se podría determinar en qué parte exacta del museo se colocaron durante un puñado de años las botas donde nació el brandy, pero fue allí. Unos holandeses hicieron allá en el XIX un gran pedido de alcohol puro, que destinarían a fortificar sus licores, una práctica habitual de aquella y de esta época. Por alguna razón, ese alcohol producido por Domecq nunca salió de las bodegas. Para almacenar tanto líquido, se decidió almacenarlo en botas de vino. Tras casi un lustro olvidadas, a un capataz se le ocurrió usar este alcohol puro para fortificar otras bebidas. En La Luz surgió la magia. Aquel líquido se convirtió en apto para el consumo humano por el paso de los años porque había perdido fuerza. Además, tomó las propiedades de la madera y de los restos del jerez que las botas habían contenido previamente. Aquel licor de color ámbar estaba bueno y abriría un nuevo mercado. Pedro Domecq Loustau, propietario del naciente imperio por entonces, diseñó el sistema de envejecimiento de soleras y crianzas, al estilo del empleado para el vino. En 1874 vio la luz el Fundador, el primer brandy.

Sobre este hito se basa hoy la enseña de la bodega, casi siglo y medio después. Un busto a Don Pedro saluda a la entrada por la calle Espíritu Santo. Otro ilustre, José Ignacio Domecq, tiene un homenaje mucho más contemporáneo. El reputadísimo enólogo fallecido hace 20 años llevó su conocimiento por revistas especializadas de todo el mundo. Pero en el museo Fundador se encuentra su mítica Guzzi roja, en la que estuvo décadas yendo a trabajar acompañado de su perrito Paco, en una cesta adosada en la parte trasera de la moto.

Un espacio propio alberga los reconocimientos conseguidos por Fundador en los prestigiosos International Wine Challenge, un reconocimiento anual que premia a personalidades y ejemplares de botellas. De hecho, en el último certamen, celebrado hace escasas semanas, el 'Very Old Amontillado' fue elegido mejor vino del mundo. Varios galardones están colgados en una pared. Junto a ellos, otro de los orgullos de la casa. La alta calidad de su industria, su raigambre e importancia en el mercado anglosajón, provocó que desde hace mucho tiempo sea proveedor oficial de la Casa Real Británica. En el museo se encuentran varias botellas conmemorativas producidas en exclusiva para eventos de la familia Windsor, como cumpleaños, nacimientos o enlaces. El más particular, la botella de la boda entre Lady Di y el príncipe Carlos. Tres décadas después, la llamada 'Boda del Siglo', el primer gran enlace real seguido en todo el planeta, la botella sigue guardando un lugar privilegiado tanto en el museo como en la historia de Fundador y de Domecq.

Pero lo que de verdad convierte a Fundador en un lugar especial es ese toque a revolución industrial, ese homenaje a lo mercantil. Desde registros de ventas hasta botellas del siglo XVII. Desde copas de todo tipo para jereces hasta embotelladoras. Al entrar en la sala contigua, en una especie de hall para la bodega de La Luz donde se ubicaban estancias para el trabajo de oficina, se encuentra presidiendo una alquitara que alcanza el techo pero que es más ancha que alta. Este aparato servía para el tratamiento del alcohol. Similar a un alambique, su procedimiento es más rudimentario y previo. Presta con su color cobrizo una tremenda majestuosidad. Pero es el Preside la estancia y se sitúa al fondo. Es el que verdaderamente da cuenta de qué significa el proceso de evolución de la industria local. Por supuesto, el que se expone es un original, capaz de almacenar alcohol para servir cargamentos al completo.

Su majestad el alambique obliga a desviar la atención de la parte final de la exposición, la dedicada a Harveys y a Terry. La primera enseña también un gran patrimonio de cómo se trabajaba el vino en los años de esplendor comercial clásico, que recuerda a aquella familia que empezó exportando a Gran Bretaña, hacia el puerto de Bristol, y acabó creando una marca señera de la ciudad. El segundo, el de la botella de la red amarilla, tiene también su homenaje al caballo, el que se encuentra en su escudo. Desde carruajes hasta un expositor de las vestimentas propias de la montura, de los jinetes británicos que corrieron de gala por las praderas de la Campiña.

La escalinata de Alfonso XIII

A primera vista parece una escalera normal que conecta dos estancias a diferentes niveles dentro del complejo de bodegas y jardines. Pero al final de la exposición se encuentra un silencioso recuerdo de la visita que Alfonso XIII realizó a Domecq. Como medida de seguridad, se decidió cerrar una calle pública para que no hubiera de cruzarse su majestad con ciudadanos de a pie. Así se construyó esta escalera y hoy pertenece a las instalaciones, donde se conmemora no sólo con esta construcción sino también con la copa donde bebió el monarca. El vaso se encuentra en las bodegas El Molino, donde se encuentra una amplia cantidad de botas firmadas por todo tipo de personalidades, desde el actual rey Felipe VI hasta Ana Obregón. Las tres marcas están llenas de historias de este tipo. El gran patrimonio histórico de las antiguas bodegas Pedro Domecq y actualmente Fundador renace en esa amalgama de vivencias. Zambullirse en ellas es zambullirse en el devenir de los tiempos. Desde que desembarcaron los grandes comerciantes del vino que darían apellidos a las botellas hasta la variación de la industria y la química durante los últimos siglos. Un patrimonio que desde el año 2013, cuando se puso en marcha este museo, tienen oportunidad de visitar.

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