Jerez íntimo

Chistes, nanas y un espejo gótico

Regreso, siempre complacido, de Sevilla. Ora et labora -y con el mazo dando-. El tren es un impasse en la cinta de Moebius. Desenfundo la tablet para, en la optimización del viaje de vuelta, redactar mi próxima columna en papel prensa. ¿Al ralentí o al buen tuntún? El vagón es una gangarilla de los Siglos de Oro. Abundante índice de viajeros en sordina -mutis por el foro- y un grupo de estudiantes universitarios que parlan a viva voz -por no decir a voz en grito-. Sin embargo no engríen la calma chicha del instante. Parecen una garnacha -otrora un grupo de cómicos- que proyectan la voz con fines discursivos. Cómicos de la legua. He dicho legua y no lengua. Humoristas a palo seco. Mas siempre revestidos de ingenio. Iniciaron la conversación (grupal) enhebrando chistes inéditos. A razón de dos por turno.

A más surrealismo, mejor gag costumbrista. Me abstraigo de la jarana. Y pienso -¿luego existo?- sobre la congruente necesidad de la ocurrencia. De la chispa. Del hallazgo verbal. De la iluminación aliñada con agudeza. Sobre todo en esta sociedad de 'progredumbre' creativa y de podredumbre imaginativa. Ya señaló Henry Miller -y es aseveración a la que rindo novena- que la imaginación es la voz del atrevimiento. Pero el atrevimiento, a día de hoy, se confunde con osadía del yo y con arrojo de la megalomanía. Incluso con predecibles y previsibles discursos enlatados -¿opiniones?- que jamás se cocieron en la factoría de la sesera propia. ¿Nos estamos reconvirtiendo en primates que repiten por norma la cantinela de otros terceros?

El tren es un vaivén de ritmo acompasado. Estos chistosos muchachos son agudos. Y han sacado punta de una situación verídica -cualquiera que fuese-, por expresarlo en el argot de Paco Gandía. Parecen la reedición -corregida y aumentada- del diccionario de Coll -léase José Luis- pero a las sevillanas maneras (como así diría mi amigo y hermano Juanma Ballesteros). Ríen en corto. La originalidad es un valor a la baja. Incluso hasta el sello propio -en lo pictórico, en lo literario, en lo gráfico e incluso en lo empresarial- es vituperado por los ajenos y ajados baturros de marras. Ya saben: los donceles tontuelos que magistralmente describiera Camilo José Cela.

Observo a un bebé dormido al arrullo de su madre. Sumergido en el cercanías de lo onírico. Su Morfeo no abandona los raíles de una serena respiración que parece el dorremifasol de la inocencia. El respirar del niño dormido tiene cadencia de mecedora recién solitaria. El brazo de un bebé dormido es la gomaespuma viva que todos deseamos besar. Las pestañas del bebé dormido es el guiño doble de toda entrega filial. Un niño dormido sueña plegarias ininteligibles. Cuando observo las facciones del bebé mi escritura se queda en pañales.

A la derecha de esta recreación maternal una adolescente en flor no disimula su estética gótica. El tono negro impera. Como enlutada por la palidez de su lozanía. Se remira en un espejo de mano. El espejo y el estado de ánimo están incapacitados parta mentirse. La chiquilla gótica que se da besos en el espejo pretende reproducir el papel de la malvada de Blancanieves en pleno siglo XXI. Pero esta ninfa no es un embate de la luz sino una proclamación de la belleza. Su timidez la delata: el espejo es una ventana que ahuyenta dioses preteridos. Que exorciza demonios interiores. Al fin se ha reencontrado. Es ella aposta. Ahora se siente libre, como un diccionario de infracciones.

Llego a mi ciudad. Jerez, mon amour. Guardo la tablet en un santiamén. Tenía cuatro temas propicios que al cabo quedaron en el tintero. Todo se andará. La escritura es indómita, como un serafín de los hermanos Álvarez Quintero. Como un ruido de conjuros en el cancionero de Joaquín Sabina. Como un pitón de añoranza en el capote de Manolete. Como un laúd que tensa su arco en la poética de Apollinaire. Como la metáfora del arte en la Fragua del Tío Juane…

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios