Comunismo y libertad, una paradoja imposible

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Un niño sostiene una foto de Fidel Castro, mientras miles de cubanos esperaban el paso de la caravana con sus cenizas.
Un niño sostiene una foto de Fidel Castro, mientras miles de cubanos esperaban el paso de la caravana con sus cenizas. / Efe
Alberto Núñez Seoane

05 de diciembre 2016 - 02:01

La mayor y más importante aspiración del ser humano es la felicidad, para tratar de conseguirla hay un ingrediente imprescindible: la libertad. La libertad consiste, según las diversas acepciones de la RAE, en la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos, en el estado o condición de quien no es esclavo o preso, en un derecho de valor superior que asegura la libre determinación de las personas. Cualesquiera de ella, incompatibles con la abolición total de la propiedad privada y la imposición de una comunidad de bienes absoluta: el comunismo.

Como he escrito en otras ocasiones, si el comunismo, en teoría, podría ser aplicable para establecer una solidaridad equitativa y acabar con las desigualdades dolorosas, excesivas e injustas; la realidad -la Historia que no miente- nos muestra que la implantación de este sistema político-económico no es posible sin su imposición por la fuerza, pasando por encima de la libre determinación de los ciudadanos a los que se pretende someter. El uso de la violencia, física y psicológica, se hace imprescindible para su sostenimiento, y la primera víctima que encierra tras las rejas es la libertad.

No hay dictadura buena, ni dictador tolerable. Este régimen absolutista, sea del color político que se quiera, en el que la voluntad de uno se impone, con razón o sin ella, sobre la del resto, es, 'per se', incompatible con la libertad, esencia de la felicidad. Y siendo perversa, antisocial, demoledora y tremendamente injusta cualquier tipo de dictadura, hay una curiosa diferencia según la susodicha aberración sea fascista o comunista: en el primero de los casos, si no te gusta, te puedes ir; en el segundo, ni eso, no te dejan.

Afortunadamente, el nazismo está ilegalizado, sus símbolos prohibidos, y los fanáticos que lo profesan, perseguidos, una importante victoria en la lucha de la Humanidad contra la dictadura. Sin embargo, el comunismo radical que simboliza la hoz y el martillo, el bolchevismo leninista de 'la dictadura del proletariado' y el de su sucesor, Josef Stalin, campa por sus respetos sin límite ni condición. Será porque -otra vez, afortunadamente- los primeros perdieron la última gran guerra y los segundos -desafortunadamente- formaron parte de los que la ganaron.

Una de las fatales consecuencias de todo esto es que en la actualidad siguen surgiendo candidatos a restablecer le mencionada 'dictadura del proletariado', un absolutismo nefasto -como todos- en el que los que lo gobiernan, si en su día tuvieron algo de 'proletarios', perdieron esa condición para transformarse en crueles esbirros al servicio de ellos mismos, encarnados en un régimen brutal, excluyente e inhumano.

Siempre habrá más pobres que ricos, siempre habrá más personas afligidas que contentas, más insatisfechos que felices, más resentidos que nobles… forma parte de la humana condición, el perfecto caldo de cultivo para que los que dicen erigirse en portavoces de los que sufren, intenten vender una Justicia social que ni conocen, ni respetan y en la que no creen, segando la libertad de todos, menos la suya propia, con una hoz mohosa y machacando la común esperanza con un tosco y cruel martillo.

Y las gentes acudieron en masa a rendir honores al dictador fallecido… El pueblo, a una, mostró su dolor en el último adiós al que fue su líder y protector… Los comisarios políticos de cada comunidad de vecinos, de cada fábrica, de cada comercio -estatal, por supuesto-, pasaban lista, anotaban, aquí y allá, quién estaba y quién no, quién lloraba y quién no, cuántas lágrimas, y de que grosor, resbalaban por qué mejillas, qué familias cumplían al completo y qué díscolo irrespetuoso había hurtado su postrer tributo al caudillo que se fue… Hipócritas de allende las fronteras que el dictador asoló, se unían a la descomunal pantomima, toman nota, aprenden…

¡Libertad bolchevique!, la paradoja imposible y, al parecer, una historia tristemente interminable.

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