ANÉCDOTAS DEL JEREZ. 'Los Señores del jerez'

Cuestión de narices

  • José Ignacio Domecq González, 'la Nariz de Jerez', el apasionado enólogo Llegó a catar cerca de 45.000 copas venenciadas en un sólo año

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Lo dijimos hace días: Jerez es otra cosa. Jerez es como Boston. E igual que en Boston se ha dicho que 'allí los Cabot soló hablan con los Lodge... y los Lodge sólo con Dios', en Jerez puede decirse que hablar, lo que se dice hablar, los Domecq sólo hablan con los González. Y a lo mejor, los González hablan sólo con Dios. ¿Qué mejor, entonces, que reunir los dos ilustres apellidos, tan unidos por sangre?

Todo comenzó hace muchos años. Don Manuel Domecq Núñez de Villavicencio, vizconde de Almocadén, casó con Mercedes González Gordon, que le dio una amplia familia de catorce hijos: Pedro, Mercedes, María del Carmen, Silvia, Estanislao, Luisa, Fernanda, Manuel Jesús, Magdalena, José Ignacio, Alfonso, Inmaculada, Consuelo y Beltrán, el último Domecq González, 'the last but not the least', que -repito- merecerá un día capítulo aparte. Fueron los Domecq González, cuarta rama familiar de ese enmarañado árbol genealógico que, al menos para Julian Jeffs, resultaría labor de toda una vida tratar de poner en pie. Los Domecq González no sólo hablaban el mejor inglés y eran los más deportistas, sino que además todo el mundo estaba de acuerdo en una cosa: Eran los 'guapos' y los mejor plantados.

La primera de las ramas fueron los Domecq Rivero, los más franceses; luego, los Domecq de la Riva, los 'sibaritas'; los Soto Domecq, que le llamaban los 'santos' y, por fin, los Domecq Díez, que fueron los 'listos', muy inteligentes y más bien bajitos, como Juan Pedro, el ganadero, al que llamaban 'padre Coloma' por su obra 'Pequeñeces'.

Los González tienen fama de ser extremadamente educados y refinados. Son los más 'británicos' de Jerez y hablan el mejor inglés. Uno de los genuinos representantes de esta casta es nuestro personaje, José Ignacio Domecq González (Jerez, 1914-1997). Tan alto, tan delgado, tan dinámico e inteligente, tan noble y tan señor, fue consejero de la Casa Domecq y el 'pontífice' de Jerez, quizás porque hizo de puente entre los abuelos de principios del pasado siglo y los nietos que comenzaron a ocupar cargos directivos en la compañía. Se le consideró el 'mayor conocedor de los vinos de Jerez' y todos le conocieron por el apodo de 'la nariz de Jerez', por su prominente apéndice nasal, característica de los Domecq González y su sensible pituitaria.

Comentaba Manuel Domecq Zurita que era capaz de percibir a muchos metros de distancia un perfume o la marca de un jabón con el que alguien se había lavado las manos. En una ocasión -y esto no es nuevo, ojo- suspendió una cata al advertir que uno de los camareros había comido chorizo durante el almuerzo'.

Lo contaba también el recordado Manolo Liaño, a la sazón jefe de prensa de Domecq, que una mañana, el inolvidable Julio Delgado, uno de nuestros artistas más internacionales de la venencia, sombra de José Ignacio (que le venenció unas 45.000 copas ¡en un solo año!) les puso por delante unas copas de '51-1ª'. Luego le dijo: 'Ven al despacho. Tengo que 'ver' un vino y de paso te hablo del campeonato de polo...". Al entrar en su laboratorio-despacho, José Ignacio le advirtió: "Lo del vino lo dejaré para la tarde: Mi secretaria se ha pintado las uñas y así no es posible dar con la tecla". Y añadía Domecq Zurita que el pariente "conocía todos los matices del jerez. Con que le dieran un simple dato, por teléfono, desde Inglaterra o los Estados Unidos, sabía ya José Ignacio lo que había podido ocurrir durante el viaje de una partida de vino".

Y cuando se hablaba de idiomas, José Ignacio tenía estudiada su salida. Aclaraba entonces al auditorio de amigos que, como todos deben saber, la familia Domecq venía de Francia: "Los Domecq -decía- piensan en francés, venden en inglés y cantan y rezan en español". Para ser exactos, en andaluz: Yo, cuando rezo, al oírme, me sorprendo que lo hago en un andaluz cerradísimo, como si me hubieran enseñado a rezar en el pueblo más escondido de la Sierra de Cádiz".

El José Ignacio de pantalones cortos comenzó desde muy chico a pasear entre andanas persiguiendo a su padre. "Durante las vacaciones escolares, debía seguir a mi padre como un perro, observando lo que hacía y probando después de él. Fue mi profesor". Quizás por su procedencia, José Ignacio no podía ser más que un experto conocedor del mundo del vino. Pero su primitiva vocación era la de marino, aunque su sueño se vino abajo en 1931 al ser clausurada la Academia Naval, donde acababa de ser admitido, tras el advenimiento de la República.

La guerra truncó después sus estudios de ingeniería industrial. Luchó en el frente y, a su regreo, el 26 de abril de 1939, casó con Ángela Fernández de Bobadilla y González Abreu, natural de Santa Clara (La Habana). José Ignacio y Ángela fueron padres de doce hijos: Marta; José Ignacio, Magdalena, Miguel, religioso de la Compañía de Jesús, Enrique, Bruno, Ángela, Patricia, Natalia, Gabriel, Vicente y Jorge Manuel, hoy embajador de España en Filipinas, principal mercado del brandy de Jerez.

Ha hecho falta remover papeles y más papeles para dar con los pensamientos de este hombre, poco conocidos, que siempre rehuyó toda publicidad, pero que paseaba impecable por la ciudad y tenía una frase cariñosa para todos los que le paraban y saludaban con respeto y simpatía.

Entonces, José Ignacio, que había vuelto a la bodega, ya se había descubierto como un extraordinario enólogo, uno de esos profesionales que se hacen con el amor al vino, que se apasionan cuando tienen enfrente una nueva botella que probar. Un vino tiene que enamorar, tiene que transmitir, dicen estos expertos. Parte decisiva en el negocio, el enólogo acompaña al vino en ese largo camino desde el lagar hasta la mesa, mezclando tecnología y tradición. Y eso es ley de vida. Sin ellos, nada sería posible en este negocio.

De todo lo que ha aflorado, que no es poco, existen muchas perlas: Cierto día hablaba de la catación, cuyas facultades, opinaba, habían sido casi siempre hereditarias: "Mi padre fue un gran catador y mi hijo también tiene una gran facilidad". Se refería a José Ignacio hijo, ya fallecido, famoso jugador de polo como su padre, que encarnaba bastante bien el tipo del nuevo ejecutivo jerezano. Recorrió España y el mundo varias veces al año. En 1985 contabilizó 189 vuelos nacionales y continentales y cruzó el Atlántico hasta siete veces vendiendo los productos e imagen de la Casa allá donde fuera.

Pues decía el buen hombre que "esa cualidad, en nuestra casa principalmente organoléptica, es innata en el individuo. Yo diría, quizás con un excesivo espíritu matemático, en un treinta por ciento; el resto se obtiene por la sensibilidad de olfato a fuerza de darle un continuo empleo". La verdad es que el hombre viajó por todo el mundo como una fiera. Recorrió los cinco continentes, se convirtió en el mejor publicista de nuestros vinos e Inglaterra le distinguió como 'el hombre del sherry'. Pero su obsesión era el brandy, y a su promoción dedicó infinitos esfuerzos y quebraderos de cabeza en un más que prometedor mercado: Era México. Y, de México, a toda Hispanoamérica. Era una jugada perfecta.

Aún estoy viendo con estos ojos a José Ignacio conduciendo a toda pastilla el viejo Seíta blanco, con su cabeza encorvada por el techo, desde su chalé en Nuestra Señora del Mar, en Fuentebravía, camino a Jerez. O en su antigua Guzzi, aquella moto de más de veinte años que compró a su chófer por 10.000 pesetas. La moto, un cacharro con el que no se atrevería a circular ni un repartidor de leche, llevaba en la parrilla un cajón donde viajaba su mejor amigo: 'Paco', un perro jack russell que no dejaba ni a sol ni a sombra a su amo y que asistía incluso a los consejos de administración. Algún susto que otro tuvo el paisano con la 'velocidad'. Una noche volvía a Fuentebravía y en la curva de las antiguas Internacionales casi se deja el alma.

Y siempre con un cigarrillo entre las manos, se jactaba de lo dicho por su venenciador favorito, Julio Delgado: Miles y miles de ocasiones en un año llevándose el catavino a la nariz, venenciando periódicamente las criaderas y soleras de los vinos para dar el visto bueno a las operaciones de rocíos y sacas. "Esto sin contar las muchas veces, probablemente casi otro tanto, que lo había hecho en el cuarto de muestras y laboratorio".

Nadie jamás ha visto a José Ignacio doblegado por el vino. Todos los que le conocieron coinciden: "Jamás llegó a eso. José Ignacio fue siempre todo un caballero". Y en una entrevista en la prensa, el periodista Francisco Amores inquiere al experto si bebe mucho: "No sé cuánto es beber mucho. Bebo la ración que a mí me satisface".

En 1994 la compañía pasó a manos de la multinacional Allied Lyons, pero José Ignacio no dejó de acudir a la bodega y pasear por el despacho-laboratorio que había ocupado durante medio siglo. Lo hizo a diario hasta su ingreso en el Hospital jerezano, el 20 de diciembre de 1996. Menos de un mes después, un 15 de enero, José Ignacio dejó de existir. Y con él, se esfumó como el humo la cariñosa leyenda de 'la Nariz'.

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