Fernando Moreno | Guitarrista “Rafael del Águila era un genio, pero genio en toda su expresión”

  • El jerezano, retirado ya de los escenarios, repasa su trayectoria, plagada de anécdotas y curiosidades merced a una carrera de casi cincuenta años

El guitarrista Fernando Moreno posa para Diario de Jerez.

El guitarrista Fernando Moreno posa para Diario de Jerez. / Manuel Aranda

Fernando Moreno (Jerez, 1960) representa a una de las generaciones más prolíficas de la guitarra de esta ciudad, una generación cimentada en torno a la figura de Rafael del Águila y que ha sido un referente para los tocaores venideros. Apartado de los escenarios después de superar tres ictus, el jerezano nos habla de su trayectoria y situación actual.

–Está usted apartado de todo....

–La verdad es que sí, desde que tuve los ictus y me dieron la incapacidad, he estado desconectado de todo. De hecho, a la academia de mi hijo Isaac ha venido gente a darle el pésame creyendo que me había muerto.

–¿Y cómo se encuentra?

–Me encuentro bien, lo que pasa es que me tomo unas cuantas pastillas (risas) y claro, ahora me tengo que tomar la vida de una forma más tranquila.

–¿Pero no habrá dejado la guitarra?

–No hombre, la guitarra la cojo todos los días, pero ya no he vuelto a subir a un escenario, y eso que he ma han llamado de muchos sitios, pero decidí parar. Ahora toco a diario, y estoy aprovechando para componer, de hecho he terminado hace poco un tema para mi nieto. Con la guitarra, la familia y ahora mi nieto estoy entretenido.

–Lo que le queda ya es grabar un disco en solitario...

–(Risas) Pues mira, es algo que me estoy planteando porque mi hijo Isaac ha montado un estudio de grabación y ya he estado varias veces, porque allí estoy tranquilo. Creo que no sería mal momento.

–Ahora lo que toca son los homenajes y cosas de esas, ¿no?

–La verdad es que me han querido hacer muchos homenajes, pero no he querido porque parece que te vas a morir (risas). Hace poco sí que me dieron un reconocimiento en Pelagajar y también en un pueblo de Sevilla donde organicé el primer Festival flamenco de la Bulería.

–Usted ha desempeñado durante mucho tiempo una labor docente, ¿también la ha dejado?

–Sí, ya digo que he roto con todo, ahora la academia la lleva mi hijo Isaac (Moreno) y su mujer Davinia (Ballesteros), los dos guitarristas, y están haciendo un trabajo excelente.

–Porque ser profesor no es tan sencillo...

–Rafael del Águila era un verdadero profesor. Yo por ejemplo, cuando he dado clases, he puesto lo que yo sabía, pero Rafael era distinto. Estuve con él algo más de un año, y era un genio, pero genio de verdad, no como ahora que se llama a todo genio. Se levantaba a las cinco de la tarde y allí estábamos todos, Gerardo Núñez, los hermanos Jero, yo... Había aprendido a leer partituras solo, porque él no sabía música.

–Todo el mundo habla maravillas de Rafael del Águila, usted también por lo que veo...

–A mí me dijo un día que yo era flamenco porque había venido a aprender flamenco, pero me recomendó que estudiara música. De hecho, la granaína que tengo y que está dedicada a Rafael del Águila, el principio es suyo, y cogí ese ese trocito para dedicárselo a él, igual que los arpegios y el trémolo, que eran dos recursos que también le gustaban mucho. ‘El picao es pa los neófitos’, decía. ‘Lo que vale es lo que te llega al corazón’. Eso se lo escuché también a Paco de Lucía en una entrevista en televisión con Pedro Ruiz que le preguntó, ‘¿qué hace usted cuando quiere herir a alguien?’ Y empleó el trémolo, y para impresionar, empleó una escala de las suyas.

–Sin embargo, dicen que Rafael era un tipo peculiar...

–Sí, es eso sí, no era una persona corriente, como todos los genios. La casa estaba toda sucia, y las ratas pasaban por allí. A veces decía ‘esas son amigas, no te van a hacer nada’. Era una casa inclinada, y tenía una viga que caía justamente donde él daba clase. Allí tenía un camaleón y a veces cuando estabas dando clases, bajaba el camaleón por la viga y te ponía el rabo al lado. ‘No te preocupes que se come todos los bichitos’. Cosas de Rafael.

–¿Estuvo mucho tiempo con él?

–Estuve algo más de un año más o menos. Con 14 años me dijo mi padre, ‘¿tú que quieres ser?’ Y le dije, yo, tocar la guitarra. ‘Pero si ese mundo es malísimo...’, me dijo mi padre. Yo lo tenía claro e insistí hasta que mi padre me llevó a tocar con Rafael del Águila. Recuerdo hasta la fecha, empecé a dar clases el 21 de marzo de 1974.

–Ya entonces el maestro tendría una edad...

–Cuando yo iba a las clases tenía setenta y tantos años, y a pesar de la edad, lo que te ponía, te lo ponía perfecto. A mí me ponía el ‘Tico, tico’, la ‘Zarda de Monty’...Él hablaba bien de todos los guitarristas, de Narciso Yepes, de Andrés Segovia....De sus alumnos, su favorito era José María Molero, pero también hablaba bien de Parrilla, de Paco Cepero o de los Morao. Date cuenta que por Rafael pasaron todos.

"Me fui a Madrid con 15 años y al año siguiente ya era el primer guitarrista del Ballet de María Rosa”

–¿Y cómo fueron aquellos primeros años con la guitarra?

–Muy intensos, la verdad. Con Rafael aprendí mucho, pero también con aquellas noches en La Rosaleda, Los Gitanos o Los Cuatro Muleros, donde estaban Tío Borrico, Manolito Jero, Diamante Negro, Terremoto. Porque, por ejemplo, Manolito Jero no era un buen cantaor, pero conocía muy bien los cantes y Tío Borrico era un cantaor complicado de acompañar y te obligaba a estar con los cinco sentidos. Con él aprendí mucho porque, por ejemplo, me hacía acompañarle por Cádiz, luego por malagueñas, y como no llegaba, me decía ‘yo no puedo por mis facultades, pero esto es hasta aquí’ y así aprendías. En Los Gitanos, que lo llevaba Maribal, se aprendía mucho. Allí iban todos, Cepero, Parrilla, El Torta...Mi padre era taxista y yo me iba con él. Parrilla se ponía a tocar en el asiento de atrás y yo me ponía delante a mirarlo.

–(...)

–Por eso yo ahora cuando los chavales se ponen los discos por internet y los ponen 40 veces, no tiene nada que ver con lo que vivimos nosotros. Eran otras circunstancias y aunque cada tiempo tiene lo suyo, yo tuve la gran suerte de coger el último rescoldo de una generación de cantaores de Jerez irrepetible.

–¿Ha tenido otro maestro?

–Bueno, yo siempre he ‘robado’ de todo el que podía, lo importante es coger las cosas y darles tu propio sentido, no hacerlas igual. Aquí en Jerez, aunque ya años después, estuve aprendiendo con Diego Carrasco. Diego es un creador, incluso todavía tengo falsetas suyas que utilizo. Yo, cuando venía de Madrid, me iba a su casa a que me pusiera cosas, y allí su familia, su padre Vicente y sus hermanas, me trataban muy bien. Ahora, a veces me ponía las cosas con la boca y aunque en aquel momento me acordaba de sus castas, luego me vino muy bien. Lo peor es que cuando me equivocaba, me daba con los nudillos en la rodilla y no veas (risas). También he aprendido mucho de mi tío Luis El Elegante, sobre todo cuando llegué a Madrid, donde me abrió muchas puertas.

–¿A qué edad se fue a Madrid?

–Me fui con 15 años, o sea, que apenas llevaba año y pico tocando. Al llegar allí me contaron que todos los artistas paraban en un bar Tursa. Me fui para allá y pronto entablé amistad con todo el mundo y bueno, cuando me escuchaban tocar, con ese aire tan particular de Jerez, a la gente le gustaba. A los pocos días Vicente Soto me llevó a Torre Bermejas que es donde estaba él. Fui y me dijeron que en un par de semanas, cuando se iba el guitarrista, me contratarían. Sin embargo, unos días después me llamó el hijo del Niño Ricardo, que había conocido allí, y me dijo que fuera al Ballet de María Rosa, que necesitaba un guitarrista. Así fue, me planté por la mañana y me encuentro allí a José María Molero. ‘¿Tú eres de Jerez, no?’, me preguntó. Me pidió que tocase por serranas y yo no sabía, sólo había aprendido tocar soleá, seguiriyas, fandangos...Así que me ayudó llevándome a su casa por la mañana temprano y enseñándome todo.

El jerezano, frente a la academia de guitarra de su hijo. El jerezano, frente a la academia de guitarra de su hijo.

El jerezano, frente a la academia de guitarra de su hijo. / Manuel Aranda

–¿Y qué paso entonces?

–Que me contrataron, y el marido de María Rosa, Óscar Cruz, que era torero, me dijo, nos vamos a Italia. Así empecé, es más, recuerdo que los primeros sueldos que cobré, me los pagaron en dólares porque en aquel momento la peseta estaba distraída (risas). Con María Rosa me llevé tres o cuatro años haciendo los Festivales de España, no se paraba de trabajar. Y con 16 años ya era yo el primer guitarrista, porque José María Molero se fue al Ballet Nacional. Con esa edad vine por primera vez a Villamarta.También al poco tiempo de estar en Madrid me contrató Televisión Española para trabajar en varios programas. La verdad es que tuve mucha suerte, porque me pagaban muy bien.

–No era fácil aquella vida en Madrid, supongo...

–Nuestra época no fue fácil porque irte a Madrid con 15 años, sin saber lo que te ibas a encontrar...Había que buscarse la vida. Con decirte que antes en Madrid, a las cuatro de la mañana era como estar en la calle a las doce del mediodía de la gente que había, y entonces no existían los atracos ni nada de eso o si existían apenas se hablaba.

–(...)

–Estuve también en el Ballet de Manuela Vargas, con la que aprendí mucho. Y ahí estaban todos los Habichuelas. A mí me decía ‘Luis Habichuela’, que en paz de descanse, ‘Fernando, tú ponte aquí conmigo’ y yo iba cogiendo de todo el mundo, porque también estaba Paco Izquierdo, que no veas cómo tocaba pa bailar, y José Luis Teruel, guitarristas de gran peso en Madrid pero que aquí no se conocían.

–¿Y tuvo alguna experiencia en los tablaos de entonces?

–Sí claro, en Madrid trabajé bastante en los tablaos, estuve casi en todos, me faltó el Café de Chinitas. Estuve en Los Canasteros, El Corral de la Pacheca, Las Cuevas de Nemesio...Cuando salía me iba a ver a Serranito, que recuerdo que hacía el ‘Pájaro campana’ y a mí me encantaba.

–O sea que funcionaba aquello del cuadro y las atracciones....

–Los cuadros de los tablaos eran que no veas, vamos que cuando acababas, metías la mano en un cubo de agua y echabas fuego. De mi etapa en los tablaos tengo varias anécdotas. Recuerdo que a Los Canasteros vino una vez a verme Camarón. Mi tío Luis El Elegante era muy amigo de él, y me dijo que a ir. Aquello imponía, porque entonces Camarón ya era una figura. En el Corral de la Pacheca empecé tocando en el cuadro y terminé tocando a las atracciones. Allí conocí a Lauren Postigo y me pidió que le tocara a La Camboria, su mujer.

–Tan joven ganaba usted un dinero en aquel entonces...

–Sí que ganaba, la verdad, aunque también me pegaba horas y horas estudiando. En aquellos años llegué incluso a trabajar con el coreógrafo del Ballet Nacional, Paco Fernández, que me llamaba para las clases que daba a extranjeras. Una vez tenía que tocar por guajiras, pero yo no sabía muy bien, así que le metí la guajira por bulerías, que de hecho la hago todavía, y no veas. Paco me pagaba 500 pesetas la clase para que fuera. ‘Tú de aquí no te mueves’, me decía.

–Usted ha acompañado a infinidad de cantaores, supongo que eso será motivo de orgullo...

–Sí, es una de las cosas de las que estoy más orgullosos. He pasado muy buenos momentos. He tenido la suerte de tocar a todo el mundo, desde Fernando de la Morena a Ripoll, Tío Borrico, El Torta, Chano Lobato, Mariana Cornejo, Luis de la Pica, La Macanita, Macarena de Jerez, Rancapino...

–A algunos le habrá costado más que a otros, ¿verdad?

–Bueno, yo siempre he tenido una virtud y ha sido darle a todo el mundo su sitio, por mi forma de ser. Siempre he sabido cómo tratar a cada persona y eso es importante. A El Torta, por ejemplo, había que saber llevarlo. Juan era un niño pequeño, y a mí me respetaba muchísimo, porque lo conocía desde que era un chaval en Los Cuatro Muleros. Había que ayudarlo porque era una persona desigual, lo mismo estaba eufórico que tenía la moral por los suelos, y era ahí cuando había que ayudarle, porque a la hora de cantar era un fuera de serie. Con Chano Lobato, en cambio, te reías mucho cuando ibas a trabajar. Chano era el embustero con más gracia que he conocido, yo moría con él, porque tenía mucho arte. Y luego cuando se ponía a cantar, no veas. Además, cuando coincidía con determinados artistas, como Rancapino, al que le decía mono, no veas la que formaban.

–(...)

–Mira, con Rancapino he tenido muchas anécdotas, una con Paco de Lucía con el que coincidimos un día en Madrid. Paco nos dijo que todo el mundo lo llamaba para colaboraciones y que estaba harto, así que le dije, pídele un jamón de pata negra al que te llame. Total, que lo hizo, es una anécdota que guardo con cariño. Con Ranca tuve otra en Méjico. Él conocía aquello y los mexicanos le decían hermano. ‘Tú eres uno de nosotros’, le decían, pero vamos que le hacían caso en todo. Un día compré unas cosas en un zoco y cuando volví se lo enseñé y Rancapino me dijo ‘ya te han timado’. No veas cómo puso a los mejicanos, ‘este es mi sobrino, no lo podéis engañar’. Qué arte más grande.

–Como esas tendrá miles, ¿no?

–Sí, otra nos pasó en Egipto con el ballet de Luis de Luis. Fui con mi tío y un día, hartos ya de comer comida rara, buscamos al cocinero, y resulta que el tío había estado enValencia y sabía hacer comida española, no veas, todos los días preparaba algo de lujo. Mi tío Luis un día hizo hasta una berza.

–(...)

–Me acuerdo de otra en una gira de Paco Cepero, que estaba el Morao, Sara Baras, el Chícharo...Íbamos en un autobús en el que habían ido los Rollings, y como no sabíamos ni papa de alemán, yo en los buffets me cogía de todo. Por la noche el Chícharo y el Morao venían a buscarme. ‘El niño tiene comida seguro’, nos los pasábamos genial.

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