tribuna de opinión

Haz el amor y no la guerra

Haz el amor y no la guerra Haz el amor y no la guerra

Haz el amor y no la guerra

No hay verdades absolutas, cada situación, cada circunstancia afecta a diferentes personas en desigual medida, se aprecia desde ópticas diversas, nos influye de variadas maneras. Llámenme ingenua y voluntarista pero siempre, absolutamente siempre, he creído que todo tiene arreglo, que sólo depende de que hablemos, de que queramos hacerlo. Siempre podemos llegar a un punto de equilibrio en el que buscando el bienestar de la mayoría, unos y otros cedamos en esas posturas que nos separan buscando un punto de encuentro. ¿Resulta tan difícil ceder, aceptar, dialogar? Creo que no, que es cuestión de actitud y de saber a dónde se quiere llegar, por qué, para qué y con quién. Sentido común y altura de miras, no es tan difícil, el ser humano creo que lo trae de fábrica, lo malo es que lo vamos perdiendo por el camino.

La noche del jueves, víspera de nuestras vacaciones, fui testigo de una situación sorprendente y absurda. En la terraza de un restaurante en el borde del parque González Hontoria, Diego del Morao acariciaba su guitarra como invitado en el I Festival de Jazz del Hontoria. Les aseguro que ayer tuve un día duro, y de repente esa música maravillosa, ese milagro de la obra de arte en directo, me hizo sentirme afortunada y feliz, al igual que a las decenas de personas que allí estaban, la mayoría por el precio de una copa. Andaba yo recordando la sonrisa de Moraíto, al que siempre evoco cuando disfruto del talento de su hijo, cuando vemos entrar a dos agentes de la Policía Local en obligada respuesta a la denuncia de un vecino que no parecía compartir ese entusiasmo y admiración por la música del joven maestro.

Me pareció la situación absurda, ilógica, fuera de sentido. Creo que lo de la noche del jueves, sin dejar de ser una anécdota, debería marcar un punto de inflexión en esta escalada de desencuentros entre el disfrute del ocio y el necesario e inviolable derecho al descanso de los ciudadanos. Estamos recibiendo mensajes y continuas declaraciones de intenciones que nos prometen una revitalización del centro histórico y de la industria turística y, a la vez, se toman decisiones que comprometen el éxito de estas propuestas. Estamos comprobando como en la ciudad un grupo de empresarios están apostando por la industria cultural, organizando actividades musicales y programas culturales no sólo en la promoción del flamenco, que complementan y a veces superan la iniciativa institucional. La consolidación de estos programas, el hecho de que los emprendedores arriesguen su dinero en la acción cultural, la supervivencia de las empresas culturales contra viento y marea, la producción y la creación artística en todas sus disciplinas en un recurso que no nos podemos permitir ni malgastar ni maltratar.

Disfrutemos de ello, hagamos que sea nuestro atractivo, nuestra seña de identidad, nuestra aportación al conjunto de la provincia. No podemos hacernos trampas, no podemos meternos en charcos innecesarios. Cada vez hay más turistas en la ciudad, cada vez vemos a más gente con ganas de disfrutar en verano de nuestra hostelería, demandando ese prurito de calidad que la marca Jerez promete desde la excelencia de su legado cultural y artístico. Dios me libre de hablar desde la certeza, pero pienso que no llegaremos a ningún sitio, que dilapidaremos nuestra oportunidad si no actuamos desde la coordinación de todas las iniciativas, la suma de esfuerzos, el trabajo serio y riguroso y desde luego, desde el diálogo.

Aquí se hace necesaria la acción política, pero la buena política, la que marca un sendero que señala un objetivo, que dialoga, que busca el consenso, que posibilita ese punto de encuentro al que me refería al principio. Necesitamos el civismo, la educación y el respeto que nos permite disfrutar de la calle. Nuestra manera de entender la calle forma parte de nuestro patrimonio cultural y es un atractivo más que encandila al forastero. Un poquito más de tolerancia, de pensar en que gracias a esa ejecución rigurosa que marca como zonas acústicamente saturadas a lo que aquí siempre hemos definido como "ambiente", no sólo ahuyentaremos a los turistas, sino que nosotros mismos huiremos de nuestra ciudad buscando ese placentero ruido. Reivindico el diálogo, la alegría, el respeto, la convivencia y el disfrute de la ciudad y de la gente. Reivindico el amor por la vida, por la prosperidad, por lo diverso.

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