Joaquín Cantos Leyba | Veterinario "La Escuela no está para generar riqueza, para eso están las fábricas"

  • Después de más de cuatro décadas como jefe del área de explotación de la Real Escuela, el jerezano repasa toda su trayectoria un día después de alcanzar oficialmente su jubilación

Joaquín Cantos posa  para Diario de Jerez con su perra.

Joaquín Cantos posa para Diario de Jerez con su perra. / Vanesa Lobo

Joaquín Cantos Leyba ha sido el primer veterinario de la Real Escuela de Arte Ecuestre. Llegó a la institución en 1974, un año después del inicio, para intentar, debido a su afición al caballo, encontrar un sitio como jinete en la institución. Sin embargo, cosas del destino, fue precisamente el hecho de estar cursando estudios de Veterinaria en Córdoba lo que le unió durante más de cuatro décadas a ella, de la que este pasado sábado se ha desvinculado al alcanzar oficialmente su jubilación.

-¿Qué va a hacer ahora?

-Yo no soy una persona de estar quieta, y aunque me jubile como veterario de la Real Escuela, tengo muchas cosas que hacer, entre otras cosas porque la afición al caballo me ocupa muchísimo tiempo. Ahora quiero también dedicarme a pintar, que me gusta mucho pero no he tenido tiempo.

-Porque usted por encima de todo es un gran aficionado al caballo....

-Sí. Con 14 años corrí mi primer raid con una licencia federativa especial y desde entonces he estado siempre ligado al caballo. A mí lo que me gusta realmente es montar, lo de curar ha sido por afición y cariño hacia este animal, pero al final la afición me ha podido más que el disfrute. Estudié veterinaria pensando que iba a montar más a caballo y ha sido todo lo contrario.

-Ser veterinario es casi como ser periodista...

-(Risas) No lo sé, pero se echan muchas horas. El veterinario de caballos está muchas horas en carretera, pasa mucho tiempo de un lado a otro. Yo siempre digo que a veces parece una vida de camionero, y apenas tienes tiempo para montar, entre otras cosas porque el caballo te entretiene muchísimo. Si vas a montar una hora o menos necesitas tres horas, una para prepararlo y otra para desprepararlo. Porque lo tienes que duchar, no lo puede meter mojado en la cuadra...En fin, un proceso.

-¿Y de dónde le llegó esta afición?

-Bueno, mi padre era almacenero, servía vinos a las bodegas, como una especie de reserva, pero no se dedicaba al caballo. Mi tío sí montaba y era más aficionado, pero en mi familia no. A mí siempre me gustó y como he dicho, estudié veterinaria por eso. Me fui a Córdoba y recuerdo que allí llegué a caballo. Entré en la estación con un camión de ganado y me fui para el antiguo Club Hípico de Córdoba. Entonces montaba todos los días, hasta que fui avanzando cursos y ya era imposible.

-Pero antes ya había tenido usted contactos con la Real Escuela....

-Sí, en el 74 cuando estaba en el Parque González Hontoria con Álvaro Domecq. Allí pasé unos años hasta que terminé la carrera. De hecho, gracias a aquello conocí a Álvaro Domecq Díez, que fue un mecenas para mí, me quería mucho. Me apoyó cuando llegué a la Real Escuela y luego me ayudó como veterinario.

-Estamos hablando de los años ochenta ¿no?

-Sí, fue justamente en 1981 me fui a Venezuela, a Caracas, donde había un hipódromo, el de la Rinconada, que tenía 2.000 caballos. Allí la afición a las carreras y a las apuestas era tremenda, y había carreras hasta por la noche. Estuve con un veterinario importante llamado Eduardo Larrazábal, que tenía una clínica con 300 caballos hospitalizados, y que era amigo de Álvaro Domecq padre, de hecho fue él quien me recomendó para viajar allí. Eduardo tenía aquella clínica en Tocuyito, un pueblo que se encuentra a 200 kilómetros de Caracas, con lo cual íbamos todo los días en avioneta. Con él aprendí muchísimo. Estuve seis meses en Venezuela y luego nos fuimos a Estados Unidos donde conocí a Copeland y McGee e hice algunos cursos de reproducción en Colorado.

-¿Cuándo regresa a España?

-Tuve que regresar porque tenía que hacer la mili, y claro, cometí el error de decir que era veterinario. Me tocó en Cataluña y allí estuve varios meses de una unidad a otra. Pasé por cuatro unidades diferentes y en las cuatro provincias. En aquella época un veterinario era un comodín y no te soltaban, pero también aprendí mucho porque en la vida militar se aprende bastante sobre todo a nivel burocrático.

-Cuando regresa entonces a la Real Escuela, ¿con qué se encuentra?

-Me encuentro con una etapa de crisis, eran aquellos años en los que nadie la quería. Recuerdo que nos habían echado del Parque González Hontoria e íbamos a entrar en el Recreo de las Cadenas, pero nada se aclaraba. Fue una época convulsa en la que no nos querían ni los políticos. Al final entra Diputación gracias a Alfonso Perales y Antonio Fernández y todo cambia.

-¿Y cómo era la vida diaria de un veterinario en aquella escuela?

-Se hacía lo que se podía. En los primeros años como veterinario no había nada, imagínate. Teníamos que trabajar en un box con una pequeña luz en el Parque y allí le atábamos un chimbiri para ponerles el suero a los animales. Ya luego en 1986 se le compra el patrimonio a Pedro Domecq, ya entra Pepe Mata, los enganches..., y se empieza con la Yeguada, la ganadería de las Escuela.

-(...)

-Fueron momentos duros porque los caballos se morían a menudo de cólicos. Nos tirábamos días y noches haciendo esfuerzos para salvar al caballo, pero morían, aquello era horrible. Algunos se salvaban pero eran los pocos. Recuerdo uno que se llamaba Remate, al que vinieron a visitarlo diferentes veterinarios de la zona y todos decían que se moría, nadie daba con lo que tenía. Estuve toda la noche con él y amaneciendo le puse una caja entera de nolotil para que se calmara, y sin saberlo, el caballo se salvó. Imagínate cómo se trabajaba entonces, se trabajaba a ciegas.

-¿Por qué decide que era necesaria una clínica?

-Porque cada vez teníamos más caballos y era necesaria contar con un espacio exclusivo para tratarlos. Le propuse a José Manuel Melero, el entonces director, crear una clínica en una nave que había en la Escuela que se usaba para mantenimiento, porque en España sólo había entonces una, la de San Vicente del Raspeig en Alicante. Había salido unos meses antes a aprender cómo se operaban los cólicos, que eran la principal causa de muerte entonces, y estuve en Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. Encima coincidió todo con la aparición de la peste equina, que inmovilizó a todos los caballos, así que hasta 1989 no pudimos inaugurar la clínica. No fue fácil porque dinero no había, y teníamos que convencer a la gente de lo que estábamos haciendo. Aún así formamos un equipo y finalmente en 1992 salvamos por fin en una operación al primer caballo.

-¿Cómo fueron aquellas primeras operaciones?

-Muy complejas, porque además la duración de las mismas era tremenda, de por lo menos tres horas. Para operar a un caballo necesitas un equipo, y también había que formarlo. Recuerdo que un veterinario extranjero me dijo una vez que todo lo que durara más de tres horas, estaba condenado al fracaso. Hoy en día hacemos cirugía de 20 minutos, es cuestión de práctica. Parece mentira, pero aquello fue un paso muy importante.

-(...)

-Fuimos la primera clínica en Andalucía que operaba de cólico y la segunda de España. Eso sirvió para que muchos veterinarios de todo el país vinieran a Jerez y poco a poco fueron saliendo más clínicas. Fue como un parto de equipos y clínicas, tanto en Andalucía como en España.

-¿El problema de los cólicos es lo peor para un veterinario?

-Claro que no, hay muchas patologías dentro del caballo desde las del aparato locomotor a las del aparato suspensor. Mi estancia en Venezuela me vino muy bien para algunas, porque por ejemplo, en el hipódromo donde trabajé, se sometía al caballo al máximo esfuerzo y ahí surgían diferentes problemas. Cada disciplina tiene sus cosas, la doma afecta al aparato suspensor, los saltos, a los tendones...

-¿De qué está más orgulloso en esta etapa de más de 40 años en la Escuela?

-De montar la clínica, pero también de otras cosas. La Escuela ha sido una fuente de difusión en cuanto a la cirugía de cólicos, porque hemos hecho infinidad de cursos, pero también han venido muchos veterinarios de fuera a operar a caballos de diferentes patologías y eso también nos ha servido para aprender. Ha sido una escuela difusora de conocimiento en equitación, en medicina deportiva y digestiva y en todas las profesiones que se fomentan aquí como la guarnicionería o los cocheros.

-¿El veterinario es a veces el poli malo de la película?

-(Risas) La verdad es que sí, pero tengo que hacerlo, porque por encima de todo debes intentar que no se produzcan lesiones en los caballos. Tenemos una cuadra amplia y por eso desde hace años trabajamos bastante en la prevención con los futuros jinetes. Más vale prevenir que curar, pero también, como dice Rafael Soto, si tú no quieres al caballo, el caballo no te quiere a ti, por eso es importante un buen trabajo colectivo.

-¿Qué valora más en un profesional veterinario la experiencia o lo que le rodea?

-La experiencia. La gente piensa que los aparatos son lo más importante, pero lo más importante es la experiencia. Si me tienen que operar de algo, prefiero que lo haga un cirujano que haya hecho infinidad de operaciones, independientemente de los métodos que utilice. La experiencia encamina la patología y la técnica afina, pero si no tienes experiencia puedes afinar en algo equívoco o te puede faltar bastante para llegar al diagnóstico.

-Ha hablado antes de la peste equina. Aquello fue una situación complicada...

-Fue terrible. Gracias a mi edad he vivido dos focos de peste equina, uno en 1964 con Franco y duró casi un mes, unos veinte días. Afortunadamente no fue demasiado fuerte, gracias a que en aquella época la dictadura controló mucho la movilidad con la Guardia Civil y claro, no se movía ni Dios. No tuvieron que matar ningún caballo. El segundo foco en los ochenta fue muchísimo peor porque todo el mundo opinaba, unos políticos decían una cosa, otros, otra y claro llegó hasta Portugal y estuvimos cuatro años con peste equina. Se acabó porque vino un invierno muy frío y mató a los mosquitos, imagínate si volviera ahora con el calor que está haciendo.

-¿Para ser director de la Real Escuela hace falta saber de caballos?

-Yo creo que no, de hecho, de todos los que han pasado ninguno venía del mundo del caballo. Mira, el que tenemos ahora es fantástico porque es una persona lista, inteligente y con experiencia. Si tú no tienes las neuronas bien preparadas, no eres capaz de darte cuenta de los problemas, y los problemas hay que conocerlos e identificarlos. El que tenemos ahora se entera de todo, y con una chispa ya sabe cuál es el problema. Aparte de que desde el primer momento entendió que la Escuela no es una fábrica de zapatos para producir dinero. El caballo necesita mucho dinero y hay que conseguirlo. Tuvimos otros como Fidalgo o Reina que también se dieron cuenta que hacía falta dinero. Si tú tienes un caballo, tienes una ruina, y si tienes 107, tienes 107 ruinas. Otros no lo entendieron y se llevaron toda su legislatura intentando que esto fuera rentable. La Escuela es para difundir conocimiento y atraer al turismo, para generar riqueza ya están las fábricas.

-¿Por qué España no genera riqueza en torno al caballo?

-Porque no se cree en él, aquí lo que se hace es meter impuestos al caballo. Te cuento un ejemplo. Ronald Reegan fomentó la cría del caballo. Lo hizo casi sin pensarlo y en agradecimiento a la caballería, pero los economistas se dieron cuenta de que si tú fomentas la cría del caballo, eso hace que el PIB suba porque el caballo consume mucho, coches, veterinarios, herradores, constructores de box...Fíjate cómo es la cosa que en los países centro europeos, llámese Holanda, Alemania, Bélgica, Austria...han apostado por esta misma opción y mira, Holanda ahora mismo está a la cabeza en la industria del caballo, igual que en Inglaterra o Bélgica.

-¿Y Jerez?

-La ciudad del caballo era la ciudad del caballo cuando Jerez era rica. Tenía industrias y fábricas de todo tipo, pero eso se ha acabado. ¿Quién puede tener ahora un caballo? Al haber dinero, había caballos, cuando ya no hay dinero...Un ejemplo. En los años ochenta había en Jerez más de treinta y tantas ganaderías de más de 30 yeguas. Estaba la más antigua de España, Romero Benítez, Pérez-Luna, Mateos, García Romero, El siete, Juan Pedro Domecq, Luis Domecq...Todas se han perdido, porque no hay dinero. El caballo es un artículo de lujo y lo hay, donde hay industria. ¿Dónde hay caballos buenos? En Madrid, en Barcelona, en Gijón, en Bilbao... donde hay dinero.

-¿Qué opinión tiene entonces de aquellos Juegos Ecuestres de 2002?

-Aquello fue un gran error porque la gente pensaba, incluido el mismo Pacheco, que los Juegos Ecuestres iban a fomentar la industria del caballo. La industria del caballo no hay que fomentarla, sino la industria productora, las fábricas, y cuando la gente tenga dinero, se lo gastarán en caballo, no al revés. El caballo no produce dinero, consume dinero, por eso los Juegos Ecuestres se lo comieron todo. Fue una apuesta errónea.

-Ya por último, ¿cree que se acertó con la vuelta de Álvaro Domecq a la Real Escuela?

-Por supuesto, fue un acierto porque es una persona muy reconocida dentro del mundo del caballo. Es una figura que vende y una persona muy querida.

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