Jerez

Juana, Liebre y Mercado

  • Tres viviendas del barrio de San Mateo se convierten en un ejemplo del estado de abandono del casco histórico Aquí, un repaso por las historias que han habitado sus muros centenarios

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Las calles de Jerez bien se merecen oler a vino, y darle, por qué no, nombre a un fino. Y así ocurrió con Liebre, a la que dedicó uno de sus caldos las bodegas de López Carrizosa. La historia de hoy es un ¿cómo hemos llegado a esto?, sobre el estado de las casas de Juana de Dios Lacoste 17, Liebre 13 (El Embrujo) y plaza del Mercado 1 (Casa del Cura). Centenarias, de toda la vida, las tres están en estado ruinoso, caídas, y las tres forman parte del caserío del barrio de San Mateo, en definitiva, del casco histórico. Pero antes de ser nada, fueron algo. Aquí, un repaso a algunas de las historias vividas entre sus paredes.

Llamada antes de Carpintería Alta, por estar en la calle el taller de Maese Francisco, allá por el XVI, pasó a ser en 1885 de Juana de Dios Lacoste, "con verdadera justicia y por notorios méritos a esta virtuosísima señora, viuda de Gregorio Ysasi, con benéfica mano, nunca harta y satisfecha de bien, próvida y amante, generosa socorría", dice 'Noticia histórica de las calles y plazas de Xerez de la Frontera' de Agustín Muñoz y Gómez, de 1903. Testimonios son de su caridad el 'Asilo de Mendicidad' y el colegio del Salvador, "donde tantas niñas pobres reciben la semilla de una educación perfecta y cristiana para bien de la sociedad...".

Pues allí, en el número 17, desmerece la vía una vivienda sujeta por grandes brazos de hierro. Su puerta se abre a un mundo comido a mordiscos por el abandono, habitado por almas que viven el riesgo sin temor. En el frío de unas paredes desconchadas, de unas habitaciones redecoradas de basura y en la humedad de las noches encuentran ellos un extraño hogar, el que otros dejaron atrás. Una casa que se cae literalmente a trozos, y en la que los bomberos tuvieron que intervenir hace pocos días para apagar una fogata, llamas en las que buscaban algo de calor sus 'habitantes'.

La vivienda, propiedad hoy de una sociedad jerezana regentada por Jesús Toledano, "lleva ahí toda la vida". No hay memoria que sea capaz de acertar con la fecha en que se puso en pie. Como cuentan los blogs 'jerezpatrimoniodestruido' y 'desde la ciudad olvidada', en 1750 se afinca definitivamente en Jerez una singular familia de artistas, los hermanos Navarro. Especializados en la realización de retablos, durante buena parte del siglo XVIII, mantuvieron uno de los talleres más activos e importantes de toda la comarca. Tras llevar una vida errante por distintos municipios de la zona, se asientan en nuestra ciudad. A la cabeza de todos ellos, el mayor, Matías José Navarro, una de las personalidades artísticas más interesantes y peculiares del Jerez de la época. Matías compró ese año una casa en la calle Carpintería Alta, actual Juana de Dios Lacoste, que posteriormente reformaría. Aquella casa fue testigo de la intensa vida del taller que él mismo dirigirá. Pero sería también testigo de sus conflictivas relaciones con sus cuatro hermanos o de sus inquietudes intelectuales, ya que contó con una de las bibliotecas más importantes del setecientos jerezano. Luce una fachada con portada de cantería, estilísticamente propia del siglo XVIII, y parece mantener incluso buena parte de su estructura original. No muy lejos de allí, en la penumbra de un rincón de la iglesia de San Marcos, el soberbio evangelista del facistol parece revolverse ante la triste suerte de la casa de su autor, un escultor singular.

Vecinos de antaño de la zona están "hartos" de ver cómo el deterioro se ceba con la casa y con el entorno. Un camino que ha emprendido también el número 19 de la calle, pasto de los cacos, que han dejado su interior vacío de contenido.

Y de Liebre, el 13, la que llaman del 'Embrujo'. Unas vallas rodean la finca. No tiene número, se ha caído, como otras muchas cosas, y piedras. María Bejarano, que ha nacido en el barrio, donde está hoy la Casa de las Mujeres, recuerda que en su día esta vivienda fue un almacén, de los montañeses que venían del Norte, en el que se vendían ultramarinos y había también una especie de tabanco, abierto hasta hace unas décadas. Un negocio que heredaron los sobrinos hasta que decidieron reconvertir la casa en pisos independientes con un mirador. La crisis les quitó las ganas. Fernando Rodríguez Gutiérrez, nacido en los 40, es nieto de uno de esos montañeses, de Alfredo Fernando Gutiérrez, que venía de Santander y aquí montó el negocio, que más tarde heredaría aquél. "Mi tío, que murió hace unos 20 años, trabajó allí. Luego lo cogimos nosotros, pero ya hace unos 14 años que aquello se cerró. Luego se vendió a una sociedad madrileña. Nos da mucha pena que aquello esté de esta forma, pero la historia es así", cuenta Fernando.

Según el libro de Agustín Muñoz y Gómez, "con el nombre de Liebre data ya en 1639. El más probable origen de su rótulo es la existencia en ella de alguna posada o tienda con dicho título o bien que sin letrero alguno, tuviese pintada en su muestra la figura de dicho velocísimo cuadrúpedo". Se desconoce el origen del nombre de 'Embrujo'. Se cuenta también que en dicha casa había un reñidero para gallos de pelea. "Ahí venía gente de todas partes. Y lo recuerdo, de niña, los domingos, cuando no había muchos coches, que la plaza se llenaba de vehículos de gente adinerada. Ya luego hay una parte que está en buenas condiciones alquilada a unos carpinteros", relata María. Y entrando por Juana de Dios Lacoste, había un trozo de la calle, que luego pasó a ser de Liebre, que se llamaba la Jabonería, por la almona de jabón que allí había instalada. Un trozo de ella también se llamó de La Capillita, en la que estaba la virgen de Belén. Se decía de los montañeses que celebraban grandes Navidades y zambombas en su casa, junto a la gente del barrio, quizás de ahí puede venir ese famoso 'Embrujo'. Y ahí se quedó la cosa, hasta que recientemente se ha caído parte de la casa y se ha cerrado la calle, "que tampoco puede estar mucho tiempo así. Hay que meterle mano ya", exigen los vecinos.

La vivienda de la plaza del Mercado 1, o la llamada Casa del Cura, fue en su día de los Domecq-Díez. En la parte trasera, la que daba a la calle Cabezas, había una puerta que comunicaba con un casa en la que vivía el sacerdote de San Mateo, de ahí el nombre. Más tarde, se cedió a la hermandad del Desconsuelo con el objetivo de que fuera un asilo, pero la incapacidad económica para poder arreglarla les obligó a devolverla a sus dueños. "Una casa que tenía unas vigas de caoba maravillosas, labradas, que fueron cortadas para llevárselas. De hecho, el patio está hoy en un cortijo de Aracena", aseguran. Una casa que fue vendida a una empresa que a la vez ponía en el mercado los materiales que eran de buena calidad de este tipo de viviendas. "De hecho, un día allá por los 80, nos enteramos de que se estaban llevando el patio. El Ayuntamiento le puso una multa tan grande a la empresa, que el Consistorio se quedó con la casa". Hoy, la vivienda es propiedad de Hospes, junto al colindante palacio de El Pantera, donde en su día se anunció un lujoso hotel, que hoy es alojamiento sólo del olvido. María extrae de las estanterías de su droguería un plano de ambos edificios de febrero de 1958, en el que se ve lo que fueron en su día. "De vez en cuando vienen obreros para quitar hierbas, para hacer un mínimo mantenimiento. Y si en la casa pasa algo, pues también", asegura.

Residentes de la zona se quejan también del cierre de la calle por el arreglo del palacio Riquelme, que la gente pasa, quita las vallas, y no las vuelven a poner. "El Ayuntamiento tendría que habérsela vendido a Joaquín Rivero, de Bodegas Tradición, por un precio simbólico y hoy hubiera estado en condiciones". Según el historiador Manuel Romero Bejarano, el interés de estas casas no es histórico o monumental, "es porque forman parte de la historia del caserío de un barrio, del casco histórico, que por las circunstancias de San Mateo, son casas que han llegado hasta la actualidad sin muchos arreglos, pero casi en pie".

El esplendor en su día de unas viviendas dio paso décadas atrás a la vejez forzada de sus piedras. Muchas vidas vividas, historias que quedan inmortales. Un patrimonio oral que alienta aún estas paredes, muros prácticamente muertos, necesitados de oxígeno, respeto y unas manos dignas que, como las de Matías, torneen el presente en honor al pasado.

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