el rebusco

Pequeño gran bodeguero

  • Bodegas Diego Narváez. Con su ingenio y tenacidad logró vender sus vinos a medio mundo

Numerosas y variadas han sido las bodegas que hubo en Jerez hasta hace bien poco. De las consideradas pequeñas o medianas no quedan casi ninguna, y de sus orígenes, como de sus historias, se sabe bien poco.

Tampoco los historiadores locales se han preocupado en hacer un seguimiento de la labor de estas empresas elaboradoras de nuestros vinos.

Una de ellas fue la creada por el bodeguero jerezano Diego Narváez Pozo.

Desde unos inicios humildes alcanzó, a mediados de los años 60 del pasado siglo, el puesto 39 en la lista de 61 compañías exportadores, con el coeficiente medio del 0´22 por ciento.

Diego Narváez Pozo nació en Jerez el 29 de marzo de 1923.

Con 18 años se incorpora al escritorio de las bodegas Rivero. Unos años después, con la experiencia adquirida en el sector de la exportación, además de sus conocimientos administrativos, y del idioma inglés, pudo trabajar en la secretaría personal del Marqués del Mérito.

A principios de los años 60 del pasado siglo se independiza, adquiriendo al Marqués un inmueble en número 32 de la calle Clavel (en el que posteriormente abriría una conocida discoteca), y que había albergado a las bodegas Fontán.

En poco tiempo alcanza un volumen de mil botas, montado un tren de embotellado para vinos y destilados, y creando una red de agentes comerciales por toda España.

Disponía, igualmente, de una pequeña imprenta, donde él mismo diseñaba e imprimía sus etiquetas. El logo de la empresa, un venenciador formado con las iniciales D y N , fue de su propia creación.

Con una tenacidad digna de encomio se dedica a enviar muestras de vinos a potenciales clientes de Europa y América del Norte. Y todo a base de teclear cartas y cartas con su máquina de escribir.

Para esta aventura empresarial contó en todo momento con la ayuda de su hermano Manuel (tío Manolo, el Boba), que sin estar asociado a la compañía ejercía funciones de capataz general.

Diego Narváez fue también el creador de los populares locales de vino conocidos como los Pare y Beba, de los cuales llegaron a existir unos ocho, dispersos en varios puntos de la ciudad: Estancia Barrera, barriada La Plata, calle Merced, la Arboledilla, Alcubilla (Calle Puerto), Plaza Los Ángeles, etc.

El origen de este tipo de establecimientos le vino inspirado por el rótulo en inglés (stop and drink) que vió durante una sesión de cine en el Teatro Villamarta.

Para ampliar el negocio adquiere 80 aranzadas, situadas en la carretera de Trebujena, con las viñas de La Pescaera y Las Nieves, que incluía una bodega de 800 metros cuadrados, disponiendo de lagar para la prensa de la uva.

Sus hijos, Juan y Diego, se incorporan al negocio. Diego Narváez Gil, con unos 20 años, se dedicaría a viajar al extranjero para afianzar las relaciones comerciales con los clientes.

La empresa llega a tener más de 40 empleados, entre ellos Antonio Torres, Agustín Rambla, Cándido Tejero o Miguel Montero (que pasaría a bodegas Estévez).

Su actividad exportadora se centrará en diferentes países de Europa, especialmente en Holanda, Londres (Soho Wine Supply, Capital Wine Travers). En ciudades norteamericanas como Los Ángeles y Nueva York (Mutual Whole Inc., New York Flagstaff).

A pesar de las dificultades a las que enfrentaba una pequeña bodega como la suya, logró introducir sus productos en países como Suecia, Canadá y Rusia.

Para diversificar su producción crea en Lebrija la cooperativa San Vicente.

Sus marcas emblemáticas fueron el brandy Tiara, el jerez seco Banquete o el cream Laurel (en recuerdo de la pensión que regentó su madre en esa calle de Jerez), además de elaborar ginebra Old Confidence (muy consumida en los cuarteles) y el ron Monasterio.

Fue también una bodega marquista, trabajando para Pozo y Cía., Pérez Roldán, Doña Petra, y Narváez y Sucesores. Se embotellaba también para Aitoben, cadena de tiendas vasca

En los años 70, el Consejo Regulador, presionado por las grandes bodegas dicta unas nuevas condiciones para la exportación del jerez que perjudicaría a los pequeñas y medianas. En el sector comenzaron a calificar a la institución con el de 'Consejo Exterminador'.

Éstas sólo podían vender el 40% de su reserva en relación a 1.000 botas, situación que favoreció a Rumasa en su alocada expansión.

Por otro lado, la devaluación de la peseta obligó al Gobierno a incentivar con el 20% la actividad exportadora de las empresas, considerando que una caja de vino de jerez costaba de media unas 400/450 pesetas.

Rumasa, con su banco de Jerez en Amsterdam, logró venderse a si misma cajas por el precio de 2.000 pesetas, con el consiguiente beneficio del premio a la exportación que recibía del Gobierno. Ello repercutió en la calidad de los vinos.

A principios de los 80, presionado por los acreedores, Narváez se ve obligado a cerrar, tan solo le quedó su vieja máquina de escribir, con la que se había comunicado con medio mundo para difundir sus productos.

A pesar de ello, y con su hijo Diego al frente en esos momentos, mantiene la actividad bodeguera embotellando para terceros. Muchos de los botellines de propaganda del sector salieron de allí.

Durante otros años trabajó como intermediario de otros tipos de vino sin denominación de origen, como en el sector inmobiliario.

Diego Narváez fallecería el 3 de agosto del 2016. Durante muchos vivió en la barriada La Plata, en la calle Fernando de la Cuadra.

1.-Fachada actual de las que fueron bodegas Narváez.

2.-El Pare y beba de la barriada La Plata.

3.-Tarjeta publicitaria.

4.-Diego Narváez Pozo (derecha), y su hijo Diego (a la izquierda).

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