Jerez

Quebrado 0euros

  • El jerezano José Ángel Salguero es el primer particular andaluz al que la Justicia le acepta acogerse a la ley concursal, tener una familia en suspensión de pagos · Su deuda con los bancos ha crecido en cinco años de cero a cerca de los 200.000 euros

18.000

A José Ángel Salguero, un jerezano de 37 años, casado y con dos hijos de cinco y tres años, se le empezó a complicar la vida el día que tuvo que subir a recoger sus dedos de la escotilla del tanque que se los había arrancado. Miro su mano y ahí están los dedos. "Un cirujano me los colocó de nuevo. Estéticamente pasan, pero éste de aquí no tiene nervio. Son y no son dedos", explica fríamente. En aquel momento, cuando sus dedos eran dedos, José Ángel era un sargento de infantería, de los de academia. Cobraba 1.150 euros, no debía nada y aunque su vida militar le había dejado rota la nariz, los tobillos hechos trizas en un accidente de esquí, e incluso una garganta móvil, todo apuntaba a una vida tranquila estallando morteros, lanzando misiles y haciendo entrenamientos de la guerra cuerpo a cuerpo. Esa escotilla del tanque acabó con ese futuro. Empezaba la batalla en la trinchera de las sucursales bancarias. José Ángel tiene cursos de explosivos, de alta montaña. José Ángel tiene cursos de supervivencia en situaciones límite. Lo que no tenía era un curso de supervivencia en el mundo virtual de la economía aplicada y la riqueza frágil. Buuum.

"Mis secuelas son más psíquicas que físicas. Tienes que construirte una vida nueva". Compartimos una cerveza en el bar de un gran centro comercial y hay música de fanfarria alrededor, pero José Ángel sigue hablando muy bajito con unas ojeras de dormir mal que lo cubren todo. Cuenta en tono monocorde los días en el hospital, cómo en el Ejército suceden cosas de las que nadie se entera, que a él le pasó todo aquello en Córdoba con un carro de combate que no era el suyo y con un capitán que tampoco era el suyo, que "yo que soy muy activo me encontré muy joven, de un día para otro, sin nada que hacer". No es exacto. Tenía mucho que hacer. Abandonó el traje de campaña y empezó a rellenar papeles. Se le concedió una pensión del 300 por cien de su sueldo con un tope legal. Por tanto, pasó de cobrar 1.150 euros a cobrar su tope: 1.950 euros. Y se fue a Jerez. El Ejército, su aventura juvenil, su curro, se había acabado.

La invalidez permanente no le impedía trabajar. Lo hizo un tiempo como vigilante. Ganaba 600 euros y se gastaba 300 en transporte. Las cuentas no salían, pero por entonces no sabía en qué consistía la ruina. La ruina se empezó a levantar el día en el que pidió el primer préstamo. "Todo el mundo lo decía. Ve al banco. Los bancos están deseando soltar dinero". En cinco años José Ángel ha construido una ruina que tiene ceros: 190.000 euros. ¿Se los ha gastado? "¿Cómo? No, no, es una deuda que ha crecido sola". Ha crecido con los impagos, con el crédito sobre crédito. "He llegado a deber a once bancos. Me hacía la picha un lío. No sabía cuánto tenía que pagar a quién y cada dinero que metía no servía para reducir mi deuda, sino para pagar intereses e impagos. No me he sabido administar, es cierto, pero tampoco me han dejado hacerlo. Mi abogado me decía que no es que tengas el agua al cuello, es que te has metido en un pozo y el agua está varios centímetros por encima de la cabeza. Lo curioso es que hasta determinado momento los bancos seguían prestando. Presentaba la pensión y, pese a que estaba ya en todos los raids, seguían dando dinero para tapar agujeros sin fondo. Pedía para pagar".

El primer préstamo, chispas, era una cosa pequeña. 18.000 euros. Estaba con el dinero a lo justo y, entre que se arreglaban y no se arreglaban los papeles, tenía que pagar la mudanza de los muebles de Córdoba a Jerez. Una cuota de 342 euros al Banesto. Con el crédito le dieron algunas tarjetas que tenían sus límites de descubiertos en 600, 1.200 y 2.400 euros. Como la cosa se estrechaba y había bonanza pidió otros 1.200 al Barclays. 120 al mes. "No calculaba, es verdad". A cada uno de sus hijos le tocaba un colegio en un punto distinto de la ciudad y el viejo Ford Fiesta ya no daba para más. Otro crédito, 12.000 euros en Cajasur y un Hyundai en la puerta. Echaba cuentas y le salían regular. Vivía de alquiler en una casa por la que pagaba 270 euros, pero sumando letras salía la palabra asfixia. "Entonces se anunciaba mucho lo de unificar créditos. Ahí cavé mi tumba. Fui a una de esas empresas, Credit Service. Para mi sorpresa me recomendaron que me comprara una casa, que pidiera una hipoteca para englobarlo todo. Ellos eligieron un piso de 96 metros cuadrados en Las Torres. Yo hubiera cogido uno más pequeño. Ellos lo tramitaron todo cobrando la intermediación. Me vi con una hipoteca de 112.000 euros con Cajamadrid y una cuota de 800 euros. Ese piso años antes no valdría ni 50.000". A partir de ahí, las gran cascada. "Al segundo mes dije que no podía pagar. pero ya no había salida". Se acumularon más impagos, más intereses, más costas de juicios. La madeja estaba tan enredada que ya nada era suficiente. "Yo decía: o pago a los bancos o doy de comer a mis hijos. Pero no me daban escapatoria. Paga, paga. Había llegado a un punto en que en cuotas, mensualmente, tenía que pagar 2.044 euros, 300 euros más de lo que ingresaba". Un abogado aportó una solución: "Suspensión de pagos". El trámite ha llevado año y medio de burocracia. En septiembre se aceptó su insolvencia, en diciembre se comunicó a los bancos que detuvieran los procedimientos. José Ángel tiene ahora un administrador concursal, su tutor. Mil euros para él y el resto para la deuda. En cinco años espera que el agua esté por debajo del cuello. "Pagaré mis errores comiendo pan con manteca, pero saldré y no pediré un crédito nada más que para mi entierro". El piso que no eligió será embargado, vivirá de alquiler y, si es posible, "no pisaré más un banco".

Y así acaba esta historia que, más o menos, explica lo que es la crisis financiera mundial.

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