Revisar los niveles

Educación

DMG.
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Juan Carlos González García

08 de octubre 2019 - 05:06

Tenemos la moral por los suelos, diría hoy el profesor Aranguren. Vivimos entre el desencanto y la desmoralización, “la pérdida de confianza en la empresa del quehacer colectivo, que trasciende el personal de cada uno de nosotros”, aclaraba en “De ética y de moral”. Y esa es hoy la palabra clave, confianza.

Hemos pasado de la indignación al desánimo. Nos invade una terrible desgana moral, una desidia cívica. Ya no confiamos en las palabras de nuestros representantes ni en nuestra capacidad para transformar la realidad. Si los cimientos éticos y políticos se erosionan, la ruina puede llegar a ser incluso existencial: “Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida, y por ello no crea, no fecunda, no hinche su destino”, explicaba Ortega y Gasset en “Por qué he escrito El hombre a la defensiva”.

Nos urge levantar la moral de la ciudadanía… El problema es que tampoco sabemos a quién corresponde hoy esa tarea. Ignoramos por dónde empezar. Descartados los políticos, de momento, habrá que mirar hacia otro lado para encontrar verdaderos animadores morales. A lo mejor son los intelectuales, profesores, científicos, artistas, periodistas, panaderos, médicos, agricultores, deportistas… Tampoco los docentes tenemos claro cómo se puede recuperar esa confianza, con qué métodos y contenidos. Cuando insistimos en la importancia del diálogo y los consensos en los parlamentos… Cuando decimos que en política el bien común ha de estar por encima de los intereses particulares… Nos topamos con un muro de sospecha y rechazo.

Desde un punto de vista realista y pragmático, quizás sea cierto que nuestras democracias funcionan a pesar del desencanto y la desmoralización de sus ciudadanos. La abstención es preocupante, nos dicen, pero no paraliza la maquinaria procedimental. Las consideraciones éticas de los ciudadanos están en segundo plano, como un adorno. De hecho, el entusiasmo ético puede llegar a convertirse en un estorbo… El nivel de conciencia cívica tiene un máximo, insinúan. Si el ciudadano lo sobrepasa, pone en cuestión las normas del sistema. Se vuelve un revolucionario… ¿Es necesario un mínimo de compromiso moral con las instituciones? Imaginemos un partido de baloncesto en el que los jugadores desconfían de todo, de las reglas, de la autoridad de los árbitros, de su propio entrenador, de su club… Este nihilismo deportivo convertiría el juego en un mero mecanismo sin sentido.

Las causas del desánimo político son bastante conocidas. Para Francisco Fernández Buey (“Ética y filosofía política”), la tecnificación y la mercantilización de los partidos han conducido a que funcionen como oligarquías. Todos los partidos son maquinarias electorales al servicio de un líder. Y las nuevas formaciones tardan muy poco tiempo en imitar a las viejas. La ciudadanía siente que su voto no sirve para nada y aumenta la abstención. Además, esta crisis de representación afecta sobre todo a los de abajo, a los excluidos del sistema, a los que viven en precario.

A estas alturas, la confianza moral ya no se recupera con promesas, sino con reformas estructurales. Ya son demasiadas las promesas incumplidas por la democracia representativa. A no ser, claro, que el objetivo consista en mantenernos en la apatía política, para no molestar. Esas reformas nos remiten al problema de la esencia de la democracia, a pensar qué debería ser de verdad y a mejorarla. Para animar a la ciudadanía es preciso crear nuevos cauces participativos. Los niveles de compromiso ético con la democracia solo se recuperarán profundizando en ella. Ni votar ni pertenecer a un partido político son suficientes. Cuesta convencer a la gente de que ir a votar es bueno, que es un derecho democrático y, quizás, un deber. Uno no se siente con fuerza moral para animar a los demás a formar parte de un partido político… Es cierto que nos quedan las asociaciones. Se puede hacer una gran labor cívica en ellas, pero no generan cambios legislativos de forma directa. Necesitamos inventar mecanismos intermedios en los que el ciudadano pueda desplegar su racionalidad práctica. ¡A pensar!

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