Patrimonio

Salud eterna

  • La prestigiosa restauradora Paz Barbero rescata el Cristo de la Salud de Santo Domingo del siglo XVI

  • Su presentación oficial será en septiembre

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Salud eterna

Paz es una experta en escuchar. Lo sabe el Cristo de la Salud. Le cuenta que hoy respira mejor gracias a ella, que ha vivido muchos años, desde el siglo XVI, pero que el peso de la historia es ahora más ligero. Porque a Paz Barbero no le tiembla el pulso a la hora de restaurar. Bisturí, mucho control y sabiduría le están dando a la obra una nueva vida. Este Diario tiene el privilegio de entrar en su taller de campaña, in situ, en la propia iglesia de Santo Domingo, en la capilla donde se ubica la pieza. Allí, tumbado, iluminado por luces especiales y refrescado por ventiladores, el Señor 'se deja' llevar. Una restauración, iniciativa de los padres dominicos que cuenta con el patrocinio del Palacio Domecq y cuyo resultado final se presentará el próximo mes de septiembre.

Esta experta restauradora de obras de arte se ha criado desde niña en talleres de imagineros. Su bisabuela y abuelo lo eran, y su padre, el conocido José Barbero Gor, fallecido el pasado año, era escultor y restaurador, uno de los pioneros del Instituto Central de Restauración de Madrid. Formada con los mejores maestros, le avalan décadas de trabajo y grandes resultados, como el jerezano Cristo del Silencio y el retablo del Sagrario, ambos de San Miguel, o la Virgen del Mayor Dolor de San Dionisio y la Virgen de la Ermita de Guía, entre otras, como temas de antropología en González Byass. Su marido, el pintor y catedrático Manuel Ruiz Ortega, le acompaña en esta nueva aventura.

Una restauración que se inició el pasado mes de abril, de un cristo del siglo XVI cuya importancia radica, no sólo en su antigüedad, sino en la técnica de ejecución, "porque en vez de en madera, está realizado con pasta de caña de maíz. Se conservan muy pocos por la fragilidad del material. Una técnica que empleaban en las Indias para hacer sus ídolos, santos y demás. La adoptaron los franciscanos y dominicos, ya que la veían como algo muy práctico porque es ligera de transportar. A los indígenas se les enseña nuestra imaginería para que aplicaran dicha técnica", explica Barbero. Así, machacaban la caña del maíz y la aglutinaban con la baba del nopal y hierbas venenosas para que no fuera atacada por insectos. "Se hacía una pasta, así que lo que tenemos aquí no es una talla sino una escultura modelada", apunta.

Hueca por todo su interior, conserva restos de su policromía original de sus intervenciones a lo largo de la historia. "Es una pieza muy antigua y no vino directamente a Jerez, sino que se paseó muchos años y, entre medias, tengo la teoría de que entre puerto y puerto le dieron una mano de pintura. De hecho, le hemos contado cinco capas de policromía, que son restos, porque hay que diferenciar entre repinte y repolicromía: lo primero es un efecto de color tosco para ocultar un desperfecto, y lo segundo es cuando ya se atreven con toda la superficie". Y claro, el restaurador se pregunta, ¿cuál saco de esas cinco repolicromías? "No es difícil en este caso porque previamente se hacen unos estudios de catas en los que se valoran el tanto por ciento aproximado que hay de cada estrato. Ha aparecido un poco del XVI, pero se ha determinado sacar la que está inmediatamente debajo de la que se aprecia, más bonita, mejor, que creemos que debe ser de principios del XVIII y que es la que está más entera y la que cubre más la superficie. De hecho, se basa bastante en la que hay debajo". Para levantar una repolicromía hay que justificarlo, tener una amplia experiencia y conocimiento. Barbero recuerda que a veces las policromías, "se hacían solo por cuestiones de moda o situaciones, así, por ejemplo, durante la peste que se pintaban de blanco, o para ocultar el oro y la riqueza durante la guerra, u otras que las han pintado para que parezcan piedra".

Pero antes de ponerse manos a la obra, la restauradora realiza un estudio previo del estado de conservación, el tipo de patologías, las causas, una propuesta de intervención y la valoración económica. "Cuando se inicia el trabajo, la pieza empieza a hablarte y tienes que saber escuchar. La pieza te va diciendo lo que quiere que le vayas haciendo", confiesa Barbero, algo que aprendió de su padre y con quien asegura que también 'habla' mientras trabaja, es su guía.

En este caso, se han hecho estudios del soporte, que tenía numerosas fisuras y grietas, realizado con pasta de caña de maíz y madera que son las manos y los pies, estos últimos estaban destruidos por un insecto. La zona de la axila estaba totalmente desprendida. También se muestra el enlienzado sobre el que se policroma. Luego está la base de preparación y la policromía. "El estado de conservación era lamentable. Aparentemente no parecía intervenida. No contaba con que en un grosor muy pequeño había cinco policromías. Se han realizado estudios con fotografías para recoger más datos sobre la obra, como restos de oro debajo de los paños de pureza. Un estudio radiológico para comprobar la estructura interna, si hay alguna fractura, el grado de oquedad, y comprobar si hay algún tipo de manuscrito o documento, ya que los escultores no firman como un pintor. En este caso no hay", detalla. Con luz ultravioleta, lo que se aprecian son los repintes, no las repolicromías. Al estar hueco, por un orificio del paño de pureza se hizo también una vídeoendoscopia para ver cómo está hecho el cristo, cómo se sujetan esculturas tan grandes. "Toda información que saquemos es importantísima porque de estos cristos se sabe tan poco...".

Todo este proceso está plasmado en el panel que cierra la zona de trabajo de la restauradora, para información del interesado. El taller de campaña está en la misma iglesia, "porque aquí, esta tranquilidad me permite concentrarme mucho, a pesar de que cuento con mi propio estudio". Paz se guía por los horarios de las misas para no perder la noción del tiempo, pero aún así, se le van las horas junto al Cristo.

Así, el trabajo se inicia con la retirada del estrato de polvo superficial de manera muy controlada, luego se fija y se consolida todo para poder trabajar. "Los criterios en restauración tienen que ser muy flexibles y apropiados siempre dependiendo de la finalidad que va a tener la obra: si va a ser para museo, para particular, para culto o procesional". "Antes de empezar -añade- vimos que los brazos estaban partidos, hubo que desmontar y volver a macizar y había fracturas en los dedos. Pero lo peor, más delicado y grave era la policromía, retirar la capa que había que quitar. Para asegurarnos hicimos un estudio de catas en diferentes zonas estratégicas para ver lo que hay, cómo se va a eliminar, cómo y en qué grado. Lo que me gusta siempre de una restauración es que la historia y el paso del tiempo en una obra de arte deben ser respetados al máximo. Nos regimos por la Carta del Restauro, es decir, utilizamos materiales lo más parecido posible al original, reversibles, y no creamos falsos históricos. Mi intervención tiene que quedar lo más anónima y documentada posible". Y así será, todo quedará documentado en la memoria que se le entregará a los frailes.

"Un cristo muy racial, con rasgos indígenas", que visto de cerca tiene aún más belleza. "Esto es rescatar una obra de arte", se enorgullece Barbero. Salud para 500 años más.

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