Jerez

Vidas talladas bajo tierra

  • Visita a una de las canteras de la Sierra San Cristóbal con vecinos que durante años han residido en ellas

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Arregla sus plantas con mimo. Junto a él, varios perros se acercan a la verja alertando con sus ladridos de una visita extraña. La casa levantada con sus manos muestra el trabajo de años, la dedicación por conseguir un hogar humilde rodeado de rosales, "la corona de Dios", dice. De repente, una joven le pregunta por las cuevas de San Cristóbal, levanta la vista de sus tierras y esboza una pequeña sonrisa: "Yo te las enseño".

Paco se quiere esconder bajo un sombrero blanco, pero sabe que no pasa desapercibido. Con barba descuidada y la melena recogida en una coleta, conoce perfectamente la mejor entrada, aunque en un principio parece que no quiere desvelar todo lo que sabe. Poco a poco. Así mantiene el interés de quienes le acompañan. Camina entre la maleza abriendo el paso a una comitiva más acostumbrada al asfalto que a la tierra mojada, y así, en cuestión de segundos, la temperatura baja varios grados. Ya estamos dentro. "Mira, mira, anda que esto no es una maravilla. Fíjate en esas raíces, parecen serpientes de madera", señala mientras las toca. Se mueve como pez en el agua, y no es para menos, durante años vivió solo en una minúscula gruta de San Cristóbal.

Gallego de nacimiento, jerezano de corazón y un superviviente por obligación. No recuerda las veces que tuvo que ir andando desde su casa subterránea a El Puerto para pasar un rato con su novia, hoy ya su mujer. Con los ojos vendados conocería cada metro de la sierra y es que de ella, de la sierra, se alimentó durante años. "Al principio comía lo que me encontraba, hasta que una vez una lagartija me miró y ya no pude comerme ningún ser vivo", recuerda entre risas. Y se pasó a los cocidos, sí a los cocidos. Junto a la entrada de su oscura habitación dentro de la cueva, una gotera le proporcionaba agua con los que hacía unos potajes para chuparse los dedos, "los mejores que uno se puede comer. Dejaba por la mañana un barreño, durante el día se llenaba y por la noche cocinaba sobre un fuego que encendía. No necesitaba más".

Se acostumbró a vivir en la oscuridad y en el más profundo silencio. Así lo quiso. "Quería ser un 'ciego' para potenciar otros sentidos que viviendo en una ciudad están dormidos. Era una paz que muchos desearían", comenta mientras avanza en este subterráneo del siglo XIII.

De estas canteras salieron en su día piedras para la Catedral de Sevilla y la de Jerez, fueron río arriba hacia el Parlamento andaluz y siguen siendo testigos del paso del tiempo desde la fachada de algunos palacetes jerezanos y portuense. Historia viva, tallada a base de pico y pala y de la que parece que todo el mundo se ha olvidado. Menos él.

"Mira que cosa más bien trabajada. La de horas que se tirarían esos hombres bajo tierra para conseguir esto tan grandioso. Es una maravilla", declara Paco. Durante años, los ayuntamientos de El Puerto y el de Jerez se 'enfrentaron' por la propiedad y derecho a la expropiación de las canteras, que finalmente recayó en el portuense. En 1930 este Ayuntamiento patrocinó un proyecto para la explotación turística de esta joya bajo tierra, pero con la República el documento se quedó sólo en eso, en papeles.

Ajeno a los proyectos de los que se sientan en sillón de cuero, Paco disfruta aún de los encantos de la cantera. Mientras recorre cada rincón va señalando con su dedo lo que él considera más curioso. Una escalera que no lleva a ningún sitio, inscripciones de 1676, pequeños boquetes en la pared a modo de estanterías, y no puede evitar fruncir el ceño cuando contempla la pared pintada por grafitis y una montaña de basura, en la que hay hasta un bidé y neumáticos destrozados, que "la mala gente" tira desde la carretera a un ojo abierto de la cueva.

El reducido boquete dentro de esta cantera no fue su único refugio en San Cristóbal. Animado por esta inesperada 'excursión', sale de ella y la bordea hasta llegar a otra entrada. Con aspecto de caverna, Paco se sorprende de que aún está en pie la pequeña cocina de piedra ante la que pasó horas y horas, y ante la dura cama en la que durmió días y días. "Puse mi vallita con cantos para delimitar la casa y en otro barreño que tuve, lo llené de agua y ahí vivía mi mascota", su pato 'patuto'.

Con aires de filósofo y con la piel curtida por duros, muy duros, momentos de su vida, Paco continúa la que ya se ha convertido en su 'ruta espiritual'. "No me da miedo la oscuridad, ni el campo abierto. Lo que me da miedo son las personas. Cuanto más gente hay a tu alrededor, más solo está uno", declara casi en susurro mientras dice de nuevo adiós a 'su' cueva.

Fuera ya de estas estructuras -"puro arte moderno", para el desaparecido arquitecto canario César Manrique-, la barriada de San Cristóbal también guarda sus historias. Juan Pulido ha soplado las velas de su 86 cumpleaños, y desde hace 84 vive en esta sierra. Quizás sea el vecino más antiguo de la popular barriada y por ello, la puerta de su casa se abre para también contar cómo vivió en las canteras. "Dormías unas siestas impresionantes, no había día que no tuvieras que echarte la mantita por encima a pesar de los 40 grados que hacía fuera. Se vivía mejor que en cualquier lado, vamos, que ni las tormentas se escuchaban. Esto, aunque la gente no se lo crea, era calidad de vida", relata Juan.

Durante 23 años se levantó entre piedras, en un hogar que los canteros le habilitaron a cambio de los cantos que de allí sacaran y por 15 antiguas pesetas. Antes que él, vivió su abuelo, un señor que tenía en Jerez una tienda de bebida, "cuando la gaseosa venía con un bolindre", dice riéndose.

Sus vecinos fueron dejando sus cuevas y construyéndose casas de ladrillo. Al final, él también lo hizo y a pesar de las comodidades que tiene ahora, en su relato se entrevé la añoranza por aquellos años. "El cambio tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas. Por ejemplo, ahora se paga mucho (impuestos) y no se tiene de ná", critica Pulido.

Camino abajo se llega a la casa de Francisco Corchado. Un rebaño de ovejas pasta a un lado de la calzada, al otro, de nuevo los perros hacen de timbre. Con el cigarro en la mano y parco en palabras, Francisco muestra las entradas a la cueva que se encuentran en el perímetro de su vivienda, lugar en el que reside desde hace más de 20 años. En forma de media luna, cada acceso cumple una función: hasta hace unos días, una de estas 'mini' cuevas con suelo de barro era para el ganado; en otra, guarda los materiales de arar el campo; y en la tercera, una 'alfombra' de zanahorias que espera a ser guisada. "Aquí el ganao está muy bien porque la temperatura es agradable y está cubierto. Hombre, creo que antes de que estén abandonadas, es mejor darle un uso", señala el vecino.

Ya en 2008 el responsable del yacimiento de Doña Blanca, Diego Ruiz Mata, puso sobre la mesa un proyecto completo para estas canteras en el marco del parque cultural del Castillo de Doña Blanca. La iniciativa se basaba en la investigación, difusión, proyección socioeconómica y creación de empleo. "Si el pasado nos ha legado esto, o lo invertimos en el presente en términos sociales, culturales y económicos, o no hacemos nada y dejamos que se hunda", declaró en 2008 Ruiz Mata. Parece que finalmente se ha 'apostado' por dejarlo morir. Una pena, porque como dice el Paco: "Dicen que al morir uno va al cielo, pero lo que no se dan cuenta, es que esto ya es el cielo".

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