El año del gran Ruskin

El perfil

Pedro Domecq cimentaba su negocio en 1815 con el mejor vendedor de vinos de Londres.

El año del gran Ruskin
El año del gran Ruskin
Juan P. Simó

Jerez, 18 de enero 2015 - 01:00

Hace muchos, muchos años, un agente de venta de vinos de Edimburgo, un rico millonario inglés aficionado a los caballos y un vinatero francés dan el primer paso de lo que, con el tiempo, se convertirá en la casa más internacional del Marco de Jerez. Aquellos hombres, claro está, fueron John James Ruskin, Henry Telford y, por supuesto, el brillante Pedro Domecq Lembeye, un héroe para García Lorca y casi un Dios a los ojos de los gitanos. Estamos en Londres en 1815. En un local de la calle Billiter II nace la nueva empresa Ruskin, Telford & Domecq, una minúscula semilla de ese gran gigante que condicionó, durante dos siglos, la vida económica y social de la ciudad y que, lastimosamente, pierde su nombre en un complejo maremágnum de todopoderosas compañías de bebidas que no hay manera de ponerlas en el mapa. Hoy día, sólo dos de sus choznos mantienen en alto la bandera con el lema que a todo Domecq obliga su apellido: Alvarito sigue con su negocio en la antigua bodeguita de Pilar Aranda mientras su primo Miguel mantiene sus intereses en 'Entrechuelos'.

Pero quiero hablar de Ruskin, del gran John James Ruskin, quizás un personaje algo olvidado pero que, con su enorme perspicacia, fue providencial en el desarrollo de la compañía. Pero, ¿quién es Ruskin?

Habrá que situarse en la City de principios del XIX. El aprendiz Ruskin trabaja mal pagado y sin un solo día de descanso en 1808 en Gordon, Murphy & Co., la firma los tres 'socios principescos', como llama J. Jeffs: Sir William Gordon, el coronel Murphy y James Farrell. Pero sus iniciativas eran tan audaces que Ruskin pensó que aquello no podría durar mucho y decidió que lo mejor era empezar por su cuenta. Era 1813.

Es entonces cuando Pedro Domecq, por encargo de su tío Juan Carlos Haurie, 'caza' a Ruskin como nuevo agente. Pedro había trabajado años antes en Londres para conocer el lado extranjero del negocio. Y en Gordon, Murphy & Co. pudo conocer por vez primera al agente. En 1814 los dos hombres vuelven a encontrarse y forman la sociedad con Henry Telford. Formaban un trío perfecto: Ruskin ponía la inteligencia, Telford el dinero y Domecq el vino. Fue tal éxito que tuvieron que al poco tiempo Ruskin y Domecq eran incluso más ricos que Telford y las exportaciones de Haurie pronto aumentaron de veinte a tres mil botas al año. Pero cuando Haurie cayó en la ruina, Pedro se encargó de restablecer toda la fortuna de la casa hasta poder comerciar con el nombre Domecq.

Estaba claro que al de Edimburgo no había manera de hacerle sombra en su trabajo de agente. Los negociantes se lo rifaban. En sus listados siempre incluía jereces de todo tipo y edad e incluso un vino venerable cuya bota costaba mil libras. Se cuenta que en 1856 envía una carta a Thomas Phillips, de Birmingham, en la que le promete suministrarle un vino excelente para la boda de su hija. Se trataba de una pinta de jerez extraído de un 'barril con el que solíamos abastecer a lord Nelson antes de la batalla de Trafalgar". Su negocio era bastante lucrativo y, a su muerte, dejó una curiosa fortuna de 200.000 libras.

En 1821, Ruskin había casado con su prima Margaret Cock, o mejor, Cox, que le dio un único hijo, de nombre John, que llegó a convertirse en afamado escritor, asceta y crítico literario y, aunque su fama fuera mayor, no ensombrece para nada las virtudes que hicieron de su padre el exportador de vinos más importante de su época.

El interés del niño John por la arquitectura y el paisaje surgieron cuando viajaba con su padre por toda Inglaterra visitando a los vinateros y gracias a sus lecciones se convirtió en uno de los propagandistas más valiosos del momento. Al morir Ruskin, John le puso este epitafio: 'Fue un comerciante completamente honesto y su recuerdo es para todos tanto de afecto como beneficioso. Su hijo, al que él quería en grado extremo y a quien enseñó a decir la verdad, dice esto de él'.

En una ocasión, Ruskin padre visitó Jerez y aquí vio toda la desolación del país devastado por la guerra con los franceses. A su regreso a Londres, describía a su hijo las experiencias del viaje, que él plasmaba en negro sobre blanco, como aquellos versos infantiles sobre la situación de Macharnudo:

'Ay, me llena de dolor / Ver que no había esperanza de fruto /Porque los insectos se comían las hojas/ y los gusanos la raíz./

Abandonadas durante muchos años. / Colgaban sin podar y sin cuidar / El follaje seco y marchito. / Y las viñas parecían tristes al sol.

'Ningún vino había logrado alcanzar mucha edad aquí / Era un vino joven, amargo, muerto / ¡Oh! Aquí no se oía la voz del aforador: / Ni el ruido de los pasos del arrumbador'.

Pero Pedro Domecq le inspiraba confianza:

'Viene para ser el que levante / Bodegas sobre bodegas con un guiño / Viene, para convertir el vino en néctar / Viene, para que las naciones lo puedan beber'.

Y cuando escribió Praeterita, lo recordaba con claridad:

'Don Pedro Domecq era... un hombre de honor extremadamente estricto y de carácter amable... (...) Vivía principalmente en París y visitaba muy pocas veces su propiedad española. Y, sin embargo, conocía a la perfección los métodos de cultivo apropiados y poseía autoridad sobre sus empleados, casi como la de un jefe sobre su banda. Mantenía la calidad de los vinos en el nivel más alto posible y dejaba que mi padre dirigiese todas las cuestiones concernientes a la venta'.

Pero su admiración no se quedaba en las cualidades de don Pedro, porque Ruskin estaba mucho más interesado en Adèle-Clotilde, una de las cinco hijas que le dio Diana Lancaster de Bermondsey al patriarca de los Domecq. El hombre se obstinó, pero Adéle le rechazó hasta el punto de romperle el corazón. Dijo una vez que tardó cuatro años en recuperarse, pero probablemente no lo consiguiera nunca. Hay infinidad de poemas que Ruskin escribe a su querida Adéle, aunque nunca logró que cambiara de opinión; finalmente, las cinco niñas, muy hermosas todas, casaron con miembros de la burguesía francesa.

A John Ruskin le debemos más al margen de sus versos. Empapado por su padre, también dedicó su talento a la defensa del vino de Jerez: "Considero justo y tolerable -escribió una vez- beber vino de Jerez desde que nace el sol hasta que se pone".

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