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40 años de la radiografía jerezana de Manuel Barbadillo

Los libros no funcionan con pilas. Los libros no sufren apagones. No envejecen casi nunca sino más bien suelen mantenerse actuales y hasta rejuvenecen al abrigo de su naturaleza visionaria. En los libros subyace la comunicación más directa (se ahorran los códigos del lenguaje no verbal). Henry Miller, en su colosal obra ‘Los libros de mi vida’, asegura que “cuanto más escribo, más comprendo lo que otros tratan de decirme en sus libros”. Tan es así que el autor de ‘Trópico de Cáncer’, ya en el arco iris de la edad, octogenario lúcido, decidió escribir la trilogía ‘El libro de mis amigos’ -otro título harto recomendable con traducción de Rafael Andreu y Gracia Rodríguez-.

Si bien el tiempo devasta el mapamundi del vecindario de una calle local o de un barrio típicamente jerezano, los libros -y me refiero ahora a libros de temática jerezana-, por el contrario, pese al degaste de sus cubiertas y al color por veces más amarillento de las paginas, sostienen vivos no sólo a sus autores sino también a los protagonistas reales -de haberlos- de sus respectivos contenidos. Es el caso que hoy traigo a colación sosteniendo una tarta de cumpleaños de cuarenta velas. Se trató en su momento de un trabajo de pretensión modesta, estrictamente local, cuyo alcance sin embargo constituye todo un censo de la más representativa jerezanía de la época. Cuarenta años, sí, cumple el ensayo de Manuel Barbadillo que, bajo el paraguas de la colección ‘Provincia de Cádiz. Sus pueblos y sus gentes’, fue bautizado en el frontispicio de su portada como ‘Jerez de la Frontera en el año 1980’. Editado ese mismo año por Sexta S.A., responde a una sucesión de entrevistas breves con personas “dignas de aparecer aquí” pues representaban, grosso modo, la sociedad jerezana de aquel prometedor año de 1980, tan heteróclito a nivel nacional y tan aperturista asimismo en todos los sentidos.

Resulta curioso repasar el censo seleccionado y entrevistado por Barbadillo. Adentrarse en la sociología del Jerez de la Santa Transición pasa ahora necesariamente por leer de cabo a rabo las más de quinientas páginas de estas respuestas con sabor a época. Desde periodistas como Manuel Liaño, Manuel Martínez Arce, Enrique Falcón, Andrés Luis Cañadas, locutores tales Pepe Marín, Antonio Moure o Ángel Maza, a escritores de la talla de Serafín Rodríguez de Molina Delgado y Manuel Ríos Ruiz, el presidente del Jerez Industrial Pedro González de la Calle, el “poeta popular y exnovillero” José González Moreno ‘Pepillo’, el doctor en Filología Románica Manuel Ruiz Lagos, el restaurador José Guerra, el abogado Ramón García de Pelayo, el ingeniero de Montes Pascual Caputto, el “radiofonista” Manolo Yélamo, el portero de teatro Atanasio Lebrón, el director de la ‘Venta de los Naranjos’ Antonio García Archidona, el encargado del Parque Zoológico José Jesús Bela, el hermano Adrián del Cerro, los fotógrafos Eduardo Pereiras y Manuel Pielfort, el director del Banco Hispano Americano Ramón Palau, el marianista Víctor Herce, el franciscano Esteban Ibáñez, los médicos José Juan Arcas o Manuel Maraver o José Luis Ruiz-Badanelli. O el radiofonista y corresponsal de ABC Jerónimo Roldán o “el vendedor de cupones de ciego” José Sibajas o el auxiliar de Farmacia Luis Mateos… Vicenta Guerra, Francisco Almagro, José Manuel Caballero Bonald, entre decenas y decenas de referencias que, por razón de espacio, omito. Un libro interesante. Un libro vigente. A las pruebas de dos entrecomillados de Paco Bejarano me remito. Ante la pregunta de cuál es el defecto más acusado de los jerezanos, el escritor responde en 1980: “la indiferencia frente a cosas fundamentales”. Y, al respecto de los problemas que pesan sobre la ciudad, “el descuido total en que se halla el Jerez antiguo”. ¿Tan lejos, tan cerca? Cuarenta años, para la ciudad, no son nada. Aquí, en determinados aspectos -y como ya anticipara el mismísimo Julio Iglesias-, la vida sigue igual.

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