Jerez

El bodeguero que salvó El Alcázar

  • Los hermanos Díez y Pérez de Muñoz eran jerezanos, pero comenzaron su negocio vinatero en Francia Salvador luchó con los carlistas y trabajó en el vino desde el exilio

Es el mundo al revés. Sabíamos de aquellos aristócratas franceses que se instalaron en Jerez para hacer fortuna con el vino huyendo de las persecuciones revolucionarias, pero nunca a la inversa. Hablamos, para el profano, de la impresionante existencia de los hermanos Díez y Pérez de Muñoz, creadores de la empresa orgullo de la familia que, en el pasado más reciente, recordamos todos como 'Díez-Mérito'.

La intensa vida familiar de los Díez es prolija, plagada de grandes apellidos y hechos que llenarían páginas enteras, por lo que me limitaré a desentrañar, en lo que el espacio permita, la incansable labor del fundador de la compañía, Salvador Díez y Pérez de Muñoz, que creó el negocio de la nada, y la contribución de sus hermanos varones en la compañía vinatera.

Salvador Díez (Jerez, 1858-1939) fue uno de los diez hijos que Rafaela Pérez de Muñoz y Duque dio a José María Díez y Fernández de la Somera. Y no parece -escribió Jesús de las Cuevas en la biografía familiar que ahora distribuye entre familia y amigos Bartolomé Vergara- sino que ese número figura como una constante. Diez fueron también los Díez Catalán, el primogénito Manuel, el bisabuelo; diez los hermanos Díez y Fernández de la Somera; diez serán los hijos que tuvo Salvador Díez y Pérez de Muñoz -uno de ellos, Ramón, murió prematuramente- y diez los que pervivieron de su hijo mayor, Salvador Díez Gutiérrez, futuros socios de "Díez Hermanos, SA. Uno, piensa así que ese diez de los Díez es así como una garantía del éxito que alcanzaron en el pasado y del que sueñan obtener en el futuro.

Cuando Salvador viene al mundo, Jerez atravesaba por uno de sus momentos más prósperos. El Salvador de pantalones cortos recibió una férrea formación religiosa, guía y norte de su vida. Es educado en los Escolapios de Sanlúcar y, poco después, con los Jesuitas, ya instalados en la plaza Rivero.

Esa prosperidad se vio después empañada por un sinfín de inquietudes y agitaciones políticas extremas y en medio de ese sectarismo y desorden desatado, el Carlismo -Dios, Patria y Rey- representaba el 'flotador' de los valores morales y religiosos, como posiblemente se había imbuido entre los Escolapios o los consejos del director espiritual de su madre.

En 1847, Salvador se alista en el ejército carlista junto a su hermano Manuel, ingresando en la Academia de Artillería de Azpeitia. Prestó servicios como oficial de Artillería en una batería de montaña y entró en combate en el Valle de Mena. Cuando llegó la disolución del ejército carlista, Salvador se encontraba batallando contra los liberales en Abadiano, cubriendo la retirada de la Infantería. Con el advenimiento de la monarquía, todo se vino abajo. Alfonso XII les ofrece dos alternativas a los vencidos: pasarse al bando de los liberales o emigrar a Francia.

A los 18 años encontramos a un Salvador ya instalado en Bayona, Cuenta Antonio Mariscal Trujillo que en una carta fechada el 30 de mayo de 1876 pide a su padre José María que le envíe "buen y viejo vino de Jerez". El primer envío debió gustar, y mucho, a los franceses. Repite el pedido y las primeras remesas de cien pequeños barriles de una arroba se amplían y amplían. Aquello prosperó. Salvador marcha luego a Marsella. Ese mismo año, verá la luz la compañía 'Díez Hermanos'. El esfuerzo y constante trabajo de Salvador, a quien ya ayuda su hermano Manuel y más tarde Pedro, hace que la sociedad multiplique sus ventas, que la Casa Central de Jerez creciera en importancia y que, con los años, 'Díez Hermanos' se convirtiera en difícil competidor para los grandes exportadores hasta alcanzar el primer lugar.

A su vuelta a Jerez, Salvador adquirió las soleras de Ysasi y Cía., consolidando de esta forma la compañía, que llega a figurar entre las más importantes de Jerez.

Pero no deberíamos olvidar la labor de Salvador por el patrimonio local. Nuestro primer monumento, El Alcázar, se caía. Y su estado ruinoso a finales del XIX -cuando fue abandonado por los duques de San Lorenzo-. requería una urgente actuación. Hombre decidido, compró el recinto y cargó con su restauración. Un homenaje recordó hace dos años este gesto. También salvó del olvido los Claustros de Santo Domingo, deshabitado por los frailes desde tiempos de la desamortización.

Mucho queda en el tintero de tan singular familia: la curiosa vida de su hermano Pedro, que fundó la Cámara de Comercio de España en París, su emprendedor abuelo José Díez Imbrechts, o su tío Luis, gran hombre, que hizo el cuarto 'camino de hierro' del país, uniendo Jerez y Matagorda, personajes todos que merecerían capítulo aparte. De momento, estas apetitosas líneas sobre una familia simpar.

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