El breve instante donde podemos ser

Educación enero 2026 | Psicología

Decidimos cómo responder.
Decidimos cómo responder. / Domingo Martínez González
Marina Ramos Rivelott
- mramos_rivelott@hotmail.com

13 de enero 2026 - 04:08

Hay una franja de tiempo tan breve que suele pasar desapercibida. No se mide en minutos ni siquiera en segundos. Es un espacio casi invisible, pero determinante. En esa franja decidimos cómo responder. Qué decir. Qué hacer. O qué no hacer.

Hace unas semanas ocurrió un hecho muy triste, un padre ‘perdió la paciencia’ con su hija de cinco años y le pegó, pero ‘se le fue la mano’. Cuando la madre llevó a la niña al hospital, se activó el protocolo habitual: exploración, parte de lesiones, informe médico. Lo que vino después ya no fue clínico, sino vital.

No me detengo en los detalles del hecho porque no es ahí donde quiero poner la mirada. Tampoco en las consecuencias legales, que son graves y evidentes -ese segundo gesto- ha cambiado sus vidas para siempre.

Pero más allá del caso concreto, hay algo que me interesa subrayar: nadie actúa sin pasar antes por esa franja. Nadie. Entre la emoción y la conducta siempre existe un margen. A veces diminuto, sí. Pero real.

Ese margen es el lugar donde decidimos qué estamos dispuestos a sostener… y qué precio estamos dispuestos a pagar.

Porque toda acción tiene un coste. Siempre. Hay costes visibles -una denuncia, una pérdida de estatus, una ruptura- y otros más silenciosos: la imagen que tendremos de nosotros mismos, el recuerdo que dejaremos en quien nos mira, la huella que imprimimos en una vida que depende de nosotros.

Muchas personas justifican sus actos diciendo: “No pude controlarme”. Y es cierto que hay emociones intensas, historias personales complejas, cansancio, heridas no resueltas. Todo eso es verdad. Pero también lo es que entre sentir y actuar hubo un instante en el que se pudo elegir otra cosa. Gritar en vez de golpear. Salir de la habitación. Pedir ayuda. Callar. No tocar.

Ese instante es incómodo porque nos devuelve la responsabilidad. Nos obliga a admitir que no solo reaccionamos: elegimos quiénes somos. Y decidir implica aceptar consecuencias.

Educar -a un hijo, a un alumno, a un paciente, a uno mismo- no es eliminar las emociones difíciles. Es aprender a habitar ese margen siendo lo mejor que podemos ser. A reconocerlo. A ensancharlo y engrandecerlo. A saber que, incluso cuando el impulso aprieta, seguimos siendo responsables de lo que hacemos con él.

La verdadera madurez emocional no consiste en no sentir rabia, frustración o miedo. Consiste en saber qué no estamos dispuestos a hacer, porque nos conocemos, aunque la emoción nos empuje. Y en asumir que cada vez que cruzamos esa línea, algo se rompe. A veces fuera. A veces dentro. A veces para siempre.

Ese segundo lo cambia todo.

Porque en él no solo decidimos cómo actuar.

Decidimos quiénes somos.

stats