jeREZ EN EL RECUERDO

Por los cerros de Picadueñas

  • Desde muy antiguo es conocido este pago jerezano como Picadueñas. Ya desde 1.589 aparece en los registros con este nombre

Picadueñas

Desde muy antiguo es conocido este pago jerezano como Picadueñas. Ya desde 1.589, según nos cuenta el ínclito archivero Agustín Muñoz Gómez, aparece en los registros con este nombre, añadiendo dicho historiador que incluso sesenta años antes ya se hace mención en un censo del Hospital de la Misericordia a una arboleda en Picadueñas. Curiosamente, y según los últimos hallazgos arqueológicos, en este lugar existió en la época islámica un arrabal, el único de dicha época del que hasta no hace mucho se ha tenido conocimiento al exterior de la muralla.

No hace falta ser demasiado observador para darnos cuenta que este paraje es un gran cerro, en parte de tierras de albarizas que, al igual que los del paisaje circundante, en su día estuvo sembrado de viñedos, de hecho existen varias referencias históricas a las viñas de Picadueñas.

Zona que mira a poniente donde ya desde finales del siglo XIX fueron construidas numerosas casonas o quintas rodeadas de jardín, muchas de las cuales eran utilizadas por familias acomodadas de la ciudad para residencia veraniega, tal es el caso de la del marqués de Salobral en la parte trasera de Tempul. La regular altura del terreno y su orientación a la cercana bahía de Cádiz le confiere una situación ideal para hacer más llevadero el rigor veraniego. Actualmente es un encantador barrio popular, limitado por la Avenida de las Amapolas con su bonito mirador dominando los hermosos paisajes de nuestra campiña oeste. Su estrechas y encantadoras calles y su casas plagadas de flores y plantas que le confiere a este barrio un aldeano y delicioso sabor familiar.

A mediados del siglo XIX, y dentro del gran proyecto de la traída de aguas, se eligió esta zona para instalar los grandes depósitos donde se almacenaría la que a través de una conducción de cuarenta y cinco kilómetros trajo a Jerez el tesoro líquido que mana de los hermosos manantiales de Tempul. Y fue este el lugar elegido precisamente por ser entonces el punto más elevado de la ciudad, ya que el agua tendría que llegar a los grifos de todas las casas por su propio peso. Es obvio que aún estaba muy lejos de ser inventados los grupos de presión que hoy poseen todos los modernos edificios.

La cota más alta es una meseta antaño conocida como Llano de los Arquillos, y fue concretamente donde se decidió ubicar la construcción de los depósitos con los que se surtiría de agua a la población jerezana. Con 39,4 metros de ancho, 54,4 de largo, una profundidad de 5 y una capacidad de 21.100 metros cúbicos, sirvió para abastecer completamente a nuestra ciudad durante casi un siglo. Hoy sólo suministra un diez por ciento del total de las necesidades de la población, tal es el geométrico aumento del consumo de este preciso bien en una sociedad moderna como la nuestra. Pero a pesar del tiempo transcurrido nuestros depósitos de Tempul ahí siguen, hermosos y llenos de todo el misterio que para los niños tuvo antaño el asomarse a sus ventanas gritando: ¡aaahhh! Sonido al que el gran aljibe contestaba con un imperturbable: ¡eeehhh!. Eco que parecía salido de otro mundo y que cautivó siempre a todas las generaciones de jerezanos que a lo largo muchas décadas nos asomamos por allí. Por último surge una pregunta que en alguna ocasión nos hemos hecho: ¿Estaban allí los hermosos jardines y la frondosa arboleda cuando se construyeron los depósitos? A ello es preciso decir que no, ya que en el plano de San Martín de 1852 no consta ninguna construcción, arboleda o camino.

Podemos observar en la foto de J. Laurent, realizada en 1876 desde lo alto de los depósitos de agua de Tempul, unos pequeños árboles recién plantados, lo que nos dice que fueron estos el inicio de la magnífica arboleda que existe allí en la actualidad. Ya en los planos de 1892 sí que podemos ver señalados alrededor de los depósitos de agua una zona arbolada, así como el paseo que desde el Calvario conduce a los depósitos. Ello nos hace pensar que fue la Sociedad de Aguas, propietaria de los terrenos, quien sembró la zona de diferentes especies arbóreas al objeto de darle a la misma el necesario frescor, creándose además el bonito estanque de patos que aún existe, hacia el que se derivaba el rebosamiento de agua de los depósitos. En 1939 al ser municipalizada la Sociedad de Aguas, también pasaron a poder del Ayuntamiento los jardines, los cuales fueron convertidos en parque público.

El 10 de febrero de 1953, por iniciativa de varios jerezanos, con el recordado Alberto Durán Tejera a la cabeza, en aquellos jardines de 55.000 metros cuadrados se instaló un modesto parque zoológico. Fue un gran aficionado a las especies animales, José María Lassaleta, quien en colaboración con un hermano suyo que vivía en África, el que trajo los primeros ejemplares a nuestro jardín zoológico a los que se sumó un número indeterminado de aves procedentes del Coto de Doñana.

Como anteriormente dijimos, existieron en esta zona buenas fincas de recreo de acomodadas familias jerezanas. Una de dichas fincas fue la denominada Bellavista, propiedad de una acaudalada dama de nombre Micaela Paradas, viuda de Vega. La cosa no tendría más trascendencia, si no fuese porque esta caritativa señora tuvo la generosidad de donar su hacienda a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios para la fundación de un sanatorio donde prestar atención a los niños víctimas de terribles males como poliomielitis, tuberculosis o raquitismo, enfermedades que hacían estragos entre la población infantil de nuestra ciudad.

De esta manera los Hermanos de San Juan de Dios volvieron a Jerez en 1927, casi un siglo después que esta Orden tuviese que abandonar nuestra ciudad y su hospital de la Candelaria tras el decreto de Desamortización y la consiguiente exclaustración de su comunidad religiosa.

La hermosa casa que hasta entonces había ocupado doña Micaela Paradas como vivienda, se habilitó como hospital. Pequeño, pues en el mismo no cabrían más allá de 25 camitas, pero que fue la semilla de una gran labor que a lo largo de los años siguientes lograron realizar en Jerez los sucesores de aquel santo llamado Juan Grande. Llegados a este punto, tenemos que obligatoriamente recordar al eminente médico jerezano D. José Girón Segura y a sus más de cincuenta mil operaciones de traumatología llevadas a cabo en este centro a lo largo de su dilatada vida profesional de forma totalmente altruista. Aquel sanatorio recibió el nombre de Santa Rosalía por expreso deseo de doña Micaela y en recuerdo de su madre que así se llamaba.

Los resultados de aquellos inicios son hoy evidentes. Los tiempos cambiaron y la asistencia sanitaria dependiente de la caridad quedó en nuestro país sólo en los libros de historia de la medicina. Gracias a la Seguridad Social pasó afortunadamente a convertirse en un derecho de todos los ciudadanos sin excepción. Así, y en una admirable adaptación a los tiempos actuales, surgió en las últimas décadas el magnífico y modélico hospital San Juan Grande. En el mismo, como es sabido, se presta asistencia en la actualidad a más de dos centenares de enfermos, en su mayoría pacientes de edad avanzada con graves y dolorosas enfermedades. Un hospital provisto de modernas instalaciones en las que no falta lo más avanzado de la medicina actual con personal altamente especializado. Ello sin olvidar la magnífica y ejemplar Residencia Geriátrica anexa, donde decenas de ancianos son cuidados de forma exquisita.

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