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Contra viento y marea

Contra viento y marea.

Contra viento y marea.

Hay quien, con una brillante habilidad, puede lanzar una frase como “ningún mar en calma hizo experto a un marinero”, haciéndolo a modo de ariete y derrumbando por donde pase cualquier atisbo de inseguridad frente a las dificultades de la vida. Lo escribía también el que fue en 1922 nuestro segundo premio nobel de literatura (a pesar de que nunca fuera a recoger su galardón), Jacinto Benavente: la vida es como un viaje por la mar, hay días de calma y días de borrasca; lo importante es ser un buen capitán.

Pues sí, a veces, navegar contra viento y marea no sólo es recomendable, sino que es a la vez necesario. Cuando la mar está revuelta, tendemos a pensar que necesitamos que esté en calma para sentirnos bien, cuando el viento sopla fuerte sólo pensamos en que amaine y cuando la tormenta arrecia casi siempre nos empeñamos en que pare. Todas estas formas de afrontar estas distintas dificultades tienen algo en común, el deseo de que no existan. Un deseo que se vuelve disfuncional al rivalizar con la búsqueda de estrategias para navegar al nivel de los grandes lobos de mar como, probablemente, llamaría Hemingway a su querido Gregorio Fuentes, el marinero que le proporcionó la inspiración para una de sus grandes obras.

Lo disfuncional es todo aquello que utilizamos sin que, en realidad, nos ayude a afrontar las dificultades. Volver a tierra no es una estrategia que nos enseñe a superar las los momentos complicados. Lo mismo, en vez de desistir, hay que agarrar fuerte el timón, poner proa a la mar y equilibrar el peso de la embarcación hasta llegar al destino. Así, aprendemos y ganamos confianza para superarnos día a día y sobrevivir a esos indeseables trances.

Como en cualquier otro ámbito, en educación, hay que navegar todos los días. A veces hay que navegar con tripulaciones más hábiles que otras, con el tiempo más o menos revuelto, con más o menos recursos y, precisamente por eso, la sola intención de ser buenos capitanes ya es un recurso que va a contribuir de forma importante a que cualquiera de esas travesías se vuelva más liviana y tenue.

La investigación en Psicología ha demostrado que las personas que confían en que pueden conseguirlo aumentan la probabilidad de éxito (en general las personas optimistas tienden a hacer mayores esfuerzos para lograr sus objetivos). Y, por supuesto, acumular experiencias de éxito frente a las dificultades incrementa la motivación de logro de cara al futuro, al igual que la acumulación de fracasos deteriora tanto la autoestima como la motivación. Por ello, a cualquier tripulación, a cualquier grupo de alumnos o a cada alumno o alumna en particular, habría que proponerles tareas que con mayor o menor grado de dificultad puedan superar.

He conocido a muchos alumnos y alumnas brillantes mientras ha reinado la calma, pero en el momento en el que llegan las dificultades, han carecido de estrategias, no han sabido organizarse o realizar las tareas adecuadas para no tener que volver a tierra. Es curioso que un porcentaje importante del fracaso escolar esté compuesto por alumnos con un nivel de inteligencia medio e incluso superior a la media pero que, sin embargo, no han aprendido que el valor del esfuerzo está muy por encima del de los resultados. Probablemente estos chicos no han sido educados en la prioridad que tiene la persistencia en el esfuerzo y la búsqueda de soluciones durante la adversidad frente al abandono o huida del conflicto y, sobre todo, por algún motivo, no han conseguido entender que aprender a navegar durante la tormenta, contra viento y marea, supera con diferencia a la búsqueda de la mar en calma.

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