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Historia

La primera gran emigración tras la Guerra Civil 1940-1960

  • La experiencia autobiográfica de un adolescente jerezano de una de tantas familias que emigraron a América en aquellos duros años

América… América. Estas palabras resonarán por siempre en mi cerebro acompañado de una grande y extraña sensación.

Corría el mes de febrero de 1954. Mi madre, con mi hermana de sólo un año y yo de nueve, nos trasladamos desde Jerez a Cádiz para embarcarnos hacia Montevideo, Uruguay. Fuimos en un vetusto taxi, negro y cuadrado, que se había arrendado en la Plaza del Banco, seguidos de una destartalada camioneta que cargaba el voluminoso equipaje con el ajuar.

En aquellos años era un viaje importante a tierras muy lejanas, por lo que nuestra familia nos había despedido quizás para siempre. El día se nos pasó en Cádiz gestionando el exhaustivo papeleo para salir de aquella España oscurantista de la posguerra, pobre y hundida, que no lograba sacudirse las cadenas que la tenían maniatada.

Una vez todo resuelto, nos instalamos en lo que por entonces era un gran trasatlántico, el Cabo de Buena Esperanza, de la compañía Ybarra. El barco, un maduro bou americano acondicionado para pasajeros y carga, de color blanco con una enorme chimenea negra en la que destacaban dos grandes XX cruzadas, el símbolo de la naviera, que hacía la ruta entre España y América del Sur cargando en España emigrantes pobres y unos pocos viajeros y trayendo de regreso indianos adinerados.

Mi padre, unos meses antes, había partido solo a la aventura e inmediatamente ganaba suficiente para pagar nuestros pasajes en clase superior. Así que, con gran ilusión, iniciábamos el viaje para reencontrarnos con el cabeza de familia en aquel lejano país de nombre tan exótico.

Para mí, viajar en aquel barco, que me parecía tan grande, ya era en sí mismo una gran aventura. Me dediqué a recorrer el barco y pronto no quedaba rincón que yo no conociera. Excepto dos escotillas, siempre abiertas, situadas en el centro del buque de las que salía un olor nauseabundo que tiraba para atrás. Siempre que pasaba por allí me tenía que tapar la nariz pues el hedor era insoportable. Pregunté qué era aquello y me dijeron que eran las bodegas de los emigrantes. Nunca salían a la cubierta. Una de las escaleras era la de los hombres y la otra, de las mujeres y niños. Como era la única parte del barco que no conocía, por fin un día me atreví a bajar. Lo que vi fue dantesco, sobre todo en el lado de las mujeres, vetado a los hombres pero que en mi condición de niño pude pasar. Era una gran sala llena de literas de tres pisos, atestada de mujeres y críos pequeños. El olor a humanidad, orines, excrementos, vómitos, comida y todo lo que un grupo de personas sucias y hacinadas puede expeler, se concentraba allí de forma extraordinaria, ya que los enormes manguerotes que conectaban la bodega con el exterior, no eran capaces de ventilar aquel cubil, a pesar de la enorme boca que, rematada en una veleta, los orientaba en la dirección del viento.

Me marché de allí asqueado y apenado por la situación de aquella pobre gente que con grandes dificultades habían reunido para un billete de tercera que les daba derecho a un rincón, hacinados en aquella inmunda bodega, poniendo toda su suerte en aquel viaje que les librara de su triste destino. Nunca más me atreví a bajar.

Tras más de quince días así, yo ya no sabía qué hacer, me refugié en la solitaria biblioteca del barco, pomposo nombre que se daba a una escueta estantería con unos pocos libros. Estaba situada en el Bar de Segunda, en popa, dos pisos por debajo de la cubierta. Frente a la mesa había un gran ojo de buey con un cristal muy grueso por el que se veía subir y bajar el mar acompasado por la guiñada del barco, que por popa se levantaba mucho. El cansino movimiento permitía contemplar a través del cristal el paso casi imperceptible del gris oscuro del mar al algo más claro del cielo. Así, horas y horas, días y días.

Una tarde que estaba en esas, levanté la cabeza, miré al ventanuco y noté algo raro. Pegué un salto de la silla y subí los dos tramos de las empinadas escaleras de dos en dos escalones hasta llegar sin aliento al rellano, ya al nivel de la cubierta. Empujé la escotilla que se entreabrió. No pude seguir, pues la luz que penetraba por la rendija era tan fuerte que me lastimaba la vista. El espectáculo que se me ofreció fue tan fascinante que nunca lo he podido olvidar, ni siquiera ahora que han pasado más de 60 años. Ante mis asombrados ojos se abría el océano en todas direcciones, pero ya no era gris, sino verde, de un verde tan hermoso que me dejó boquiabierto.

El barco parecía flotar sobre una enorme esmeralda que la quilla arañaba levantando una columna de espuma blanquísima que resaltaba sobre el verde inmaculado. Poco a poco se fueron distinguiendo en el horizonte unas formas redondeadas zigzagueantes. El corazón me dio un vuelco y, sin querer, mis labios estallaron con un grito entrecortado por la emoción: América… América, exclamé sin poder contener las lágrimas.

En ese momento tuve un pensamiento que tampoco he olvidado. Me dije que quizás el sentimiento de alegría que me había invadido al contemplar aquellas tierras por primera vez fuera similar al que en aquel glorioso día de 1492 invadiera a aquellos hambrientos y enfermos marinos que, con Colón al frente, tras penosa navegación, sintieran al ver también por primera vez tan deseadas playas.

En efecto, después de tantos días mostrándose esquivo, allí estaba por fin el soñado continente, mostrando su incomparable belleza y abriendo los brazos amorosos a unos pobres diablos que ponían en ella sus mejores esperanzas. Qué distintos estos desarrapados emigrantes de aquellos orgullosos conquistadores que antaño trajeron tan inmensas y ricas tierras a la civilización a cambio de darles nuestra cultura.

Ya de mañana nos acercamos a una amplísima ensenada en la que el mar entraba profundamente, resguardada por dos altos montes que destacaban entre los demás. Nadie había visto una cosa así de grande y hermosa. Se trataba nada más y nada menos que la Bahía de Guanabara con la bellísima ciudad de Río Janeiro al fondo, presidida por el farallón del Pan de Azúcar y otro monte con un enorme Cristo de color blanco rabioso colocado en su cima con los brazos en cruz, que parecía darnos la bienvenida a unas tierras que, a pesar de su grandiosidad, no nos eran extrañas. Todo aquello fue para mí como si desde aquella triste España me hubieran llevado a Marte.

Unos pocos días después, alcanzamos las costas del Uruguay y tras pasar la Isla de Lobos, llamada así por estar poblada de lobos marinos –de los que yo no vi ninguno– entramos en la desembocadura del Río de la Plata. Bueno, llamarlo río es porque te lo dicen, pues es tan ancho que durante muchas millas desde la orilla uruguaya no se ve la otra, que es de Argentina.

Por fin, después de veintitantos días de navegación, arribamos por fin a la Bahía y Puerto de la Ciudad de Montevideo. Detenidos en mitad de la inmensa bahía, una de las más grandes de Sudamérica, una lancha se acercó con personal sanitario y agentes del gobierno para realizarnos de nuevo exhaustivos exámenes médicos y más papeleos. No se entraba de cualquier manera en aquel culto y avanzado país como se hace aquí hoy. Por fin el práctico nos acercó al puerto y atracamos frente al edificio de la Aduana. La ciudad, que se empinaba desde el puerto, me pareció como Cádiz o Málaga en grande.

Me sorprendió gratamente el trato extraordinariamente cariñoso de aquellas gentes, muy diferente al más áspero que yo conocía de Jerez. Les sorprendía mi acento andaluz bodeguero y la forma tan rápida en que nosotros hablamos, que no podían seguir. A mí, en ellos, su acento rioplatense, parecido al argentino. Pero no hay ninguna duda, todos pertenecemos a la misma nación hispana.

Montevideo cubrió sobradamente todas mis expectativas. Además de muy rico y avanzado, Uruguay era un país muy democrático, por lo que a una mejor educación escolar añadí el conocer y valorar lo que era la libertad ciudadana frente a lo que lamentablemente teníamos en España, pues a pesar de mi corta edad, las diferencias eran tan abismales que no me podían pasar desapercibidas.

La colonia española que frecuentábamos era muy curiosa, pues estaba formada por dos clases de personas. Por una parte, los recientemente llegados como nosotros, que veníamos de una España que simpatizaba con el fascismo. Y, por la otra, muchos refugiados de la Guerra Civil del otro bando: socialistas, comunistas y anarquistas. Incluso existía un Consulado de la República Española en el exilio, instalado en pleno centro con la bandera tricolor en el balcón.

Yo, con diez años, no tenía ni idea de nada de política. Pero las trifulcas entre unos y otros en la Peña Andaluza y en otros lugares de encuentro de españoles –gallegos como nos llamaban los uruguayos– eran sonadas. Pero al menos los españoles que estaban por entonces en el amable Uruguay tenían algo en común, que era un inmenso amor por España y ganas tremendas de volver.

Recuerdo que sobre el 1956 más o menos vino de gira la cantante flamenca Ana María ‘La Jerezana’, acompañada de un guitarrista que creo era su marido. Vino para un par de días y se quedó quince en un buen teatro en donde daba su recital. Mi padre, que se sentía muy jerezano y la conocía, la arropó mucho. Estuvieron en mi casa almorzando y les llevó a todos los garitos de españoles, muchos andaluces y algunos de Jerez.

El viaje de regreso fue totalmente diferente al de ida. No había emigrantes como antaño. La mayoría de los pasajeros eran españoles que regresaban con dinero y otros para hacer turismo, sobre todo los que se habían exiliado al terminar la Guerra Civil, ya que el gobierno de Franco había concedido una amnistía a todos los huidos que “no tuvieran las manos manchadas de sangre”.

Regresaban agradecidos a un Uruguay que se portó bien con todos los españoles a los que trataban como nacionales y nos decían con toda sinceridad que España era para ellos la Madre Patria. Más cariño hacia nuestra España vi en ellos que la que veo aquí entre nosotros.

Por eso, cuando ahora han cambiado las tornas y son ellos los que vienen a nosotros para buscarse el pan, a los que a veces les fruncimos el ceño, no olvidemos que ellos nos quitaron mucha hambre y que el mundo da muchas vueltas.

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