Recuerdos de un innovador

La historia de un genio

  • El arquitecto que levantó Sementales es uno de los referentes del modernismo andaluz Francisco Hernández-Rubio ejerció durante 60 años ininterrumpidos

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Jerez tiene su particular genio. Todo comenzó hace muchos, muchos años, casi en tiempos de la polka. El nombre de Francisco Hernández-Rubio y Gómez (Jerez, 1859-1950), hombre bien conocido, puede que no signifique nada para el neófito, aunque un simple garbeo por la ciudad recuerda a aquel hombre que nunca dio reposo a su afán de crear y hacer, la de un artista sin par, un ciudadano amable y sencillo que logró hacer de Jerez una ciudad más bella, cómoda y habitable.

Hoy día, tan sólo una calle rotulada con su nombre en las enmarañadas vías de la zona sur rememora a aquel hombre bueno. Bueno, la calle y el tesón de su nieta Mercedes Hernández-Rubio, quien -en unión de su marido Christian von Krogh- conservaron temporalmente su estudio en el número 18 de la calle Porvera tal y como lo dejó el abuelito a su muerte. Temporalmente, porque la ciudad creció y creció y, ahora, una promoción de apartamentos ha borrado del callejero aquella casa con tanta historia.

Cierto día visité a Mercedes y me guió hasta el 'santuario', donde se acumulaban recuerdos infinitos por entre los que parecía andar el abuelo, ordenando papeles y carpetas, y allí están las mil seiscientas y pico, sólo de proyectos importantes llevados a cabo.

¿Obras suyas? ¡¡Uff!!, sería cosa enormemente prolija y de seguro que no cabrían en estas páginas. Aquellos que desentrañaron su vida hablan de una cantidad superior a los 1.200 trabajos, por lo que me limitaré a pasar de puntillas por sus obras más singulares, curiosas y significativas. Pero antes de adentrarnos en las entrañas de nuestro personaje, será mejor que dejemos reposar los hechos.

Una carrera frenética

Francisco de Paula, Martín, Matías y Pedro (sic) Hernández-Rubio nació un día de abril en la misma casa donde siempre vivió. La finca número 18 de Porvera es una casa con historia. Procedía de la desamortización de los terrenos del antiguo convento de San Juan de Dios y sirvió de consulado francés durante la Guerra de la Independencia.

En 1985, Francisco casó con María Josefa Cisneros González, que le dio tres hijos: María Josefa, Francisca y José María. Pero muchos años antes, aquel niño que pensaba en "construir catedrales y monumentos" ya comenzaba bien joven a colaborar con los renombrados arquitectos Francisco de Cubas, marqués de Cubas, y Ricardo Velázquez Bosco.

El tío resultó ser un fiera. Participó después con éxito en las obras de decoración de la Exposición Minera de Madrid y, ya con el título de Arquitectura bajo el hombro, comenzaron a lloverle los encargos. El hombre progresaba y en 1982 era nombrado arquitecto en el Ministerio de Instrucción Pública. Desde aquí, la carrera fue frenética. En Huelva, dirigió la reforma del Convento de la Rábida y del alto monumento a Colón, proyectó el nuevo ayuntamiento onubense y colaboró después en la reforma de la mezquita de Córdoba.

Con la licenciatura de Arquitectura bajo el brazo, número uno de su promoción, el laborioso Francisco sacaba fuerzas también para reformar antiguas mansiones jerezanas, cosa que no abandonó hasta su muerte. Le vinieron entonces dos encargos peritas: La ejecución de un nuevo y soberbio baldaquino para el altar mayor de la Catedral y la reconstrucción de la plaza de toros.

Relataba el colega y amigo Serafín Rodríguez de Molina las buenas corridas de toros anunciadas en 1891 en El Puerto y Jerez. Pero antes de la corrida, la plaza ardió como una tea. Se corrió entonces la voz de que habían sido los portuenses los autores del incendio. Tras ello, el alcalde de la época, a la sazón Toribio Revilla San Millán, encomendó a nuestro hombre la construcción de una nueva plaza. Con cien obreros trabajando de sol a sol, a veces hasta de noche, Hernández-Rubio logró levantar la plaza en un tiempo récord de seis meses.

Pero, ¿cómo era nuestro hombre? A un arquitecto que vio pasar el final del reinado de Isabel II, la postguerra, dos Repúblicas, la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera y la Guerra Civil, sumado a la Segunda Revolución Industrial, no le pudieron pasar desapercibidos los fuertes cambios en un mundo donde la tranquilidad y la paciencia pasaron a las prisas y velocidad que imponía el progreso.

Alberto Villar Movellán lo llamó la "encarnación del caballero intachable del pasado siglo: carácter muy recto y gran sentido del compañerismo. Su honradez profesional y personal no tenía límites". Conservador hasta la médula y artista abierto a toda innovación, era un hombre tenaz, el "único arquitecto español que tiene espíritu y tenacidad norteamericanos, según decían los técnicos estadounidenses que le vieron construir la Central Telefónica de Cádiz", donde ejerció como arquitecto municipal.

'Agua milagrosa' y caramelos

En fin, todos sus biógrafos ven a nuestro vecino como uno de los "protagonistas andaluces fundamentales en la evolución de la arquitectura española en el cambio de siglo, en el tránsito del historicismo al racionalismo a través de las soluciones al eclecticismo, 'Art Nouveau' y regionalismo, el más eficaz intérprete del modernismo en Andalucía". Contaba también con gran capacidad para el dibujo y el diseño y conocimientos de carpintería, decoración, escultura y hasta de química.

Fue la química y no otra cosa la que le permitió inventar una milagrosa fórmula para curar la conjuntivitis. Se trataba de una receta inglesa de gran efecto que preparaba y distribuía gratuitamente cada jueves a las puertas de su casa entre largas colas de jerezanos que esperaban pacientemente lo que llamaban el 'agua milagrosa'. Su tiempo libre también lo invertía en la elaboración de caramelos, abanicos o agua de colonia.

Bien. Era principios del XIX cuando, siendo arquitecto auxiliar municipal, acometió tareas muy importantes, entre ellas la urbanización del actual recinto ferial, orgullo de la ciudad, y la construcción de las primeras casetas permanentes, poniendo en práctica el estilo al que se adscribió tras viajar a París en 1900: el modernismo. Buscaba los aires del nuevo estilo y se convirtió en uno de los arquitectos más progresistas de su época al ser de los primeros en comprender y admitir la importancia del hormigón armado como nuevo material que iba a producir la más profunda revisión de las técnicas e ideales arquitectónicos.

Huelva, Cádiz, Jerez...

El trabajo de Hernández-Rubio no se limitó a Jerez, sino que hizo numerosísimos encargos en Sevilla, en la alameda de la Palmera, Huelva, Chiclana, Santander o Cádiz. Y en su ciudad natal, son innumerables. Que recordemos ahora son su participación en los pabellones del Sanatorio de Santa Rosalía, la construcción del edificio del extinto Banco de España, hoy Biblioteca Central; el de la Compañía Telefónica, la Fábrica de Electricidad, el hotel Victoria, cuyo solar ocupa ahora la central de Cajasol, la farmacia Cafranga y, cómo no, el coqueto Jockey Club de Jerez, de marcado estilo inglés, actual Depósito de Sementales y noticia reciente por su asunción municipal. Labor encomiable fue la de las reformas de La Cartuja, de la que fue conservador. Todo eso y mucho más sin contar con las cuantiosas reformas (la más clara, la fachada de la casa de Petra Domecq en plaza Rivero) que hizo en las mansiones particulares en un próspero momento en el que la amplia aristocracia y burguesía local de 1902 contabilizaba más de cuarenta títulos nobiliarios, como nos dice en su biografía José Antonio Merino Calvo, que aporta además algo curioso: Hernández-Rubio siempre trabajó solo, sin colaboradores, ni aparejadores, delineantes peritos o ayudantes, ni tampoco realizó ningún proyecto junto a otros arquitectos. Un buen puñado de nombramientos y reconocimientos los recibió en vida. Entre estos, destaca uno especialmente: la concesión de la Medalla del Trabajo, en 1949, para recompensar "los merecimientos contraídos durante 60 años en el ejercicio de una profesión con relevante laboriosidad".

El 27 de septiembre de 1950 fue un día negro para Jerez. Aquel día, el viejo arquitecto salió de su casa y, al cruzar la calle Porvera, la sordera que padecía le impidió oír a un automóvil que se lo llevó por delante. Él, fuerte como un roble a sus 91 años, cayó herido de muerte sobre el asfalto. Ironías de la vida: Había fallecido como otro genio, Antonio Gaudí, el genial arquitecto catalán; uno, bajo las ruedas de un automóvil, otro, por un tranvía. El diario 'Ayer' le despidió así: "Él, que pregonaba otra época, otro vivir ya pasado donde la prisa era desconocida y casi despreciada, fue precipitado a la muerte por un símbolo del progreso rebelde al sosiego y a la calma, como queriéndose vengar de su tranquilidad, de su lentitud, de un estilo que ya no se acostumbraba a llevar en el mundo".

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