Toros y literatura

De inocencia y pecado, valor y ‘espantás’

  • Jesús Soto de Paula publica ‘Revoluciones y revelaciones toreras’, un recorrido por la infancia, y más allá, de nombres como Belmonte, Manolete, Joselito o Rafael de Paula, con las pinturas del colombiano Diego Ramos

Jesús Soto de Paula posa con su nuevo libro. Jesús Soto de Paula posa con su nuevo libro.

Jesús Soto de Paula posa con su nuevo libro. / Vanesa Lobo (Jerez)

Una foto bien grande de Joselito ‘El Gallo’ preside el salón de la casa. Saben que aquel hombre en blanco y negro, que cada día les acompaña en familia, era un torero famoso. Pero también que era un buen hombre que un día ayudó al padre de familia a encontrar trabajo. Un buscavidas que quiso ser banderillero y que se presentó ante el de Gelves para que le diera la oportunidad. Viendo Joselito que el muchacho no sabía ni coger los palos, le dijo: “chico, anda, ven, déjalo, tú para esto no sirves, pero con este papel que te voy a firmar te van a dar trabajo en una bodega de Jerez”. Y así fue. Jurdeles para toda la vida. Joselito, enmarcado, era venerado como un santo, aunque en esa casa no se supiera de su grandeza torera, pero sí humana, labor que hacía tan calladamente.

Jesús Soto de Paula relata en ‘Revoluciones y revelaciones toreras’ (Libros Canto y Cuento) un recorrido “de la inocencia al pecado. Un libro en el que me he basado en la infancia y su inocencia de ciertos toreros como Juan Belmonte, Joselito o Rafael de Paula”, explica el autor.

De Rafael de Paula se habla mucho de ese barrio de Santiago, donde él creció, de la calle Cantarería, de las fiestas que había entonces con Terremoto, Tía Anica, Tío Borrico... “Pero mucha gente no sabe que mi familia pasó siete años en Córdoba. Su padre, Francisco de Paula, mi abuelo, era cochero y lo destinaron a un cortijo militar cordobés. Ahí se narran anécdotas muy bonitas y entrañables de Paula, desconocidas. Luego se volvió al barrio, otra vez. También se habla aquí de la Triana de Juan Belmonte, en boca del propio torero que describe cómo era el barrio desde su visión de niño”.

Una infancia que termina en el pecado, “porque –explica- para mí el arte es un pecado que se olvida de pecar. Y en todo ese camino hay revolucionarios como Juan Belmonte, Chicuelo o Manolete, hasta llegar a El Cordobés y Paco Ojeda. Y las revelaciones son los toreros de arte que son con los que al final profundizo, y saco ese lado más místico, más espiritual, que es mi querencia natural. Por eso lo contemplo como un viaje de la inocencia al pecado. De hecho, cierro con un título que se llama ‘Los siete pecados capitales del toreo’ y relaciono cada pecado con un torero en particular. Se descubren muchas cosas”.

Contraportada con la espantá de Rafael 'El Gallo'. Contraportada con la espantá de Rafael 'El Gallo'.

Contraportada con la espantá de Rafael 'El Gallo'. / Diego Ramos

La idea inicial del libro fue hablar de los revolucionarios del toreo, pero en esto de escribir “uno sabe por dónde empieza pero nunca por dónde termina. Me gusta esa metamorfosis, no sé si angelical o diablesca, de no saber hacia dónde te lleva el libro cuando lo escribes. Soy consciente de haber escrito de las revoluciones, pero hay una inconsciencia que me lleva a hablar de las revelaciones, que es diferente”.

El autor habla del toreo mexicano, pero también de los toreros por los que siente devoción y pasión como son Joselito ‘El Gallo’, Manolete, Cagancho, Belmonte, hasta llegar a Curro Romero y Rafael de Paula, que son sus pasiones, las que más le han marcado.

La documentación de la obra se ha basado, sobre todo, en escuchar. “Me encanta escuchar. Y en el toreo hay una cosa que me dijo mi padre, que me hace gracia, cuando era chico e íbamos al campo, porque yo quise ser torero pero no tuve virtudes: “niño, en el campo, ver, oír y callar”. Y lo aplico en todas las facetas de la vida. Sí, me he documentado muchísimo. He hablado con mucha gente, con familia de los protagonistas. A esto se une que soy un devorador de libros, de documentos periodísticos, sobre todo, de la época de oro del toreo como son los tiempos de Joselito y Juan Belmonte, de 1912 a 1920. Soy muy curioso. Por eso escribo a fuego lento. Y del toreo mexicano me gusta su variedad, más que la profundidad que caracteriza más al toreo castellano. Cada tierra tiene sus colores y eso enriquece a la tauromaquia”.

De anécdotas destaca una del Paula, una de sus años de infancia en Córdoba, cuando se encariñó con una yegua, a la que una enfermedad se la fue llevando. “Y esa yegua murió en los brazos de mi padre. Estuvo horas y horas echado con ella y notaba cómo el pulso del animal se iba debilitando. Allí tuvo conciencia también de lo que era el toreo, con la muerte de Manolete, en 1947. Todo el mundo hablaba del tema y él preguntó a su padre que quién era ese que había muerto tan importante, quién era Manolete. Y qué es eso de ser torero. Fíjate. Las cosas de la vida, mi abuelo Bernardo fue banderillero de Manolete y la primera muleta que tuvo mi padre fue de Manolete, de la tarde de Islero, precisamente. Fueron los primeros avíos con los que mi padre empezó a torear”.

Una obra que está dedicada a Curro Romero. “Mi padre lo quiere mucho, a pesar de esa rivalidad de la que se habla. Con él tengo muchas charlas, tiene mucha sabiduría y aprendo bastante de él”, destaca Soto.

Cada libro es un descubrimiento para el autor, “aprendo cosas con un sentido nuevo. Aquí, este libro está lleno de pinturas del colombiano Diego Ramos, y de relaciones con la pintura. Está El Greco y Manolete con esa figura fantasmagórica; ‘El grito ‘de Munch con Belmonte, un paralelismo osado no con la figura sino con lo que da a entender, un grito callado, espiritual, una rebeldía que se reflejaba en su manera de torear. Un ritual. Y hay mucho de Goya y sus pinturas negras, y el drama del toreo. No hay fotos, sólo pinturas”. Dice Soto que el toreo también tiene mucho de música, “el estilo de Paula es muy Richard Wagner, Vivaldi... Las artes se entremezclan de forma natural. Cuando se torea también se hace música, se pinta, se hace escultura y poesía”.

Se considera “un gran fracasado, siento la vida como una bronca constante y este libro está lleno de espantás, como la de la contraportada de Rafael ‘El Gallo’, que le dio tanta fama. Un miedo maravilloso a raíz del cual nace el valor. Es un libro que nace de la tempestad”.

Es su quinta obra y se dice que no hay quinto malo. “La verdad es que estoy muy contento. Me ha llevado tres años. Ahora tengo unos cuantos relatos a la vista a ver cómo salen. Pero los libros son un milagro. Por suerte, los taurinos tienen su público y yo agradezco la fidelidad. Yo escribo para unos poquitos pero siempre están ahí”.

Viene de presentar la obra con éxito en Salamanca, y espera poder hacerlo en Jerez próximamente, donde confía en que también le den su sitio, “y un poquito de calor”.

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