El jerez en la pantalla nacional
El Rebusco
Su representación en el cine español
Una presencia que no revalida su merecida fama
El vino de Jerez, seña de identidad de la ciudad y uno de los grandes patrimonios culturales de Andalucía, ha tenido una relación singular con el cine español. El jerez ha formado parte de escenas, atmósferas y caracteres, integrándose de manera natural en historias que reflejan a su vez la evolución social, estética e incluso emocional del país.
Desde las primeras décadas del cine mudo, con La medalla del torero (1924), hasta producciones contemporáneas como El verano que vivimos (2020), este vino ha actuando como símbolo de tradición, arraigo y autenticidad.
Aunque su presencia en la cinematografía nacional no ha alcanzado la relevancia que cabría esperar —especialmente si se la compara con la anglosajona—, cada alusión al vino de Jerez contribuye a afianzar su condición de auténtico icono cultural. En el cine, el jerez actúa como un elemento reconocible que sitúa al espectador en un contexto cargado de significado, asociado a valores como la hospitalidad o la identidad. De este modo, la pantalla se convierte en un escaparate desde el que se proyecta la imagen del jerez -incluido el brandy- en el imaginario colectivo del cine español.
En este recorrido cinematográfico, donde se ha estudiado más de un centenar de títulos, destaca especialmente la presencia de los vinos finos -La Ina, Tío Pepe, o San Patricio- y de las manzanillas -como Pastora o La Guita-, cuyas menciones reiteradas subrayan su protagonismo dentro de la cultura popular y audiovisual.
Disfruten de esta sesión doble de cine y vino, de nuestro cine y de nuestro vino.
Del mudo al sonoro
Una parte muy importante del cine español realizado desde sus inicios, a finales del siglo XIX, hasta la llegada del cine sonoro a comienzos de los años treinta, se ha perdido de forma irreversible. Se calcula que ha desaparecido más del 80 % de la producción de este periodo.
La principal causa fue el uso de película de nitrato, un material altamente inflamable y químicamente inestable, unido a la ausencia de conciencia patrimonial: las películas se consideraban productos efímeros, sin valor una vez terminada su exhibición. A ello se sumaron incendios, conflictos bélicos, la reutilización de copias y la inexistencia de filmotecas especializadas durante décadas.
Ante un panorama tan desolador, no resulta sencillo rastrear la presencia del jerez en una filmografía tan exigua. Apenas en tres producciones destacadas de la década de 1920 es posible encontrar referencias claras a este vino. La más antigua de ellas es La medalla del torero (1924), dirigida por José Buchs, donde puede observarse una botella de manzanilla Pastora junto al intérprete principal.
De 1925 data Currito de la Cruz, de Alejandro Pérez-Lugin, en la que el jerez aparece como reconstituyente ofrecido a una joven desvalida, en una frase tan sencilla como reveladora se lee en los intertítulos: “Beba. Es de Jerez. Del bueno”.
Sin embargo, la obra más sobresaliente de todas es La bodega (1929), la adaptación cinematográfica que Benito Perojo realizó de la novela homónima de Vicente Blasco Ibáñez, y en la que aún resuenan algunas canciones de Concha Piquer. En la escena de la fiesta celebrada en la casa de viña, se bebe vino procedente de las bodegas de Pollero Alto, en El Puerto de Santa María.
Durante la convulsa década de los años treinta, el cine español dejó algunas producciones de notable relevancia firmadas por directores de primer orden, en las que el jerez, cómo no, tuvo también su presencia en la gran pantalla.
En Centinela alerta (1937), dirigida por Luis Buñuel, un cliente solicita en un restaurante una botella de manzanilla La Guita, un detalle aparentemente menor que sitúa al vino en la vida cotidiana del relato. De igual modo, en Carmen la de Triana (1938), de Florián Rey, el brigadier José pide su botella de jerez en la taberna donde actúa Carmen, reforzando el vínculo entre el vino y el ambiente popular andaluz que impregna la escena.
Ese mismo año, el prolífico Benito Perojo -figura clave en esta historia del jerez en el cine español- dirige Mariquilla Terremoto y El barbero de Sevilla. En la primera, dos amigos comparten una media de Jandilla, mientras que en la segunda es la manzanilla la que cobra protagonismo en varias secuencias.
Un vino de película
El polifacético Enrique Herreros dirigiría en 1946 María Fernanda, la jerezana, una película en la que se recrea con notable fidelidad un tabanco jerezano de los años diez del siglo pasado, donde no faltan las botas detrás del mostrador.
Sería de nuevo Benito Perojo quien, en ¡Olé torero! (1948), ofreciera una divertida escena en la que Luis Sandrini se deja llevar por el entusiasmo tras degustar manzanilla La Guita. A ese tono ligero se suma, años más tarde, la ironía del sacerdote don Sebastián -encarnado por Manuel Luna- en La hermana Alegría (1954), cuando responde al camarero de un casino sevillano que le sirve una copita de San Patricio: “Este vino tiene que tener licencia eclesiástica.
Especialmente simbólico resulta el título de El duende de Jerez (1953), dirigida por Daniel Mangrané, que narra una historia alegórica en la que el dios Baco envía a un emisario a la ciudad para reivindicar el vino jerezano frente a opiniones en contra.
Varias escenas de Congreso en Sevilla (1955), de Antonio Román, se rodaron en las bodegas Domecq. En ellas vemos a Manolo Morán. junto a Pepe Isbert, practicando con la venencia, mientras Carmen Sevilla canta rodeada de las centenarias botas de la histórica firma vinatera.
En 1986, el director Jaime Camino ofreció al escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald un cameo en Dragón Rapide. Acompañado de conspiradores contra la República, el escritor solicita un “oloroso”, gesto cargado de significado.
Por su parte, el bodeguero riojano Marcos Eguizabal, con ínfulas de empresario prepotente, se aventuró a rodar entre Jerez y La Rioja Oro Fino (1987). Ese mismo año, Rumbo Norte relata el asalto de unos maleantes a un camión cargado con cajas de vino procedentes de las bodegas Sánchez Romate.
Cerramos este recorrido con El verano que vivimos (2019), rodada en gran parte en esta zona y patrocinada por las bodegas González Byass, que vuelve a situar al Marco de Jerez como escenario cinematográfico de primer orden.
El Tío Pepe es la estrella
Este icono de la publicidad ha trascendido su función original hasta convertirse no solo en la imagen representativa de una de las más importantes empresas vinateras del Marco de Jerez, sino en símbolo del jerez mismo. Su presencia es tan poderosa en el imaginario colectivo que resulta difícil concebir una película española ambientada en Andalucía en la que no aparezca.
Así ocurre en tres títulos especialmente representativos: La copla andaluza (1959), Los duendes de Andalucía (1965) y En Andalucía nació el amor (1966). En esta última, la pareja protagonista realiza una visita a la misma bodega jerezana donde se cría este famoso fino. Se trata de producciones más cercanas al documental que al drama, en las que el argumento sirve de pretexto para un recorrido turístico por Andalucía, mostrando sus múltiples bondades, entre las que no puede faltar el producto más señero de las bodegas jerezanas: el Tío Pepe.
Una botella de este fino es utilizada incluso como objeto de soborno en Nuestro culpable, rodada en 1937 por Fernando Mignoni, lo que puede considerarse la primera aparición de Tío Pepe en la gran pantalla. Años después, en 1943, vuelve a aparecer entre los invitados a una fiesta en un patio andaluz en Ídolos, dirigida por Florián Rey.
En el ámbito de las adaptaciones libres de obras literarias, su presencia se extiende a títulos como La tía Tula (1964), de Miguel Picazo; Carmen (1976), de Julio Diamante; y La Lola se va a los puertos (1993), de Josefina Molina, basada en la obra de los hermanos Machado. Esta última fue rodada en gran parte en Jerez y su entorno, y en una de sus escenas el personaje interpretado por Paco Rabal solicita al venenciador —por supuesto, Genaro Benítez— un “bayas”.
El Tío Pepe se asocia de forma recurrente con la excelencia. Así ocurre en Volver a empezar (1982), Óscar a la mejor película extranjera de José Luis Garci, donde el director del hotel incluye una botella de este fino entre los obsequios de bienvenida al premio Nobel encarnado por Antonio Ferrandis. En un registro más ligero, en No somos de piedra (1968), de Manuel Summers, se ofrece un Tío Pepe a un alto cargo eclesiástico para acompañar una mariscada, mientras que en Un Rolls para Hipólito (1983), de Juan Bosch, el opulento empresario interpretado por Antonio Ozores lo solicita a la hora del aperitivo.
Y es también el vino predilecto de la incipiente clase media española, reflejada en numerosos títulos de la década de 1960: desde los primeros turistas madrileños que llenaban Benidorm en Verano del 70 (1969), de Pedro Lazaga, hasta los artistas extravagantes de la comedia de enredos Si fulano fuese mengano (1971), de Mariano Ozores,
Del mismo modo, en Rocío de la Mancha (1963), de Luis Lucia, se erige en elemento representativo de una España que comenzaba a abrirse al turismo internacional.
La Puerta del Sol de Madrid, con su célebre anuncio de neón, se convierte en punto de encuentro para quienes llegaban de provincias, como le sucede a Alfredo Landa en Guapo heredero busca esposa (1972).
Su presencia se proyecta asimismo en el ámbito del flamenco, en Vengo (2000), de Tony Gatlif, y en el universo taurino, en Casa Flora (1973), de Ramón Fernández. Del mismo modo, se integra en títulos ya clásicos de la comedia y del cine policiaco español, como Sabían demasiado (1962), de Pedro Lazaga, o A tiro limpio (1963), de Francisco Pérez-Dolz.
Frente a las licencias habituales en adaptaciones extranjeras, Vicente Aranda respetó fielmente el texto original de Juan Marsé en El amante bilingüe (1992), donde Faneca -ese trasunto de Mr. Hyde- comenta a Norma: “Tengo una botella de Tío Pepe enterita”.
El fino jerezano desempeña también un papel simbólico en las relaciones de pareja, como en Una pareja perfecta (1997), de Francesc Betriu, o evoca la nostalgia del emigrante en Suspiros de España (1939), de Benito Perojo. De manera inversa, en El mar y el tiempo (1989), de Fernando Fernán-Gómez, permanece en la memoria del exiliado que regresa a España tras muchos años.
Su característica botella, vestida con chaquetilla y sombrero de ala ancha en color rojo, decora las mesas en El mesón del gitano (1969), comedia musical protagonizada por Peret, mientras que un espejo publicitario con el logotipo de Tío Pepe aparece en una tasca de barrio de La taberna fantástica (1991).
Como curiosidad final, cabe destacar su aparición en la película de animación Gisaku (2006), dirigida por Baltasar Pedrosa, una historia ambientada en la Sevilla de 1992 que, no sin sorpresa, incluye incluso un samurái.
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