Jerez y los silencios de San Pedro
Jerez íntimo | Espacio patrocinado
Sucedió la pasada semana a esa hora difusa y confusa del mediodía. Un servidor andaba con pies en polvorosa callejeando el centro de la ciudad. Cualquier día laborable. Opté por ganarle segundos al minutero y tomar, desde calle Arcos, el atajo del barrio de San Pedro para alcanzar cuanto antes mi destino -y la puntualidad de una reunión de índole profesional en plaza San Andrés-. Adentrarte por los pagos de tu niñez entraña un riesgo emocional que jamás apuesta a caballo ganador, sino muy al contrario: suele zarandearte la sensibilidad hasta límites de pura petrificación. Quizás porque descubrimos sin paliativos que no somos sino una sucesión de yoes en manos de nuestra imparable levedad del ser.
Me topé de bruces con un barrio de San Pedro desértico, sumido en un silencio que jamás transmitía serenidad ni placidez. No era un silencio de relajo, no. Era un silencio -aplastante- de ausencias. Ni un alma siquiera en vilo en ninguna de sus calles. Mudez de féretro en su paseíllo final hacia el nicho de lo definitivo. ¿A do fue a parar aquella vivacidad de vecindario con amas de casa charla que te charla en la sagrada rutina de hacer los mandaos -esa faena encontradiza- y la algarabía infantil de salidas de colegios y niños jugando a la pelota correteando las aceras de las casapuertas?
Me sentí intruso en mi propia melancolía. ¿Ha sido el tiempo, como un Atila inmisericorde, el que ha devastado el último hálito de un barrio que, corriendo los últimos años 60, la década de los 70 y primeros 80 constituía el epicentro neurálgico de la ciudad? ¿Está callado el barrio de San Pedro precisamente porque ha muerto? ¿Quise yo ignorar el paso arrollador del almanaque sin metabolizar que si bien la niñez es la patria del hombre -puro Rilke- su hábitat sin embargo ya no pertenece sino al retablo de ánimas de los suelos que perdimos, por decirlo al soniquete poético de Romero Murube?
Silencio de asfalto y silencio de balcones exangües, pálidos, sin gota de sangre alguna. El calor de septiembre se me torna glacial en el cuerpo. Porque no escucho ninguna voz reconocible. Porque todo es abandono y olvido. Un barrio es el surtidito de timbres de voces de sus vecinos y sus comerciantes. Y hoy no oigo en calle Bizcocheros a Chano el peluquero ni a Juan del bar San Pedro ni al Perla. Ni a Domingo Andrades, ni a Manolo del almacén. Tampoco a Ignacio del Istmo, ni a Pepe Fuentes el pescaero, ni a Paquita de Cáritas, ni a la otra Paquita -la de los pollos-, ni a Carmen la de las revistas, ni a Luis de Paulino, ni a Juan el barbero frente a la iglesia, ni al cura don José, ni a Antonio Gutiérrez -el de las Tres Caídas-. Ni a Manolo García Parra. Ni a Ripalda el practicante…
Voces apagadas en la calle Antona de Dios: Fernando Casas, Trinidad del Pino, el doctor Dañino, Luis Merino, Manolo Piñero, Manolo Aguilar, Rafa Perea… Voces que ya no existen de la calle Doctrina: Manolo Porrúa, Pedro Simón, Manuel Abad, el Chispa, Andrés de Rianal… No la voz de José Luis Ferrer en la calle Caracuel. No la voz, en calle Palomar, de Luis Mateos, del torero Juan Antonio Romero, de Isabel Puyol. Silencio sepulcral en calle Valientes sin Felipe de Juan, Manolo de Caso, Eduardo Velo, Bernardo Collado…Voces que ya no regresarán jamás a la calle Morenos: Antonio Delgado, Pepe Loreto, Cándido -el del Hostal San Andrés-, Paca la del puesto, Pepurri… Jerez, antaño, hallaba en San Pedro cuanto Franco Battiato buscaba en su canción: un centro de gravedad permanente. Hoy la ciudad sólo encuentra en estas calles el recuadro de una esquela que ruega a Dios en caridad por el alma de un barrio que a diario muere con soledades de cementerio sin cipreses…
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