Los riesgos del turismo alcohólico
EL DICTADOR Franco tenía la costumbre de contar turistas. Parecía una siniestra versión del Conde Draco, el mismo que ha hecho las delicias de la infancia de medio mundo contando relámpagos, truenos y murciélagos en Barrio Sésamo. Por entonces se contaban turistas y se entregaban ramos de flores a rubias visitantes, sin importar otra cosa que su número. Ahora, y aunque a veces parezca lo contrario —los políticos aman las cifras positivas y los “incrementos respecto al año anterior”— resulta más rentable la calidad del turista que su número. Algunos reportajes televisivos han mostrado la utilización de los territorios insulares (Mallorca y Canarias) como destino de fin de semana de ‘guiris’ en el que el objetivo es coger una ‘tajá’ de proporciones bíblicas. “Eso termina pasando factura. Si queremos turistas es porque generan riqueza, no orines por las esquinas”, me comentaba el otro día un amigo que trabaja en el sector. Y no le falta ninguna razón.
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