¡Que vienen los americanos!
El Rebusco
Jerez y sus vinos en los relatos de viajes
Aquellos que nos visitaron en el siglo XIX
A lo largo del siglo XIX, Jerez de la Frontera se convirtió en una escala de notable interés para los viajeros americanos, tanto del Norte como del Sur, que recorrían Europa atraídos por el exotismo romántico del sur de España. En una época en la que el viaje era también una forma de aprendizaje moral, artístico y cultural, estos visitantes encontraron en Jerez un territorio singular, donde la tradición vitivinícola, el paisaje andaluz y las costumbres locales ofrecían una imagen poderosa y diferenciada del imaginario europeo.
Los relatos de estos viajeros -recogidos en diarios, crónicas y libros de viajes- muestran una mirada curiosa y, a menudo, admirada hacia la ciudad y su entorno. Las bodegas, el comercio internacional del vino de Jerez y la presencia de casas exportadoras con fuertes vínculos angloamericanos despertaron especial interés, al tiempo que el carácter de la población, las fiestas y la vida cotidiana eran descritos como expresión genuina de una Andalucía todavía poco conocida en Estados Unidos y en las nuevas naciones surgidas tras la independencia de las posesiones de España en aquel continente.
Así, Jerez no solo fue un destino más en el itinerario europeo de los viajeros del siglo XIX, sino también un referente cultural y económico que ayudó a consolidar su proyección internacional en la conciencia americana.
Americanos del Sur
En la segunda mitad del siglo XIX, Jerez de la Frontera fue el destino de algunos viajeros hispanoamericanos que, atraídos por la fama de sus vinos, dejaron valiosos testimonios de su paso por la ciudad.
En 1860, el diplomático, escritor y poeta peruano Pedro Soldán y Unanue (1839-1895) evocó su estancia en España y, cómo no, en Jerez. En sus Memorias de un viajero peruano (1859-1863), dedica en el capítulo V un apartado a las bodegas jerezanas, describiendo con vivacidad la experiencia de la visita:
“En las bodegas fuimos muy atendidos, nos hacían recorrer las dilatadas hileras de pipas escanciándonos de cada una de ellas una copita, casi un traguito, y viendo el Jerez en todos sus matices… la tarea era entretenida y gustosa… más al dirigirnos al tren para volver a Cádiz, casi nos caíamos”. Paradójicamente, y pese a la cordialidad recibida, Soldán definía a Jerez como “una población sumamente triste”.
Años después, en 1884, llegaría a Jerez procedente de Sevilla por ferrocarril el político y prohombre chileno Rafael Sanhueza Lizardi (1852-1902) En su obra Viaje en España, publicada ese mismo año, dedica una especial atención a la ciudad, que contaba entonces con unos 50.000 habitantes. Sanhueza y su familia se alojaron en la fonda La Victoria y, gracias a la casual coincidencia en el teatro con un jerezano -don Miguel Hurtado, vinculado profesionalmente con Argentina y Chile-, pudieron visitar las bodegas de González y Compañía. Allí degustaron distintos vinos que provocaron en el autor una entusiasta exclamación: “¡Qué hermosos néctares! ¡Cómo despiertan la admiración la pureza de sus tintes y lo cristalino de su esencia!”.
Para Sanhueza, Jerez era, por el contrario, “una ciudad bellísima y llena de poesía, donde siempre se mantiene perpetua la primavera”.
Finalmente, el almirante chileno Alberto Silva Palma (1852-1921), nombrado en 1890 comandante de la corbeta Abtao para la formación de los guardiamarinas chilenos, incluyó a Jerez en su itinerario europeo. Su travesía transatlántica lo condujo hasta el Mediterráneo, recalando en los puertos de Cádiz y Gibraltar, sin dejar de acercarse a la ciudad atraído por la renombrada calidad de sus vinos. El diario de aquel viaje quedó recogido en su obra Reminiscencias de un viaje al Mediterráneo, publicada en Santiago de Chile en 1913. Silva Palma visitó las bodegas de González Byass, al igual que las bodegas de Misa, acompañado en esta ocasión por el propio conde de Bayona.
Tanto Sanhueza como Silva firmarían en el libro de visitas de las bodegas de González Byass.
Norteamericanos
Mucho antes de convertirse en un destino turístico consolidado, Jerez de la Frontera ya despertaba la curiosidad y la admiración de viajeros estadounidenses ilustres.
El primero de ellos fue Mordecai Manuel Noah (1785-1851), judío de origen sefardí y figura destacada de la vida pública estadounidense. En 1813, el presidente James Madison lo nombró cónsul en Túnez y lo envió a Europa con la misión de rescatar a varios compatriotas secuestrados por piratas argelinos. Aunque inicialmente no tenía previsto pasar por España, diversas circunstancias lo obligaron a permanecer en Cádiz durante nueve meses. Sus vivencias quedaron recogidas en Travels in England, France, Spain and the Barbary States in the years 1813-14 and 15, publicado en 1819.
Noah visitó Jerez en la primavera de 1814 y dejó una descripción elogiosa de la ciudad: “Se alza sobre una ligera loma, proyectándose sobre una espléndida vista del valle. Sus calles son luminosas y limpias, con altos edificios pintados con vivos colores que evidencian signos de riqueza”. Durante su estancia visitó la bodega del señor Gordon, a quien definió como “un comerciante de vinos muy inteligente y respetable”, principal proveedor del vino que se consumía entonces en Estados Unidos. También dejó constancia del sistema de crianza jerezano, destacando que las bodegas eran amplias y que los barriles nunca llegaban a vaciarse, al mezclarse la nueva cosecha con la antigua.
Años más tarde, en 1828, llegaría a Jerez Washington Irving (1783-1859), uno de los grandes nombres de la literatura estadounidense. Tras embarcar en Sevilla rumbo a Cádiz y continuar hasta El Puerto de Santa María, decidió desplazarse a Jerez, donde almorzó con el “señor Domecq”. Orgulloso, anotó en su diario que había probado vinos de la cosecha de 1764 y resumió su experiencia con una frase reveladora de su entusiasmo: “Dios quiera que pueda vivir todo el tiempo necesario para beber todo este vino y estar siempre tan alegre como él pueda ponerme”.
Contemporáneo suyo fue el joven oficial de la Marina Alexander Slidell MacKenzie (1803-1848), autor de A Year in Spain by a Young American (1829). En esta obra subrayó la doble fama de la ciudad: “Xerez es también famosa en España por sus excelentes caballos y en todo el mundo por la excelencia de su vino”, llegando a afirmar que sus mejores calidades superaban en finura y precio a los más reputados vinos de Madeira.
En 1842, el clérigo Charles Rockwell (1806-1882) publicaba Sketches of Foreign Travels and Life at Sea, donde relataba una excursión a Jerez en compañía de un comerciante estadounidense de vinos. En una de las bodegas, su director le informó de que un vendedor londinense tenía allí depositados vinos por valor de 200.000 dólares y que anualmente se exportaban unos 60.000 barriles, a un precio medio de 100 dólares cada uno, lo que suponía un volumen de negocio cercano a los seis millones de dólares.
No todas las visiones fueron igualmente optimistas. El abogado Severn Teackle Wallis (1816-1894), que recorrió España en 1850, afirmaba en Glimpses of Spain que en los últimos años ninguna partida de buen vino había tomado rumbo a Estados Unidos. Por su parte, John Franklin Swift (1829-1891) dedicó en Going to Jericho (1868) un capítulo específico a los vinos de la firma Kenneth McKenzie & Co., reflejo del interés sostenido del mercado norteamericano por el jerez.
Especial relevancia tiene el testimonio del diplomático John Esaias Warren (1827-1896), agregado cultural en la embajada de Madrid, quien recorrió España y Marruecos en 1850. En Notes of an Attaché in Spain, obra publicada inicialmente de forma anónima, dedicó el capítulo “A day at Xerez” a la ciudad. Hospedado en una fonda de la plaza del Arenal, describió una Jerez rodeada de viñedos y alabó la cortesía recibida en una gran bodega, coincidiendo con Richard Ford en que estos vinos eran poco consumidos en España debido a su elevada graduación.
El periodista Charles Wainwright March (1815-1864) visitó Jerez en 1852, atraído por la fama de sus vinos. En Sketches and Adventures in Madeira, Portugal and the Andalusian Spain (1856) relata cómo cruzó la bahía hasta El Puerto de Santa María y desde allí llegó en calesa a Jerez, donde admiró las bodegas de Domecq, con un fondo estimado en 14.000 barriles. También alertó del fraude ya existente: “A menudo se pagan altos precios por productos que solo tienen de vino de Jerez su denominación engañosa”.
En las décadas siguientes, médicos, abogados, clérigos y escritores continuaron dejando constancia de su paso por la ciudad. El médico Henry Willis Baxley (1803-1876) dedicó trece páginas a Jerez en su obra Spain, Art-Remains, Art-Realities (1875), describiendo tanto los vinos como las incomodidades de sus alojamientos. El abogado Henry Day afirmaba en 1876, tras visitar González Byass, que el jerez “está hecho por extranjeros y para extranjeros”, apreciación que se repite en otros testimonios.
Ya a finales del siglo XIX, autores como Edward Everett Hale, Charles Augustus Stoddard o el crítico musical Henry Theophilus Finck coincidieron en subrayar la omnipresencia del viñedo en el paisaje jerezano, al tiempo que denunciaban las adulteraciones que amenazaban el prestigio del vino.
Conjunto de miradas diversas, estos relatos configuran un valioso mosaico histórico que confirma el temprano impacto internacional de Jerez y de sus vinos, convertidos desde hace más de dos siglos en una seña de identidad reconocida mucho más allá de las fronteras española.
Mirada femenina
La representación femenina del otro lado del Atlántico la encontramos en Caroline Elizabeth Cushing (1802-1832), esposa del jurista y político estadounidense Caleb Cushing. Entre 1829 y 1831, el matrimonio realizó un extenso viaje de dos años por Europa que quedó reflejado en diversas crónicas epistolares. En el volumen II de sus escritos, y concretamente en la carta número XIX dirigida a su padre, Cushing relata su recorrido por España, con una breve parada en Jerez a finales de enero de 1830. Aunque la visita fue fugaz -apenas el tiempo necesario para comer y cambiar las postas-, la autora dejó constancia de algunas impresiones sobre la ciudad y su entorno: ·De los viñedos de la vecindad se obtiene el celebrado vino de Jerez. La población es extensa y hermosa, con veinte mil almas viviendo en ella”.
Estas experiencias se publicaron posteriormente en dos volúmenes: Letters Descriptive of Public Monuments, Scenery and Manners in France and Spain (1832) y Reminiscences of Spain (1833).
Décadas más tarde vendría la escritora y activista social Katherine Lee Bates (1859-1929). Viajó a España en 1899 como enviada especial del New York Times, con el encargo de informar sobre la situación del país tras la guerra de Cuba. Sus crónicas periodísticas fueron reunidas en el libro Spanish Highways and Byways, publicado en 1900.
En el capítulo XI de la obra, Bates narra su excursión fluvial desde Sevilla hasta Cádiz, continuando luego hacia Sanlúcar y Jerez, antes de regresar a la capital andaluza en tren. Era el mes de abril y, debido al retraso ferroviario, la autora aprovechó para pasear por la ciudad. De aquella corta estancia de cuatro horas dejó una descripción reveladora: “Otra población enjalbegada y con palmeras cuyos famosos vinos la han convertido en la tercera población más rica de España. Lo que hay que hacer en Jerez es visitar las bodegas y probar los ricos vinos atesorados en los enormes toneles que llevan todo tipo de nombres, desde Cristo y sus doce discípulos hasta Napoleón el Grande”.
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