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Hollande reescribe el guión

  • La otra salida de la crisis, uniendo austeridad y crecimiento, que defiende el presidente electo, podría ser la nueva fuerza que rompa la inercia germana del ajuste a ultranza

Otra salida de la crisis en Europa, combinando austeridad y crecimiento y no sólo políticas de ahorro y recortes, parece posible. Uno de los leit motiv que enarboló el ahora presidente electo galo, François Hollande, podría transformarse en nueva fuerza motora que rompa la inercia germana del ajuste a ultranza.

"Tenemos claramente un objetivo común (entre Bruselas y Francia): relanzar la economía europea para generar un crecimiento sostenible y una base sólida y crear nuevos empleos", comentaba en la noche del domingo el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, al felicitar a Hollande.

Bruselas también acepta que sólo con impopulares políticas de ajuste en socios como Grecia, Irlanda o Portugal, rescatados por la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), o con duros ajustes en España para reducir su elevado déficit público, no se conseguirá crear empleo y riqueza a corto y medio plazo.

"Ha llegado el momento de un cambio de rumbo en Europa", comentaba con júbilo no disimulado Martin Schulz, el presidente del Parlamento Europeo, del partido socialdemócrata.

De la ortodoxia del ajuste, promovido por la canciller alemana, Angela Merkel, con el apoyo del presidente saliente francés, Nicolas Sarkozy, y bendecida por el comisario de Asuntos Económicos de la UE, Olli Rehn, Europa podría pasar a una fórmula híbrida, a un "mixto" de ambas, o a una amalgama forzada.

A tenor de su programa electoral, Hollande no piensa desmantelar las políticas de austeridad ni eliminar, en principio, la "regla de oro" del equilibrio presupuestario, grabado a fuego en el flamante Tratado de disciplina fiscal, firmado sin Londres ni Praga.

Sí apuesta por una fórmula más flexible, menos onerosa para las espaldas de los ciudadanos europeos que, desde Lisboa a Dublín, pasando por Atenas o Madrid, soportan los recortes y los ajustes en aras del cumplimiento del objetivo de déficit y deuda públicas que imponen las reglas del pacto de estabilidad.

"Estoy seguro de que en cuanto se supo el resultado, fue un alivio y (un signo) de esperanza para muchos países europeos la idea de que la austeridad a ultranza ya no es inevitable", comentaba Hollande la noche del domingo en París, en el mitin-fiesta de la plaza de la Bastilla tras conocer su victoria.

Pero ¿cómo combinar ajustes y crecimiento? Merkel y Hollande tienen visiones distintas. Para Merkel, la estrategia de salida de la crisis pasa por más capacidad competitiva mediante reformas estructurales, más apertura del mercado interior de la UE, eliminación de obstáculos burocráticos y mayor acceso al crédito, entre otros elementos.

Hollande, que ha sido ariete ideológico contra la austeridad "a la alemana", no ha concretado con claridad cómo piensa poner en práctica su política combinada de austeridad y crecimiento. Sí ha dado a entender que piensa, entre otras medidas, favorecer grandes proyectos de creación de infraestructuras o la introducción de una tasa a las transacciones financieras, un punto de divergencia entre París y Berlín.

Lo que más preocupa en Bruselas es cómo piensa financiar Hollande su proyecto bicéfalo. Apoya, al igual que Barroso, la emisión de eurobonos (o deuda pública europea común), a lo que se opone Merkel. El verdadero pavor en los pasillos del edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea, es que las promesas del presidente electo se traduzcan en mayor deuda pública, la palabra vetada en Europa.

Con derrota de Sarkozy, Merkel pierde a un aliado estratégico en lo conceptual (la cruzada de la austeridad), a pesar de que en lo personal la química entre ambos era más bien escasa.

Hollande, como marca la tradición, deberá entenderse con Alemania, la primera potencia económica de la UE y, junto con Francia, segunda economía de la eurozona, el motor de la construcción comunitaria desde finales de los años 50.

Con Hollande en el Elíseo, el "eje" franco-alemán vuelve a estar ocupado por un socialista en Francia y un democristiano en Alemania, como en los años 80, con François Mitterrand y Helmut Kohl. Queda por ver si podrán reeditarse momentos simbólicos, como aquella fotografía histórica de septiembre de 1984, en la que Mitterrand y Kohl aparecían con las manos unidas ante el monumento a los caídos en la masacre de Verdún, una de las batallas más crueles de la Primera Guerra Mundial, en 1916, con más de 150.000 muertos.

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