Provincia de Cádiz

Palomar y Samuel Serrano firman un pacto de sangre con la tierra en los Jueves Flamenco

Una respira y se queda tranquila cuando comprueba que la cadena de transmisión funciona. Está engrasada. Bien engrasada, sí señor. Y por ella viajan los ecos de otro tiempo. Ecos de diferentes colores y matices que se materializan en las gargantas distintas de dos intérpretes. El legado, el de los cantes de Cádiz y el del jondo de nuestros maestros, está en buenas manos. De esta feliz realidad fuimos testigos en la tercera cita de los Jueves Flamenco con Samuel Serrano y David Palomar. Dos artistas distintos, de acentos y metales diferentes, pero que encarnan, cada uno a su manera, lo mejor del pasado, la certeza del presente y la promesa de futuro.

Si Palomar ha conseguido volver a poner al tanguillo, las chuflillas y los tangos en el lugar que se merecen, que siempre han merecido, del imaginario flamenco, Serrano -con toda su juventud agitándose en sus cabellos azabaches- revuelve las entrañas con un cante temperamental, un auténtico aguijonazo, inaudito en su edad (su edad en un tiempo donde la lozanía se empeña en alargarse). Si el gaditano nos impresiona con estética (impecable, devolviendo dignidad al oficio) y ética (toquetazos críticos en sus letras), con la dulzura que derrama una nana y con unas alegrías, tangos y tanguillos que se miran en el espejo de los mejores (de Chano a Mariana), el chipionero no se arruga ni ante los cantes de Chocolate ni por el Cádiz de Manolo Vargas porque no se guarda nada el joven, se entrega afillao en seguiriyas y soleá dejando un regusto de cante rancio, de cante bueno.

Qué tranquila se queda una. Qué a gusto se va del Baluarte sabiendo que hay presente y que hay futuro de las distintas maneras y formas de jondo de Cádiz y desde Cádiz que han viajado del pasado a nuestros días. Qué chute de energía cuando un cartel se cierra (y de la convincente manera en la que lo cerraron) con dos artistas que aún no han alcanzado ni los 40 años.

De la sensación de haber vivido una noche gozosa también tienen buena parte de culpa las sonantas de la cita. Porque es de justicia, capítulo aparte merecen Rafael Rodríguez Cabeza y Paco Cortés y, sólo a medio pasito por detrás, Paco León y Pascual de Lorca. Noche de falsetas y buen gusto, de sapiencia en el acompañamiento y de virtuosismo. Rodríguez y Cortés, creativos, elegantísimos, con hechuras de concertistas; León y De Lorca, con oficio, con inteligencia y compás.

Lamentablemente, los buenos efluvios no se respiraron durante toda la noche de la tercera cita de la peña Enrique el Mellizo. Con el baile no hubo suerte. Titi Flores lo intentó pero no conectó. Su propuesta, con desangelado e innecesario cuerpo de baile, no entró con buen pie y el martinete que rompió en seguiriyas no estuvo a la altura de una cita de estas características. No se encontró el bailaor arcense que abusó del desfile por el escenario y de unos brazos que no contaban lo que, quizás, el artista quiso expresar.

Antes, la noche comenzaba con una correcta Melchora Ortega -con mejor vueltecita que Titi- y con los agradables mimbres de Regina de Huelva que brilló más en la largura de la milonga y el fandango que en las fiestas donde su gran baza (ese manantial que parece inagotable) no favorece a la explosión necesaria en esos estilos.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios