Historia El frente ruso de la Segunda Guerra Mundial visto por un superviviente del contingente de voluntarios falangistas españoles

SPAN.DIV. 12.025 El gaditano al que saludó Hitler

  • José González Rodríguez, 89 años, historia del último soldado vivo de la División Azul en Cádiz

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El 20 de abril de 1943, Adolf Hitler visita el hospital de la Luftwaffe en Berlín para saludar a los soldados heridos en combate. Es una de las costumbres del führer el día de su cumpleaños. En una de las habitaciones, junto a seis pilotos alemanes, hay un español que se recupera de un tiro en la cabeza. En un principio, Hitler no repara en él, piensa que se trata de un italiano al ver su nombre escrito sobre la cama. Pero, tras pasar de largo, alguien le indica que se trata de un español y Hitler vuelve sobre sus pasos: "Wie geht es Ihnen?" (¿Cómo estás?), le pregunta mientras observa el retrato de Franco que cuelga tras él. "Gut" (bueno), responde el soldado español, cuyo nombre era, es, José González Rodríguez, soldado de la División Azul, un gaditano que ahora vive en la calle Antonio Machado de la capital.

Aquel fugaz encuentro entre Hitler y el soldado González fue el final de una larga aventura que comenzó dos años atrás, cuando éste decide alistarse en la mayor división extranjera que luchó del lado de los alemanes en la guerra contra Rusia. José González no participó en ningún frente de la Guerra Civil, pero desde muy joven este gaditano nacido en la calle Sagasta se había embarcado en buques de escolta militar a mercantes, como el Ciudad de Melilla, donde se enroló con sólo 13 años. Huérfano desde temprana edad (sus padres fallecieron en Cádiz a causa de una epidemia en los años veinte), y criado por sus abuelos (Ambrosio, el carnicero que hacía la mejor manteca colorá de Cádiz), gozaba de autonomía como para enrolarse primero en esos buques y luego, tras la Guerra Civil, en 1941, en la División Azul.

"Saber vivir, ser yo. Eso es lo que quería. Vivir intensamente. Y me fui a la guerra, que era todo lo contrario", recuerda hoy en una conversación con este Diario, en compañía de dos de sus nietos. Falangista, no tradicionalista, con el carné número 152 de Cádiz, de los de Hedilla, a quien conoció, este soldado tiene, como todos, su propia historia, ni mejor ni peor que otras. Pero la suya parece sacada de una película, pues no en pocas ocasiones logró salvar la vida milagrosamente para poder contarlo, como hace hoy, a sus 89 años.

José González luce en la solapa de su chaqueta la Medalla al Sufrimiento por la Patria, una de las pocas condecoraciones que conserva quien llegó a recibir la Cruz de Hierro, una de las 2.359 repartidas por los alemanes entre los 46.000 divisionarios. En su frente, sobre su ojo izquierdo, persiste el agujero del impacto de una bala que, milagrosamente, le atravesó la cabeza sin causarle la muerte. Es una cicatriz profunda, en la que cabe la yema de un dedo, que él se palpa de vez en cuando. Sentado en el sillón de su casa, habla despacio y con lucidez. ¿Por qué decidió alistarse? "No lo sé, me enteré que se había organizado la División Azul y yo compartía unos principios que ahora dicen unos que están equivocados...", responde a la pregunta y añade que "la misma Rusia nos ha dado la razón; Leningrado ya no se llama así". Como muchos otros voluntarios, y como han coincidido la mayoría de historiadores de la Segunda Guerra Mundial a la hora de hablar de las motivaciones de aquellos, José González quiere dejar claro que no fue a luchar a Rusia a favor de los alemanes, sino "contra el comunismo", pero nuestro protagonista introduce una matización más: "Contra el comunismo estaliniano". ¿Qué le dijeron cuando decidió alistarse? "Simplemente vivía, nunca pensé en qué pensaban los demás, sino lo que pensaba yo".

Y en julio de 1941, como otros miles de españoles, José tomó el tren que llevaba a la guerra. "Era un tren bueno, muy cómodo", recuerda, al igual que los gritos, vivas y cánticos que recibían los soldados españoles de la División Azul cuando llegaban a determinados puntos del trayecto hasta Alemania. En Hendaya los desinfectaron y les dieron uniformes alemanes, más completos que los españoles, aunque se produjo un problema con las banderas en las guerreras. "Muñoz Grandes -general español al mando- dijo que nuestra única bandera era la española y que sólo juraríamos sobre ella", dice el gaditano, que más adelante reconoce: "El equipo alemán llevaba de todo, hasta una tienda de campaña, pero pesaba 30 kilos. Los españoles nos deshicimos de parte del equipo para caminar con menos peso que los alemanes. Cambiábamos las mochilas alemanas por tabaco".

Les iba a hacer falta soltar lastre. Desde el campamento alemán hasta el frente ruso, mil kilómetros, el camino se haría andando, a razón de 50 kilómetros diarios. Bastaron dos o tres meses de adiestramiento, según los casos, para partir al frente. "Nos mandaron al peor sitio que podían enviarnos -rememora José- porque para un gaditano estar a treinta bajo cero es terrible".

El frío. Esta es una constante en los relatos de muchos divisionarios y González no es una excepción. "Un ruso -cuenta- nos contó un truco para combatirlo: desnudarse, untarse el cuerpo con nieve, secarse y volver a vestirse". Algo duro pero efectivo.

La guerra "contra el comunismo" llevó a José González -en las filas de la Sección de Asalto del Regimiento Esparza- hasta el frente de Leningrado, al lago Ladoga, a Novgorod, al Voljov, al lago Ilmen, a Puschkin y a Krasny Bor, todos nombres míticos para la División Azul. La memoria de José guarda recuerdos nítidos de historias en cada una de esas ciudades. En Puschkin, unas mujeres rusas eran obligadas a quitar nieve de las carreteras para los alemanes, lo que produjo un incidente con las tropas españolas. "Nuestro capitán, el capitán Marzo, les dijo que eso no lo consentíamos en España, que nosotros no tratábamos a las mujeres como esclavas, y los alemanes nos apuntaron con sus fusiles". Es uno de los miles de episodios que se cuentan de las relaciones entre españoles y el pueblo ruso, con quienes los soldados de la División Azul tenían "buena armonía".

Es en este momento cuando se le iluminan los ojos. "Malenky", repite varias veces. Es el nombre de una joven rusa que le dejó una huella tan profunda como la bala, aunque asegura que no hubo nada "serio" entre ellos. La guerra no lo permitía. Malenky murió en un bombardeo. Empezaron pronto las escaramuzas diarias y él, que nunca había probado un cigarro, empezó a fumar. "Fumaba de miedo. Nos iba a caer un buen chaparrón encima".

Su primer contacto con el frente lo resume con esa palabra: miedo. "Pero no podíamos quejarnos, éramos voluntarios". Esas primeras escaramuzas serían poca cosa comparadas con lo que se avecinaba en Krasny Bor, el principio del fin de la División Azul, la mayor masacre desde el desastre de Annual en 1921. Le habían dicho que estaba en un grupo "antitanque" y aquella palabra le impresionó tanto que llegó a pensar: "Dios mío, dónde me ha metido esta gente".

En las trincheras o los cuarteles, José y sus camaradas no dormían. "Aprendimos que cuando se oye el silbido, la bala ya ha pasado". Su hora pudo haber llegado en varias ocasiones, cuenta sus vidas y ha superado las del gato: el día que una bala atravesó la cabeza de un compañero que se sentó en el sitio que ocupaba él momentos antes en una ametralladora; el día que un joven ruso aterrorizado cruzó las líneas y a sus espaldas le pidió pasarse a las filas alemanas ("me pudo haber matado, no lo vi") o el 22 de febrero de 1943, en la batalla de Krasny Bor. Relata José aquel infierno, aquel caos, con precisión. "Vi volar en pedazos a compañeros a mi lado. No podíamos abarcar todo ese terreno. Era todo desconcierto, no sabías si avanzabas o retrocedías. Amanecía y, a las tres horas, anochecía. Una larga noche con 200 baterías disparando. Yo buscaba el boquete del primer proyectil y allí me refugiaba porque allí no volvería a caer..." . Milagrosamente, sobrevivió a Krasny Bor. Días después, en un lugar mucho más tranquilo, "hubo un golpe de mano ruso y me pegaron un tiro en la cabeza. Al principio no me di cuenta, seguí a lo mío. Al rato, perdí el conocimiento".

Lo recogieron y lo llevaron a un hospital de campaña, de ahí a otro en Riga y de éste, doce días después de ser herido, a Berlín, al Hospital de la Luftwaffe, donde su guerra, ya acabada, se cruzó con la de Hitler, que ya se despeñaba. "El miedo es el silencio. Cuando hay un tiroteo no se piensa, pero el silencio de las trincheras es terrible, porque te da opción a pensar y pensar es el mayor enemigo. Pensar da miedo. Es increíble, ¿saben?, en la oscuridad del frente se ve, puedes ver un cigarrillo a dos kilómetros". Setenta años después de partir hacia la guerra, José González asegura que en momentos así "se acostumbra uno al miedo" y se confiesa "antibelicista" por la sencilla razón de que "lo he vivido". "No te da tiempo a llorar cuando ves caer a un amigo", comenta, y cuando se le pregunta si se considera una persona con suerte, prefiere hablar de Dios "porque soy creyente, aunque no practicante".

El regreso de José González a España no fue como su partida. Los trenes que lo devolvieron a su país, en repetidos transbordos, no eran tan cómodos. Y el escenario que encontraría, con una Alemania a punto de perder la guerra y una España a punto de renegar del Reich, tampoco era el que esperaba. "Nadie nos recibió, pero me honro en haber pertenecido a la Historia, porque eso no hay quien lo borre", sentencia setenta años después. Guarda silencio, menea la cabeza y susurra ante las fotos de su juventud: "Dios mío, parece que lo estoy viviendo". De sus labios salen nombres, muy bajito, como una letanía. "Uf". Se enjuga una lágrima. "Perdón, ¿quieren tomar algo?" Sobre la mesa camilla reposa esa instantánea de un veinteñaero con una venda en la cabeza, sonriendo junto a un alemán y mirando una revista. Ese chico pasearía unas semanas después por un Berlín reventado, caminando de la mano de su novia judía (tiemblan sus labios al recordar su nombre) a la que no dejaba llevar la estrella que la identificaba. Cargado de medallas, ningún SS le tosía. Faltaba poco para que el hombre que le preguntó "Wie geht es Ihnen?" ingiriera, no muy lejos de aquellas calles destripadas, una cápsula de cianuro.

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