Provincia de Cádiz

Trabajar desde la vulnerabilidad

  • Me levantaba a las cinco y media y me tomaba mis pastillas. En el desayuno, a las ocho y cuarto, seguía con las pastillas. Con eso, ponte a hacer ocho horas de trabajo"

Dos euros es el precio estipulado que cobra una camarera por habitación.

Dos euros es el precio estipulado que cobra una camarera por habitación. / f.c.

"Salí del colegio con trece años y me puse a trabajar. Mi familia era muy grande y no se podía permitir pagar estudios. Lo típico era ponerse a trabajar en las labores del hogar, en casas de matrimonios mayores, cuidando niños... Yo he hecho todo eso. En las casas, hacía de todo: la plancha, los niños, la limpieza, la comida... La señora no tenía que hacer nada, se encontraba el plato en la mesa. En alguna casa he pasado mucho tiempo... ¡y claro que la señora lloraba cuando decía que me iba! ¡No iba a llorar! Pero en las casas pierdes muchos años y no cotizas. También he hecho otras cosas: monté una panadería-pastelería, por ejemplo, pero la tuve que cerrar; hasta he repartido huevos a domicilio... Pero mi vida laboral es de limpieza: casas, escaleras, hoteles... En hostelería, llevo unos 16 años".

"Para los jefes, las camareras de hotel somos números. Te dan un cuadrante y lo tienes que sacar sí o sí. No importan la lumbalgia, los dolores de cabeza... y tenemos muchas enfermedades relacionadas con el trabajo. A mí, por ejemplo, me han operado de túnel carpiano en las dos manos. He tenido lumbalgia, ciática, fibromialgia. Me levantaba a las cinco y media y me tomaba mis pastillas, y en el desayuno a los ocho y cuarto, seguía con las pastillas. Con eso, ponte a hacer ocho horas de trabajo en las habitaciones, un periodo estimado al que hay que quitar muchísimo tiempo, porque hay que hacer también pasillos, escaleras, zonas nobles... y eso no computa oficialmente. He sido una persona que no ha comido siquiera en el hotel, porque no me daba tiempo. Prefiero no bajar a comer porque me cuesta el tiempo y me lo resta del trabajo".

"También he sido delegada sindical: llevo luchando mucho tiempo por el tema de la carga de trabajo y el cuadrante rotativo de las camareras de hotel. En muchas ocasiones, todo funciona según favoritismos y hay quienes, por ejemplo, no libran jamás más allá de un miércoles, y luego, si te dan un domingo, porque les conviene, es como si les tuvieras que dar las gracias... Donde yo trabajo, el comité se formó en 2003 y por lo bajini. Nadie se fiaba de nadie, porque todo terminaba llegando a oídos de arriba. En la primera asamblea, la gobernanta ya sabía quiénes habían ido, y las llamó a capítulo y les dijo que, si seguían así, irían a la calle. Al final, de todo un grupo de casi treinta personas, nos quedamos siete. A mí es que nadie me va a decir dónde estar y dónde no pero, si me lo prohíben, lo hago más de punta. Terminé dimitiendo: me he visto muchas veces impotente, luchando sola, porque no tenía el respaldo de las compañeras".

"Un día, además de todo lo que te he dicho, me puse enferma de ir a urgencias. Empecé a sangrar por el ano. Me hicieron una pequeña operación y después estuve un tiempo de baja pendiente de colonoscopia, pruebas, tratamiento... Cuando, a los meses, volvió a abrir el hotel, no me llamaron. Cuál no sería mi sorpresa al ver que me comunicaban que prescindían de mis servicios por estado de salud. Mi contrato era fijo-discontinuo. Debía haber pensado que algo así podía pasar porque, el año anterior, había tenido varios desmayos, pérdidas de conocimiento, caídas... todo debido al estrés. La media de habitaciones es de veinte en cinco horas y media, pero no se incluye el número de camas o si las habitaciones están o no en la misma área -y, si la gobernante quiere, te paseas pero bien-. Solicité por escrito un cambio de funciones, pero el director me dijo que era injusto respecto al resto de compañeras. Ahora mismo, aún estoy de baja. Pronto me darán el alta y el paro; echaré currículos y a ver con mi edad adónde voy. Quieren gente joven, y no a una mujer de casi sesenta como yo. Lo voy a tener difícil".

"Durante muchísimo tiempo, donde yo trabajo, nunca se realizó una denuncia a los inspectores, aún existiendo motivos. En los últimos dos años, sin embargo, sí se han presentado denuncias por la carga de trabajo y otras cosas, pero los inspectores venían a hablar con nosotras con los jefes delante. Pero es que creo que, aunque fuera a solas con la inspectora, las mujeres no hablarían. Aquí se habla mucho por detrás, pero nadie tiene valor: hay mucho miedo. Simplemente por quejarte, ya estás en la línea de salida".

"Que exista algo como Las Kellys quiere decir 'hasta aquí hemos llegado'. Después de todo lo que trabajamos por un sueldo de miseria, reivindicamos cosas como subida salarial, jubilación anticipada y la bajada de ratio de habitación, además del reconocimiento de enfermedades musculares. Para mí, los sindicatos ni se han mojado ni se mojan como deberían haberlo hecho. Las reuniones con ellos me han parecido siempre una pérdida de tiempo: se ha hablado de muchas cosas pero no se ha llegado a ningún acuerdo".

"¿Por qué este trabajo es sobre todo femenino? Pues imagino que entra mucho el componente machista, eso de que la mujer limpia mejor que un hombre, o que lo ha estado haciendo toda la vida... Nuestro trabajo es invisible, y la mujer también lo es, en todos los ámbitos. No se está siendo justo con las camareras".

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